Dictaduras sin dictador

Columna
Publicado el 21/07/2021

Si el dictador murió o perdió una batalla, la dictadura sobrevive, aunque parece que no por mucho tiempo. Los tiempos históricos son diferentes a los que se miden rutinariamente. No son una eternidad, pero tampoco un instante.

En Cuba pasaron más de 60 años desde que se impuso un gobierno autoritario. Fidel Castro gobernó 50 años como si nada y hay todavía quien dice que su gobierno fue democrático porque la democracia reside en la voluntad del pueblo y esa voluntad, según se ha justificado siempre, estaba a favor de su permanencia.

A Miguel Díaz-Canel no le conocen mucho. Tiene 61 años, es el presidente de Cuba y cuando comenzaron las protestas en la isla no encontró más salida que la represión o el enfrentamiento entre los propios cubanos. No parece un hombre inteligente, ni tiene el perfil propio de un dictador carismático y de raíces históricas combativas, como Fidel Castro. Es un heredero o, más bien, un delegado, algo así como el presidente a cargo de la dictadura, el militante a quien el partido, dominado por los históricos, le encomendó la tarea de hacer parecer que las cosas iban a cambiar.

Se ha hablado mucho de Cuba. Cada cierto tiempo y cuando hay protestas, sobre todo, el tema aparece en la agenda pública internacional y el mundo vuelve a recordar que en esa isla a la deriva en el Caribe todavía se hace lo que dice un partido o una persona, que absolutamente todas las libertades están restringidas y que nadie puede opinar o pensar diferente si no es a riesgo de ir a la cárcel o, peor, de ser eliminado.

Cuba es hoy uno de los países más pobres de América Latina. Su población no tiene acceso a lo más elemental y, en estos tiempos trágicos de pandemia, se sabe que es mucha gente la que muere todos los días, que no hay barbijos y que los hospitales carecen de insumos y tecnología médica para tratar a los pacientes contagiados. Obviamente no son temas que se conozcan de manera directa, a través de los medios tradicionales, porque en Cuba, como en todas las dictaduras, la verdad “verdadera” está prohibida. Hay uno o dos medios impresos, el Granma entre ellos, que solo reflejan lo que el Gobierno dice y que pregonan a diario las maravillas inexistentes de una revolución que está bien grabada en la imaginación, pero que no se manifiesta positivamente en la realidad.

Pero Cuba es un referente ideológico, es un monumento en medio del mar, al que acuden en procesión los fieles del socialismo del siglo XXI para recibir instrucciones o encontrar inspiración. Para los gobernantes de esa tendencia: los de Argentina, Bolivia, Nicaragua, muy pronto Perú, entre otros, el dictador Fidel Castro es un ejemplo, la dictadura un objetivo y la empobrecida Cuba su idea de lo que debía ser un país igualitario, aunque en el fondo, muy en el fondo, sepan que ese es un destino más bien trágico.

Hay ideólogos cubanos que todavía escriben e imponen la trama en América Latina. En ese sentido, la idea original de exportar la revolución, cosa que se intentó primero por la vía de las armas con un rotundo fracaso y alto costo en vidas en todas partes, ahora se mantiene pero de una manera más sofisticada. Es la fábrica de los sueños: de los líderes magnánimos e infalibles, de modelos económicos fracasados, pero atractivos, de enemigos invisibles, de imperios inexistentes y, si es necesario, hasta de golpes de Estado para cambiar caprichosamente la realidad.

Al principio se hacía por la vía del dictador elegido. Se usaba la democracia para ungir al tirano y con la supuesta bendición del votante se transitaba por el camino de la “revolución” y el cambio. Entonces apareció Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Cristina Kirchner en Argentina, Daniel Ortega en Nicaragua, todos con la tarea de inventar una manera de prorrogar el poder a cualquier costo y por cualquier vía, todos depositarios del mandato casi “divino” de Fidel, el dictador de dictadores, cuya imagen reverenciada, es ya parte de esa ritualidad “revolucionaria”.

El desafío para los autores de la narrativa del socialismo del siglo XXI es ahora asegurar la continuidad de la dictadura sin los dictadores. En Venezuela, un agonizante Hugo Chávez dejó la posta –del poder y los innumerables problemas– en manos de Nicolás Maduro. En Ecuador experimentaron con una fórmula distinta cuando promovieron la candidatura de Lenin Moreno para suceder a Rafael Correa, pero Lenin les salió respondón y democrático, y colapsó el puente de la continuidad del poder. En Bolivia transformaron la huida de un dictador rechazado por el pueblo, en el acto heroico de un líder derrocado por un “golpe de Estado”. Crearon caos, confrontación e intentaron un apurado retorno al poder de Morales, pero el costo iba a ser demasiado alto. Así que optaron por poner la maquinaria partidaria intacta al servicio del heredero dócil, del candidato obediente, del delegado.

Pero la fuente de la eterna Revolución está ahora en problemas y los escribanos de la narrativa continental, distraídos con una insostenible trama interna. Los espejismos de la transformación finalmente no sirven más para predicar ningún ejemplo y la resistencia de los cubanos se multiplica en todas las ciudades. De nada sirve acusar al imperio, porque se trata ya de un enemigo desgastado por el discurso, o de inventar complejas conspiraciones relacionadas con la “envidia” por haber desarrollado una vacuna alternativa contra la Covid-19, vacuna que por cierto no ha llegado ni a los propios habitantes de la isla, de nada sirve incluso la estrategia represiva y la del miedo, porque a estas alturas la cotidianidad misma es de terror para los millones de isleños que decidieron romper la burbuja del sueño/pesadilla revolucionario.

Poco a poco, el faro inspirador de los socialistas del siglo XXI se va hundiendo irreversiblemente en el mar y ya no habrá donde voltear a mirar para buscar inspiración, porque la verdad seguirá saliendo a flote, configurando los límites, la geografía real de una isla que, hasta ahora, fue solo como una filmación proyectada en el aire, con sus héroes y sus logros, su iconografía desgastada, sus habitantes felices, su historia fabricada a la medida de las necesidades del poder. Y es probable, por ahora solo probable, que otras naves encallen en las mismas rocas y que el naufragio de unos sea también el principio del fin para los otros. No será inmediato, pero ya se sabe que las dictaduras sin dictadores desaparecen más rápido.

 

El autor es periodista y analista

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