¿De quién son los espacios públicos de la ciudad?
Desde hace algunos años, con una intensidad y frecuencia que tiende a aumentar, las aceras de las principales calles y avenidas de ésta y otras ciudades se han convertido en una especie de territorio en disputa.
Los protagonistas de esas cotidianas batallas por el control de las aceras son principalmente tres. A un lado está una gran mayoría de la población citadina. En el otro extremo, cada vez más extensas y fuertes redes de comerciantes minoristas. Y al medio, la Alcaldía, que a través de sus funcionarios de la Intendencia y otras reparticiones, trata de imponer su autoridad y poner algún orden y sentido en medio del caótico crecimiento urbano.
Todos los días y en los más diversos puntos de la ciudad, ya no sólo en las calles céntricas, se pueden ver ejemplos de lo ardua que es esa batalla y de la eficiencia con que las diferentes organizaciones que aglutinan a los comerciantes minoristas van poco a poco conquistando nuevos espacios para ampliar sus instalaciones comerciales.
La disputa no es nueva. Desde hace ya muchos años que está entre las principales preocupaciones de la ciudadanía y también son muchas las gestiones municipales que se propusieron –o por lo menos eso ofrecieron– hacer algo al respecto. Y aunque nunca se sabrá si esos compromisos eran sinceros o solamente ofertas hechas al calor de las urgencias proselitistas, lo cierto es que en la práctica, y a juzgar por los resultados, la lucha por el control de las aceras y otras áreas públicas tiene en los comerciantes un claro vencedor.
Tal resultado –tan bueno para los comerciantes pero tan malo para el resto de la población– no hubiera sido posible sin cierta condescendencia, y a veces franca complicidad, de funcionarios y hasta autoridades que los representan que, desde hace ya muchos años, se han dado a la tarea de lotear estos espacios para obtener generalmente ilegítimos ingresos, según muchas denuncias.
La que siempre lleva todas las de perder es la ciudadanía y principalmente quienes en su condición de peatones han pasado a pertenecer a una especie de parias urbanos cuyos derechos son objeto de permanente avasallamiento.
Felizmente, se ha desencadenado en esta ciudad y todo el país una corriente de opinión decidida a no sufrir pasivamente la enajenación de las áreas públicas. Es de esperar que pase a la acción en el marco de las leyes.




















