72 horas que conmovieron a Venezuela
Gabriel García Márquez
Un Cadillac amarillo, con escolta, abandonó el Círculo Militar el jueves 24 a las 2.05 de la tarde, recorrió a gran velocidad la autopista del Este y se detuvo frente al aeródromo de La Carlota. El general Castro León no se había puesto el uniforme para viajar. Parecía un millonario en vacaciones, con su chaqueta gris, camisa de cuello abierto, pantalones de paño oscuro y esos anteojos para el sol que llevaba puestos aun en las recepciones nocturnas. Cuando descendió del Cadillac amarillo y penetró en el terreno de La Carlota, la guardia le rindió el saludo de rigor, a pesar de que hacía 48 horas el pueblo de Venezuela —en la calle, en la radio, en canelones y en millares de telegramas dirigidos al palacio Blanco— estaba pidiendo su cabeza.
En el umbral del exilio, sin ningún miembro de su familia, sólo con una maleta de cuero y un maletín de mano, el general no parecía tan abatido como fatigado. Una hora antes, en el Círculo Militar, donde pasó la mañana, había resuelto el almuerzo con un vaso de cerveza y un sándwich de jamón. Con los oficiales que se encontraban en La Carlota, no conversó más de lo indispensable. Pero entre lo indispensable había dos de las tres cosas esenciales para viajar: la primera, que el general no tenía su documentación en regla; la segunda, que no tenía dinero. Era día feriado. Los bancos no prestaban servicios, porque 175 años antes había nacido el Libertador, como no lo habían prestado el día anterior a causa del paro. Esos dos inconvenientes retardaron en 35 minutos la historia de Venezuela. El C47 que llevaría a Miami al general Castro León, cuya salida estaba prevista para las 4, sólo pudo decolar a las 4.35. La señal de partida, dada desde la torre de control, tuvo, por segunda vez en seis meses un enorme valor histórico. El 23 de enero, esa señal puso término a 10 años de dictadura. El 24 de julio, puso término a 72 horas que fueron como un tremendo escalofrío nacional.
La noche quedó atrás
Viendo a Caracas desde la ventanilla, el general debió recapitular, minuto a minuto, esas 72 horas de su vida. En ese momento no era más que un conspirador derrotado por una gigantesca contraconspiración popular; algo tan lamentable y al mismo tiempo tan ridículo como un dictador derrocado desde antes de llegar al poder. El lunes en la noche, sin embargo, todo parecía estar de su parte: él —ministro de la Defensa— manejaba todas las claves de su conspiración mientras el contralmirante Larrazábal parecía el hombre más indefenso de Venezuela, completamente olvidado de los insistentes rumores que inquietaban a Caracas desde hacía tres días. El presidente de la Junta de Gobierno estaba en el boxeo, gritando, gesticulando como cualquier ciudadano, cada vez que Abeytia y Calatayud se cruzaban un buen golpe. Al final del match llovió. El contralmirante Larrazábal, para quien no es una novedad que toda afición tiene sus riesgos se puso deportivamente una silla en la cabeza, a falta de un paraguas. Quienes lo vieron esa noche, debieron pensar que los rumores de un golpe inminente eran completamente infundados. De otro modo no habría podido pensarse que el contralmirante era tan imprevisivo, que no sólo no había toma do la precaución de privarse del espectáculo, sino que ni siquiera había llevado un paraguas, a pesar de las amenazas de lluvia.
Sin embargo, esa noche, en el boxeo, el contralmirante había sido ya notificado: el general Castro León, verbalmente, había formulado ocho peticiones que tenían todo el carácter de un ultimátum. De ellas, sólo 6 se conocen: liquidación de Acción Democrática, liquidación del Partido Comunista, sustitución de los civiles de la Junta de Gobierno por militares, censura de prensa para informaciones y comentarios sobre las Fuerzas Armadas, colocación de determinados oficiales en puestos claves de la administración y aplazamiento indefinido de las elecciones. El contralmirante había pedido 24 horas de plazo para responder. Así tendría tiempo no sólo de pensar su sistema de defensa, sino incluso de asistir al boxeo. Pero al terminar el match, al contrario de lo que esperaban los conspiradores, que a través del Servicio de Inteligencia del Ejército lo tenían sometido a una estrecha vigilancia, el contralmirante no salió del boxeo para su casa, sino directamente para «La Guzmania», la antigua residencia presidencial, donde ahora tiene su cuartel general el contralmirante Carlos Larrazábal, hermano del presidente. Desde allí convocó, el martes al amanecer, no sólo a su Gabinete —del cual formaba parte el general Castro León—, sino a todos los oficiales que pudieran estar participando en la conspiración. La actitud de la aviación era una incógnita. Pero a manera de paraguas, por si acaso llovía, allí estarían algunos altos oficiales de la Fuerza Aérea. El contralmirante se aseguraba así contra el peligro eventual de un bombardeo durante la reunión.
