Autonomía universitaria: itinerario conceptual
En el contexto de la modernidad –señalan Ordoñez y Salazar– el enunciado filosófico del cual emerge la idea de autonomía universitaria está en la formación para la mayoría de edad, en la libertad para hacer uso público de la razón.
De ahí que, la autonomía universitaria, se refiere a la capacidad de cada institución universitaria para dictar sus propios estatutos y reglamentos, diseñar, aprobar y organizar carreras, disponer y administrar sus bienes y rentas y, organizar sus servicios, nombrar y remover a su personal docente y administrativo con sujeción a normas legales y reglamentarias pertinentes. Todo ello asegura cierto grado de independencia ante las presiones ejercidas por la sociedad civil y los grupos de poder.
La autonomía universitaria fue una conquista histórica continental, qué duda cabe, liberó el conocimiento y la ciencia de la sujeción feudal-católica y confesional a la que estuvo sometido por largo tiempo. Este hecho histórico, vale remarcarlo, también “ayudó” al Estado burgués -liberal, entonces muy influenciado por una visión teológico-religiosa, a “desatar” sus amarras con dicha concepción e inclinarse en la esfera de la educación, hacia el laicismo y el racionalismo, dejando para el ámbito privado las creencias y religiosidad, particularmente la tradición católica, muy arraigada en la sociedad.
La independencia, comprendida como autonomía de la universidad, le permite analizar seria y desinteresadamente los conceptos e ideologías que prevalecen en la sociedad, propiciar el examen riguroso de las ideas referidas al mundo natural, social o de los valores, mediante la investigación y la reflexión sistemática, fundada en la razón y su potencial crítico. El uso privado de la razón, que sólo le permite a los individuos desarrollar las actividades que se les delega o impone, sin razonar, obedeciendo pasivamente las directrices del poder, se traduce en la incapacidad de formular juicios propios sin la dirección de otro.
En la década del 20 la autonomía universitaria significaba para los estudiantes bolivianos emancipar a la universidad del control oscurantista de los gobiernos de turno en el poder, esto es, autogobernarse institucional, académica, política y económicamente. Era luchar contra el pasado y el vasto movimiento social y cultural por la reforma, se propuso superar con su lucha, aquellos grandes obstáculos estructurales que no permitían desarrollar plenamente la enseñanza superior.
En la actualidad, la autonomía universitaria está consagrada legalmente en la mayoría de los países y elevada a principio constitucional. Y, la declaración mundial sobre la educación superior atribuye a las universidades la función de: “Opinar sobre los problemas éticos, culturales y sociales, con total autonomía y plena responsabilidad, por estar provistos de una especie de autoridad intelectual que la sociedad necesita para ayudarla a reflexionar, comprender y actuar”.
El populismo de los gobiernos latinoamericanos asumió una nueva estrategia en la perversa forma de construir el espacio de la comunidad. El populismo ahora es una forma, sino la primordial, en la que lo político se despliega, caracterizada por desmantelar instituciones, al parecer este fenómeno está repercutiendo en las universidades, es por eso, que no debemos permitir que estas pierdan institucionalidad y sean gobernadas como cosa propia.
El autor es profesor de historia.
Columnas de Tania Aras
















