En mis palabras: una lectura subversivamente necesaria
Por Rubén Darío Cuéllar/Abogado y diplomático de carrera
La lectura de En mis palabras. Recuento de mi vida política, nueva obra de Gisela Derpic, no solamente me ha fascinado sino que me he sentido identificado con muchos de sus pasajes porque habla –con una sinceridad casi brutal– de las frustraciones de quienes vivimos nuestra juventud en la década de los 70 Y ’80. De la decepción que sentimos por aquellos proyectos en los que militamos fervientemente y con toda la mística, y que no habían sido lo que nos dijeron que eran.
Este es el tema central de este libro: el daño que han hecho a la humanidad las ideologías impuestas a sangre y fuego; con dirigentes que obligaban a aceptar esos dogmas de fe: las ideas preconcebidas que nos pasaban, privándonos de pensar libremente. El primer valor de la humanidad, la libertad, fue conculcado durante todo este proceso.
El libro es un testimonio de búsqueda de sentido entre la ética, la política y la experiencia vivida por Gisela. Ella no oculta ni justifica sus errores, sus entusiasmos juveniles, sus creencias y su desencanto; al contrario, los expone con franqueza descarnada, sin flores o épicas. Conquista al lector desde un comienzo, y lo intima a preguntarse qué ha sido de su vida, de su propia travesía durante todo este tiempo.
Es una obra que rompe con la narrativa binaria que tanto daño nos ha hecho en Bolivia, esa que divide la historia entre héroes perfectos y villanos absolutos. Reflexiona sobre los procesos, las decisiones tomadas bajo presión, bajo ilusión, bajo miedo o esperanza, y reflexiona en profundidad sobre cómo se forman las convicciones políticas.
Nos muestra algo fundamental: que la militancia no nace en el vacío, sino acunada en la familia, en la educación, en la fe que se profesa, en la sensibilidad frente a la injusticia.
En estas páginas hay una reflexión valiosa sobre la relación entre el cristianismo, la ética social y el marxismo, tema normalmente abordado con simplismo y por consigna. Gisela revisa críticamente este cruce para reconocer cómo la teología de la liberación y el pobrismo, contribuyeron a legitimar proyectos políticos que con el tiempo, terminaron negando la libertad y la dignidad humana que decían defender.
Ella identifica con agudeza cómo la teología de la liberación funcionó como una especie de sortilegio ideológico que utilizó la culpa cristiana para movilizar a la juventud hacia causas totalitarias.
Es una crítica muy directa a aquellos sectores de la Iglesia que, en su afán de actualizar el mensaje cristiano, terminaron por instrumentalizar la fe para fines políticos violentos.
Celebro esta autocrítica porque se hace desde dentro y por eso tiene un enorme valor: reconocer que el mal en el mundo se agudiza a partir de la impronta del llamado marxismo, comunismo o socialismo, desde comienzos del siglo XX o quizás un poco antes.
Explica también cómo la transición de la Iglesia tras la aprobación y difusión del Concilio Vaticano II fue clave para que la juventud acepte que el concepto abstracto del “prójimo” se transforme en “pueblo” o en “proletariado”, llevando a sacralizar la pobreza como el único camino de salvación.
Gisela alentó en la acción el anhelo de lograr el fin de la dictadura y la llegada de la democracia (época que coincide con el comienzo del desencanto que ella narra) al abrazar con fe y mística militante la propuesta ideológica del entronque histórico –fusión entre el marxismo y el nacionalismo revolucionario– para sustentar un bloque social revolucionario que habría de conducir a Bolivia por la senda del progreso económico y el desarrollo social; sólo para comprobar desde dentro que el gobierno de la UDP no solamente fracasó por factores externos, sino y sobre todo, por el sabotaje interno de una izquierda boliviana que utilizaba la democracia como una táctica y no como un valor estratégico.
Me identifico plenamente con estas reflexiones de Gisela porque esa democracia que, como dice Joseph Schumpeter, es nada más que el arreglo institucional para llegar a decisiones políticas en las que los individuos adquieren el poder de decidir mediante una lucha competitiva por el voto del pueblo, requiere justamente la presencia de límites horizontales al Poder Ejecutivo que impidan que los líderes electos se declaren gobernantes absolutos. Sin embargo, eso fue justamente lo que hicimos desde 1982: dejar a la democracia en un acto meramente eleccionario sin poner límites a los a los excesos que ya se veían provenir desde el Poder Ejecutivo.
La autora lo refleja en su libro cuando cita la frase de Freddy Mendoza, en el contexto del triunfo de la guerrilla nicaragüense, quien dijo que “una vez que se toma el poder, ya no se lo debe soltar”. Esa frase es brutal porque encierra el apetito del poder por el poder que la mayoría de quienes pugnaban por ejercerlo tenían en mente como propósito de su aventura.
Las vivencias de Gisela en esos momentos históricos podrían asemejarse a las de una sobreviviente de un naufragio (la dictadura), que logra llegar a una isla (la democracia) y descubre que esa isla es un desierto asolado por la tormenta de la hiperinflación y del canibalismo político entre quienes se autocalificaban como salvadores de la democracia.
Esta realidad la lleva a descubrir que la única forma de salvarse es construir un bote propio para separarse de las grandes consignas y los grandes partidos.
La decisión de Gisela se refuerza luego de su paso por el mundillo de las ONG, donde descubrió que la pobreza es el mejor negocio para las agencias de cooperación internacional que siempre terminan imponiendo agendas externas, como el enfoque étnico sobre el de clase, colonialismo intelectual a nombre de asistencia que demuestra una forma de dominación blanda que mantiene al campesino en un estado de exotismo ancestral, sin impacto real mínimo en las comunidades y su progreso.





