El secreto no pudo mantenerse por más tiempo. Desde las primeras horas, los madrugadores de Maiquetía observaron un detalle inusitado: la camioneta de la única tintoría local llevó al muelle donde estaban atracados el Nueva Esparta, el Zulia y el Aragua, todo un cargamento de uniformes limpios, y la camioneta de la panadería hizo varios viajes al mismo lugar, con tres cargamentos de pan que habrían alcanzado para la travesía del Atlántico. Ese simple detalle, registrado por los eternos curiosos que son una especie de servicio de inteligencia de la opinión pública, se propagó como el fuego en la pólvora. No había duda: las naves de la Armada Nacional abandonaban los muelles. Las chimeneas empezaban a humear. El rumor, tantas veces repetido, tantas veces rectificado, empezaba a tomar los dramáticos contornos de la realidad: el golpe estaba en marcha.
El general pierde el segundo round
Temiendo ser detenido, el general Castro León no asistió a la reunión de «La Guzmania», a pesar de que se le llamó repetidas veces. Al principio fue una simple convocatoria. Después fue una orden. El general desobedeció, y desde el punto de vista disciplinario eso complicaba todavía más su situación: a partir de ese momento, tanto él como los oficiales que desobedecieron al llamado podían ser acusados y enjuiciados por insubordinación.
Un poco antes de las doce, sin almorzar, y después de haber conferenciado con el general Pérez Morales, jefe del Estado Mayor Conjunto, quien llegó a «La Guzmania» a las 10 de la mañana, la Junta de Gobierno decidió regresar a Caracas. El contralmirante Larrazábal parecía entonces tan tranquilo como en el boxeo, pero mucho más precavido, porque entonces estaba afrontando el Gobierno un peligro real. El propio contralmirante, con el capitán Felipe Testamarck, el edecán que lo sigue a todas partes en silencio, como su propia sombra, armado con una ametralladora de asalto, se encargó de indicar la forma en que los miembros del Ejecutivo debían colocarse en los automóviles, e incluso el orden en que estos debían viajar a Caracas. En ese instante, debía considerarse que el golpe estaba dado. El gobierno se trasladaba al palacio Blanco para librar la batalla.
El general Castro León, en La Planicie, esperaba el gong que anunciara el segundo round. Debía considerar que, al menos por puntos, el primero estaba ganado. El Gobierno había pasado a la defensiva. Pero con el Gobierno, había pasado también a la defensiva un elemento que seguramente el general consideraba como simple público espectador en el match, y que intempestivamente se había metido en la pelea: el pueblo. A la una de la tarde —cuando la Junta de Gobierno entraba al palacio Blanco— los sindicatos, los periodistas, los universitarios, se habían olvidado del almuerzo y se pre paraban para lanzarse a la calle. En Televisa, la Junta Patriótica se dirigía a la nación, para ponerla al tanto de la conspiración en marcha, e impartir las primeras instrucciones al pueblo. Ese programa tuvo un ansioso espectador: el general Castro León, que abandonó su despacho del Ministerio de la Defensa, y se instaló a oír los discursos frente a la televisión. Desde la calle, remotos pero inequívocos, empezaban a llegar los gritos de la muchedumbre. El general tuvo una idea: Una camioneta de la Policía Militar, comandada por un oficial en camisa blanca y sin corbata, se detuvo a la puerta de Televisa antes de que terminaran los discursos. El oficial se dirigió a los miembros de la Junta Patriótica:
—Buenas tardes, señores. Lo siento mucho, pero tienen que acompañarme.
Esa era la idea del general Castro León. Pero había sido mal interpretada. En efecto, el ministro de la Defensa no había ordenado una detención, sino que la Junta Patriótica fuera conducida a su despacho. Cuando las cosas se pusieron en claro y todos fueron puestos en libertad, después de 35 minutos de espera en el viejo palacio de Miraflores, Fabricio Ojeda y el joven político copeyano, Luis Herrera Campins —irreconocible detrás de sus anteojos oscuros— fueron conducidos al despacho del general Castro León.
