Del mundo de cambio al cambio de mundo
Un querido amigo, después de leer mis artículos Evitemos una nueva década perdida (Los Tiempos 15 y 27 de abril), me comentó que más grave que perder tres décadas, es perder un siglo o dos milenios. Mi desacuerdo fue grande frente a ese humor pues, según Tucídides, los sufrimientos que infligió la plaga a Atenas en el 430 a.C. "fueron mayores de lo que la naturaleza humana puede soportar". Ello permite seguir pensando que no todo tiempo pasado fue mejor y que la idea de progreso, anacrónica para muchos, va a superar todavía varios entierros por venir.
El progreso no es como lo deseamos, ni se desarrolla en línea recta pues está afectado por ciclos en miradas de corto, mediano, largo y muy largo plazo. Ahora, incluso los ciclos de larga duración, de entre 50 y 70 años, no serían útiles para describir cambios geopolíticos que se están procesando, pues estaríamos adelantando una modificación que supera los 200 años. La Pax Britannica surgida hacia 1815, luego del fin de las guerras napoleónicas, concluye al iniciarse la I Guerra mundial, cuyo modo de finalización, facilita las condiciones de la Pax Norteamericana, surgida después de la II Guerra Mundial.
Esta vendría cediendo a la Pax China, en medio de trifulcas cronogramaticales sobre su surgimiento ya que se consideran los siguientes hitos: 1. El “viejo” mundo bipolar (URSS-USA), 1945-1989, 2. El unipolar (USA), 1989-2001, 3. El multipolar (USA, UE, Rusia, China y los Brics), 2001-2008, 4. El apolar (todos ellos), 2008-2014 y 5. El inicio de una nueva unipolaridad, esta vez asiática (China y socios), 20014 para adelante.
La nueva polaridad, pese a los problemas que enfrenta China, estaría subsumiendo a Occidente y tendría un hito en 2020. Esto, por la demostración de fuerza y eficiencia asiáticas e ineficacia y debilidades europeas y estadounidenses frente al Covid-19.
El Covid-19, además del aceleramiento del retraso occidental, acentuaría el inicio de la desglobalización, en el marco de nuevas dicotomías.
En efecto, en medio de la pandemia, populares analistas contemporáneos utilizan la dicotomía como forma preferida o única de presentar su pensamiento; esto, en un mundo que parecía haber estado tratando de escapar a las dicotomías.
Pero estrellas asiáticas, medio orientales, europeas y norteamericanas, cada una a su manera, describen dicotomías que estaríamos enfrentando: el Estado totalitario vigilante, frente a las autonomías libertarias comunitarias; el capitalismo depredador social y ecológico, frente a la(s) economía(s) sustentables; las mega inequidades frente a un nuevo, nuevo contrato (new, new deal), y en la actualizada visión pesimista de ello, la superación del contrato social por el screen deal o contrato de las pantallas. En ese “contrato”, no serían las mentes humanas sino múltiples softwares de inteligencia artificial y sus correspondientes buscadores los que tendrían los “comandos” de la vida “social” del nuevo mundo.
Los gurús que acuden a la dicotomía quizás están frente a algo parecido de lo que sucedió con Marx, quien impactó la intelectualidad occidental llamando, “no a entender sino a transformar el mundo”. Pero en 2018, en ocasión de los 200 años de su nacimiento, lo que enterró parte de su aura es que en el mundo actual, lo obvio es el cambio y lo difícil el entender dicho cambio.
Por ello, quizás es útil sugerir a los analistas una inesperada modificación: la dicotomía representada por “o” es una forma contemporánea de inclusión y la inclusión representada por “y” es un nuevo camino de exclusión.
Para ilustrar lo anterior utilicemos dos ejemplos. A nivel global, cuando Hong Kong o China, constituían dos entidades distintas; entre ellas, pese a sus órdenes de magnitud diferentes, fluía, además de un inmenso intercambio comercial y financiero, una discreta pero genuina admiración recíproca. Cuando esa realidad se transformó en China y Hong Kong, la situación evolucionó a una cuasi intolerancia mutua.
A escala nacional, cuando la actual mandataria asumió constitucionalmente su cargo, gozaba de la autoridad de Presidenta plena y encarnaba la figura de potencial futura candidata ideal. Cuando la transformaron en Presidenta y candidata, devino mandataria sin credibilidad y candidata sin legitimidad.
Pero que la “o” pueda significar “y”, más la “y” sea capaz de devenir “o” o nada; no parece apuntar a un cambio de ciclo, ni siquiera de etapa o de Era. Es quizás un cambio de mundo.
En efecto, es posible que estemos transitando del mundo de las grandes dimensiones –el de las estrellas, donde, para ubicarlas es necesario conocer su posición y su velocidad–, al mundo de las pequeñísimas dimensiones: el de las partículas, en el que al detectarlas solo podemos conocer o su posición o su velocidad y si aspiramos a conocer ambas variables, la partícula se pierde.
Este cambio de mundo, no nos estaría remitiendo a la formación de la Tierra, hace unos 4.500 millones de años, sino a unos 500 años atrás, cuando gracias a Dios, o quizás sea mejor decir gracias a superar el dominio de muchos de sus directos representantes en la Tierra, el Renacimiento, impulsó una decisiva y continua valoración del ser humano por sí mismo. Ello ha avanzado hasta que todos nos consideramos estrellas.
Quizás los signos de la actualidad nos están indicando que no debemos volver a las catacumbas y sí considerarnos más partículas que estrellas. Ello requiere tener que convivir, si es el caso, tanto con un positivo nuevo, nuevo trato que no será tan benéfico como se espera, pues deberá compartir con un muy negativo trato de las pantallas que, a su vez, no será tan perverso y totalitario como parece.
El autor es economista, ernesto.aranibar@gmail.com
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