Los tiempos cambian
Desde su fundación Bolivia tuvo el infortunio de ser un país dependiente y atrasado, aunque posiblemente nunca tan despedazado como hoy; no obstante, no pocos políticos del pasado poseyeron notables dotes intelectuales, más allá de la ideología que hayan sustentado. Entre ellos existieron filósofos, poetas, pedagogos, historiadores, abogados, catedráticos universitarios, escritores, periodistas, sociólogos innatos, etc.
Además el partido era una “escuela de formación y capacitación política”, ahí los militantes se adentraban no solo en ciencias políticas sino en saberes universales en general y el “codeo” con gente ilustrada daba lugar al nacimiento de militantes cultos de diferentes clases sociales, tal el caso de los llamados “cholos ilustrados” que generalmente eran artesanos (sastres, carpinteros zapateros, electricistas, etc.) que discutían sobre la Época de las Luces, el Contrato Social, sobre el modernismo de Rubén Darío o los escritos ácidos de Lord Byron y tantos temas más).
Sin necesidad de que la ley obligara cada partido poseía los documentos fundamentales de su existencia y, su carta de principios era clave tanto para su razón de ser, como para establecer su identidad ideológica, de ahí que hubiera sido impensable, ilógico y humillante que un individuo o grupo de individuos alquile o compre una sigla partidaria.
Los redactores de la carta de principios poseían exuberante cultura que los distinguía plenamente, eran intelectuales sobresalientes que no obstante la fortaleza de su pensamiento y conducta estaban sometidos a críticas y polémicas interpartidarias encendidas, por lo mismo era innegable que para llegar a ser dirigente de un partido político se requería de dotes intelectuales superiores y ni qué inferir para llegar a ser mandatario de la nación, salvo desde luego la captura del poder mediante el inefable cuartelazo.
Guste o no, tales sujetos, al propalar sus principios se constituían en indudable factor de atracción ciudadana, más aún si poseían el don de la palabra, muchos de ellos eran eximios y refulgentes oradores que deslumbraban con el discurso luciendo inteligencia deslumbrante. Con estos rasgos genéricos puede ser recordado el dirigente político del pasado, que podía llegar a las primeras magistraturas del país.
Desde luego no se deifica a nadie, entre estos dirigentes existían también los tristemente conocidos “doble cara” (los “janos” bolivianos), traidores y ambiciosos que mal utilizaban su saber y cultura, los llamados “huayralevas”.
El mediocre, el ignorante, carente de intelectualidad, el bruto que buscaba hacerse entender a plan de golpes e insultos estaba desahuciado para dirigir a un partido y ni siquiera para ser dirigente medio, sea este de izquierda o de derecha. El acceso del individuo ayuno en conocimientos en estos niveles, se dio a partir de la caída de los “barones del estaño” como reflujo de la demagogia y el populismo. Con el tiempo se fue superando el analfabetismo para enseñorearse hoy el peligroso “analfabeto funcional”.
A la caída del régimen oligárquico “minero feudal” sobrevino la repartija de cargos. Así, a modo de ejemplo, fue conocido en Sucre el caso en el que a ojo cerrado se le entregó la planilla de cargos públicos al jefe de las “milicias armadas” -un áspero vendedor ojotas hechas de llantas viejas- para que eligiera el cargo que mejor quisiera. Este personaje, como no sabía leer ni escribir, sólo se fijó en los números que establecían los sueldos y eligió el más elevado de ellos. Se dice que todos quedaron paralizados y solo atinaron a decirle tartamudeando que ese cargo pertenecía al Cardenal y que para cumplir su deseo se requería ser cura.
Así, con el tiempo, cambiaron los niveles intelectuales de la dirigencia política.
Lo que habría que preguntarnos es, ¿y cómo andamos hoy, el año 2025, con los candidatos a presidentes, diputados, senadores y demás insólitos actores políticos?
El autor es jurista
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA


