“Yo no trato de imponer una dictadura —explicó el general—. No pido disolución de Acción Democrática, sino igualdad de la participación de los partidos en la administración”. Aquello era nuevo. El general, ante la evidencia de la reacción popular que empezaba a manifestarse ruidosamente en las calles, estaba tratando de dar una voltereta política: —Quiero —dijo— un presidente civil con un gabinete de integración nacional.
Al atardecer, cuando lo visitaron, en carácter de mediadores, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y Eugenio Mendoza, ya había cincuenta mil personas en la calle, dando gritos contra el general. Él, que íntimamente debía saberse perdido, fue más lejos en su maniobra: ofreció la Presidencia a Eugenio Mendoza.
Un buen desayuno de televisión
A las 10 de la noche, en una ciudad en tensión, los mediadores consiguieron que Castro León descendiera al palacio Blanco. Debieron hacer tres viajes a La Planicie, debieron escuchar durante largas horas los argumentos del general, hacer contrapropuestas, manejando siempre la situación con el tacto que exigía su gravedad. Por último, el general tomó un vaso de leche en el restaurante de La Planicie, y se dirigió al palacio Blanco. Ese viaje de 10 minutos debió influir decisivamente en la situación: había media ciudad en la calle; una muchedumbre indignada y resuelta, que pedía al gobierno una acción rápida y efectiva contra los conspiradores. Cuando entró al palacio, por primera vez sin sus lentes oscuros, el general parecía un hombre duro e inflexible, pero en realidad había perdido el segundo round, y no tenía muchas probabilidades de ganar el tercero.
—Bueno, señores —dijo enigmáticamente, dirigiéndose a los periodistas—, todo sea por la democracia.
En la larga conferencia que se llevó a cabo en el palacio Blanco, todos los participantes estaban armados. Incluso los civiles, a excepción del profesor Edgard Sanabria. Entonces fue el general Castro León quien estuvo a la defensiva. Después de cinco horas de conversaciones, cuando los periodistas empezaban a dormirse en el salón de espera, pasó un ayudante con un jabón y una toalla. “Terminó la reunión —dijo—. El contralmirante va a cambiarse para hablar por televisión”.
Así terminó, a las 4.35 de la mañana, con un programa de televisión que fue un desayuno prematuro para la nación, la primera etapa de la crisis. Castro León había renunciado al Ministerio de la Defensa.
Los siete jinetes de la conspiración
La segunda etapa la precipitó el formidable paro del miércoles, las manifestaciones masivas que estremecieron al país de extremo a extremo. El pueblo, sencillamente, no aceptó la actitud conciliatoria del Gobierno y pidió sanciones para los conspiradores. Mientras en El Silencio 300.000 personas apoyaban al Gobierno y pedían una mayor energía contra la sublevación, el general Castro León se encontraba otra vez en La Planicie, en su despacho del Ministerio de la Defensa, a pesar de la renuncia. No lo abandonó hasta la madrugada del jueves, cuando se dirigió al Círculo Militar, donde se le destinó una pieza especial. Por primera vez en tres días, el general durmió por espacio de cuatro horas.
También el contralmirante Larrazábal durmió esa noche en «La Guzmania». Regresó al palacio Blanco el jueves a las 10 de la mañana, fresco y de excelente humor y fue directa mente a una reunión del Gabinete, donde se tomaría una determinación trascendental: expulsar del país a un grupo de oficiales conspiradores. La decisión se acordó a las once. El mayor Oscar Montilla Carreyó, comisionado para efectuar la detención de siete oficiales comprometidos en la conspiración, no se tomó el trabajo de irlos a buscar a su casa. Los hizo venir al palacio Blanco. Uno a uno empezaron a llegar, a partir de las doce.
Entre los primeros, el mayor José Isabel Gutiérrez, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, quien ignoraba la razón de la convocatoria. Sus servicios secretos, que tan eficaces habían sido en la conspiración, no lo previnieron de que se le llamaba a palacio para detenerlo. No presentó la menor resistencia. El mayor Oscar Montilla Carreyó, armado con una ametralladora de asalto pero sin encañonarlo, lo despojó de su pistola y le informó en pocas palabras:
—Prepare sus maletas. Usted viaja a Curazao esta tarde. El mayor Eli Mendoza Méndez llegó luciendo las dos estrellas de teniente coronel, sin que se le hubiera ascendido. No pudo dar ninguna explicación. Entregó sus armas, y un momento después fue acompañado a su casa por una escolta de la Infantería de Marina, para que hiciera sus maletas.
