La amenaza del sarampión
Los contagios de sarampión han disminuido desde hace unas semanas, pero no es exagerado prever que podrían incrementarse en las próximas.
Especialmente porque en estos días de asueto las aglomeraciones y los viajes crearon un ambiente ideal para la propagación del virus, favorecido por la cantidad de personas que no están inmunizadas contra esa enfermedad.
Si bien los registros de casos de sarampión se mantienen sin grandes cambios, “la cobertura de vacunación ha logrado un incremento del 1% en las últimas dos semanas. Sin embargo, para este periodo ya se debía haber superado el 20% de la cobertura planificada”, informaba hace unos días el jefe de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud.
El sarampión no es una "inofensiva enfermedad de la infancia"; es un virus con una capacidad de propagación despiadada. Una persona con sarampión puede infectar, en promedio, a 12 o 18 personas en una población no inmunizada, recordaba a principios de marzo la Ministra de Salud.
Para detenerlo su propagación, es necesaria una inmunidad colectiva superior al 95%. Cuando esa cifra cae, el virus afecta a quién no esté protegido.
En los últimos años, la cobertura de la vacuna SRP (Sarampión, Rubeola, Papera) en varios municipios de Bolivia ha mostrado descensos preocupantes. Esta caída no es accidental; es el resultado de una mezcla peligrosa de complacencia (creer que el virus ya no existe porque no lo vemos) y la infiltración de desinformación que viaja más rápido que el propio patógeno.
La reticencia en nuestro contexto no siempre es un "no" rotundo, sino un "después" o un "tengo miedo".
Muchos de los que rechazan las vacunas lo hacen por motivos que van desde temores inducidos por información sin base científica –y a veces hasta absurda– que circula en redes sociales, hasta la convicción de su fortaleza natural para vencer cualquier infección transmisible, pasando por las dudas acerca de la eficacia de los inmunizantes.
No vacunarse ni permitir que los hijos menores se inmunicen tiene un impacto social. Cuando un padre decide no vacunar a su hijo basándose en un video de TikTok, está eliminando un eslabón de la cadena de protección de toda la colectividad.
Cualquiera que sea el motivo del rechazo o demora en hacerse vacunar, lo cierto es que quienes observan esa actitud se exponen a enfermar de gravedad si se contagian y perjudican al logro de la inmunidad colectiva: la única manera segura de controlar el avance de cualquier infección que puede prevenirse con una vacuna.
Bolivia no puede permitirse retroceder. Cada nuevo contagio es un recordatorio de que el virus no respeta fronteras ni discursos. La vacuna es, posiblemente, el mayor triunfo de la equidad social: protege a todos por igual.
Y negarse a ser inmunizado ni autorizar que los hijos lo sean expone a todos al contagio.















