20 años de poemas en Lágrimas del tiempo
ad que nos pinta el alma, en el manantial de los recuerdos y el gélido pesar del desencuentro. Elementos todos que conforman una estética de la melancolía.
Me pregunto cómo no vamos a sentir una dulce tristeza al comprobar que todos los seres humanos vivimos ese drama común de perder el vientre caricioso y tibio de la madre, y cuando ya nos vamos acostumbrando a vivir en este mundo, perder la niñez, perder la inocencia, perder la ilusión, perder la salud, perder la vida.
Pareciera, pues, que la vida se reduce a eso: a perder cosas tan sustanciales, tan vitales como la madre, la niñez, la vida; pero hay una facultad que viene en nuestro auxilio y es la memoria. La memoria ejerce el melancólico oficio de bucear en ese mar de olvido que nos rodea para recuperar y unir fragmentos y construir con ellos una nostalgia del tiempo perdido. Duele el tiempo, el paso del tiempo, las urgencias del tiempo, pero la memoria nos hace más humanos.
Me sorprende pensar que esos son los grandes temas de la lírica, en especial de esa forma magistral de la nostalgia, de la saudade del bien perdido que es el tango. Y me sorprende más aún que ciertos versos, los más musicales, que escribe Alberto Guzmán Lobos, parecen tangos que no hubieran desdeñado Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi o Contursi.
" Mirar en esta tarde
De grises nubarrones
Al través de una vidriera
Allende mis balcones.
Mirar en esta tarde
Profundo en mi recuerdo
Y ver sólo el vacío
De amor, donde te escondes.
" Dice el poema Allende mis balcones .
" La vocación de musicalidad de Alberto Guzmán Lobos no es gratuita. En su poema Tenerte toda dice:
" Quisiera en el confín de mis anhelos
Levantar un cometa de locura,
Que llevara por los aires tu figura
Pletórica de púrpura alborada.
Quisiera en el silencio de mis horas
Tener aferrada tu dulzura,
Sentir tu pasión abrasadora
Y hundirme en el volcán de tu mirada.
Son versos que estimulan memorizarlos y adivinar la música que llevan dentro.
Tienen vocación de verso clásico y eso nos permite decir que el ejercicio de la poesía es un acto de buscar que nunca cesa. El ser humano nació con dos atributos que lo distinguen del resto de la Naturaleza: la capacidad de contar y cantar. Uno diría que cantan los pájaros, pero no cantan palabras, que es un atributo exclusivamente humano. El ritmo, la musicalidad, la fuerza de un verso ceñido nos exigen buscar una y otra vez cómo decirlo mejor, lo mismo en el verso libre que en el verso clásico.
Cuando uno lee el poema silencio en mi pasado siente que allí hay un soneto oculto y que el acto de buscarlo no ha cesado. Hay en estos versos una lírica sentida y auténtica que exige nuevos desafíos, nuevos intentos, nuevos ajustes para dar con la expresión justa y cabal que a ratos aparece y a ratos se esconde en el libro Lágrimas del tiempo .
Afortunadamente este es un oficio que, como el buen vino, se añeja y cobra misterio con los años, porque en el ejercicio de la poesía haber vivido la mitad de una vida es el inicio de una adolescencia que a veces nunca cesa.
Siempre habrá un horizonte de plenitud, de nitidez, de perfección que nos alumbrará el camino.
Los sentimientos, los materiales de construcción del edificio lírico que hoy nos entrega Alberto Guzmán Lobos son nobles y de buena cepa; eso nos permite augurarle nuevas búsquedas, nuevas horas felices, nuevos libros que quizá tengamos el honor de comentar andando el tiempo, pues toda la medicina del mundo no alcanzaría para conjurar nuevos brotes provocados por este virus incurable que ha contraído y cultivado el Dr. Alberto Guzmán Lobos.
Los sentimientos, los materiales de construcción del edificio lírico que nos entrega Alberto Guzmán Lobos son nobles y de buena cepa; eso nos permite augurarle nuevas búsquedas






