Entre los expulsados, viajaba el mayor Edgard Trujillo Echavarría, un oficial joven, serio, con los nervios en su pues to, que en la madrugada del dos de enero se tomó a Ramo Verde, con una pistola en la mano derecha y una carabina en la izquierda, por orden del comandante Hugo Trejo. En la actualidad, era jefe del Batallón MotoBlindado n.° 1, donde disponía de una cantidad de armamento pesado que habría sido suficiente para una batalla internacional.
A las tres de la tarde, el apacible aeródromo de La Carlota estaba en ebullición, con siete oficiales, ninguno en uniforme de parada pero tampoco ninguno de civil, y 16 maletas hechas precipitadamente. Cuatro horas después, el avión que los llevó a Curazao estaba de regreso. Ninguno de los oficiales tuvo oportunidad de despedirse del general Castro León, quien llegó a La Carlota en su Cadillac amarillo justa mente cuando decolaba el DC3 de sus siete compañeros de conspiración.
MIENTRAS LOS PARTIDOS DECIDEN LARRAZABAL DESHOJA MARGARITAS
El 23 de enero, a las 1.30 de la madrugada, la esposa y los hijos del contralmirante Wolfgang Larrazábal oyeron decir que el presidente del nuevo Gobierno era «el contralmirante Larrazábal», y experimentaron una justa complacencia familiar. «Creímos que era el tío Carlos —manifestaron a un periodista dos días después—. No se nos ocurrió que fuera Wolfgang.» A pesar de que la noticia se confirmó muchas veces por la radio y de que el propio contralmirante llamó a su casa por teléfono a las 3 de la madrugada desde Miradores, su propia familia sólo quedó perfectamente convencida al amanecer, cuando lo vio por primera vez en la televisión.
Un chófer de taxi, venezolano, a quien se le preguntó esa misma mañana cuántas veces en su vida había oído nombrar a Wolfgang Larrazábal, respondió:
—Lo he estado oyendo toda la noche.
Solamente para un sector de la opinión pública era ese nombre familiar: para los deportistas, quienes tuvieron oportunidad de conocerlo de cerca cuando era director nacional de Deportes. Esa era, punto más, punto menos, la estatura de su popularidad.
Esta semana —sólo 200 días más tarde— sería difícil encontrar, en una manifestación popular de 300.000 personas, siquiera una que no estuviera dispuesta a votar por el contralmirante de la República. Políticamente es un récord. Creer que esa carrera contra el tiempo es debida exclusivamente a las circunstancias, sería tan injusto como no atribuir a la presencia física y a la simpatía personal del contralmirante una cierta importancia en la conquista de su popularidad. Las multitudes de este tiempo, sensibles al cine y a la propaganda de los dentífricos, no son indiferentes al aspecto estrictamente fotogénico de un político. Antes de que se constituyera el Consejo Supremo Electoral y cuando la única garantía de que el país sería llevado a unas elecciones a corto plazo eran los discursos y declaraciones de prensa del presidente de la Junta de Gobierno, el contralmirante Larrazábal hizo una visita al Liceo Andrés Bello, y las estudiantes lo recibieron con un entusiasmo atronador. Un grupo de ellas se hizo firmar autógrafos en el uniforme. De no ser por la televisión, las fotografías y las fáciles apariciones en público del contralmirante, seguramente su popularidad habría llegado, tarde o temprano, pero más tarde que temprano. El contralmirante entró por los ojos.
Cómo se aprende a ser candidato
Desde el punto de vista estrictamente político, el desconocido Wolfgang Larrazábal ganó su primera etapa en la carrera hacia la popularidad, apenas tres horas después de estar gobernando a Venezuela, cuando convirtió la Junta Militar en una Junta de Gobierno, con la participación de dos civiles. En ese momento, las circunstancias exigían una extraordinaria rapidez de acción, y el contralmirante la tuvo. Sin lugar a dudas vista y comparada a seis meses de distancia, ésa ha sido la medida que mejor y más rápidamente impresionó la sensibilidad popular en favor del contralmirante. Sólo que fue tomada en un momento cuya grandeza histórica pudo hacerla aparecer como secundaria.
Wolfgang Larrazábal, cuarenta y siete años, marino por contagio familiar, apasionado de los deportes, cuentista en secreto, lector sin sistema, padre de familia ejemplar, pobre de nacimiento y sin un solo antecedente como conspirador, llegaba al poder sin ninguna experiencia de gobernante y administrador. Una anécdota ilustra muy bien su concepción de la autoridad: en cierta ocasión, siendo ya un alto oficial de las Fuerzas Navales, tuvo un incidente con un grumete. La solución clásica era mandar el grumete al calabozo. Larrazábal no lo hizo. Pero en cambio, mandó a buscar los guantes de boxeo, nombró un árbitro, y sostuvo un match con el grumete.
«Primero firmaré mi renuncia —declaró pocos días después de haber llegado al poder— antes que dar la orden de que se dispare contra el pueblo.» No sólo no ordenó disparar contra el pueblo, sino que mantuvo a Caracas sin policía durante varias semanas y puso la seguridad, la vida y la honra de los ciudadanos en manos de los boyscouts. De la noche a la mañana, el drástico gobernante que seis horas después de juramentado puso en Curazao a dos miembros impopulares de la Junta original, parecía haber contraído una peligrosa timidez en la aplicación de las medidas de orden. El mismo contralmirante declaró: «Yo sé que se dice que soy un hombre débil.» Fue necesario la última crisis, para que Larrazábal demostrara de un modo indiscutible que su aparente parsimonia no era debilidad, sino tacto político.
La boca cerrada...
En realidad, la inexperiencia del contralmirante se advertía mejor en sus declaraciones de prensa que en su actitud como gobernante. En vísperas de la visita de Nixon, un periodista le preguntó cuál sería su actitud, si fuera estudiante, frente al vicepresidente de los Estados Unidos.
—Si fuera estudiante —respondió Larrazábal— seguramente gritaría: «Nixon no.»
Veinticuatro horas después, se había dado cuenta de que la espontaneidad es una virtud en un gobernante, sólo si tiene ciertos límites. «Estoy triste, señores —declaró entonces, refiriéndose a los incidentes callejeros contra Nixon—. Estoy triste, y creo que ustedes también lo estén.»
Posteriormente, cuando se habló por primera vez de la posibilidad de su candidatura presidencial, no tuvo la habilidad política de decir categóricamente «No», desde el principio. Eso permitió que en ciertos sectores naciera la sospecha de que el contralmirante tenía no sólo deseos, sino intenciones de permanecer en el poder, si bien por la voluntad popular.
Desde la época en que hizo esas declaraciones hasta ahora, ha ganado una experiencia en el arte de las preguntas y las respuestas de prensa, que parece una persona completamente distinta. En su última rueda con los periodistas, una comentarista política lo acorraló literalmente para que expresara de una vez por todas un pensamiento concreto sobre su candidatura. El presidente empezó por definir el candidato ideal y concluyó con una frase: «A mí me parece que si me eligieran presidente se estaría repitiendo la vieja norma de que en este país quien está en el gobierno debe continuar en él. Yo deseo que se rompa esa tradición.»
Otro periodista le preguntó qué opinaba de la candidatura del doctor Martín Vegas. La respuesta del contralmirante fue inmediata.
—Si ese señor ha sido candidatizado por los partidos, debe ser presidenciable.
El hombre que se juramentó el 23 de enero, no tenía esa habilidad para responder a los periodistas. Sus únicos recursos, en los momentos difíciles, era una peligrosa espontaneidad, o la devolución de la pelota, preguntando a su vez:
—Y usted, ¿qué opina?
¿Sí... o...No?
Doscientos días de gobierno parecen haber demostrado que Larrazábal, llegado al palacio Blanco gracias a las circunstancias, parece ahora maduro para ser presidente por voluntad popular. Es, sin lugar a dudas, el más popular de cuantos candidatos se han mencionado hasta ahora. Pero los partidos políticos parecen tener sus reservas.
Mientras diferentes sectores de la opinión pública se movilizan para proponer su nombre, los partidos políticos observan una especial discreción frente a la posibilidad de su candidatura. ¿Qué piensa realmente Larrazábal? Hace tres meses una simple frase suya habría despejado la incógnita. Hoy es mucho más difícil: Larrazábal ha superado cinco crisis, estuvo, por lo menos durante 24 horas, al borde del derrumbamiento, y ha tenido que afrontar toda clase de dificultades.
Pero al mismo tiempo, ahora conoce mucho mejor que hace seis meses los delicados vericuetos de la política. Eso tiende a volverlo más prudente en la expresión de su pensamiento.
Por otra parte, ahora sabe también, con exactitud, lo que piensa el pueblo de él, sus giras por la provincia, su paseo al frente de la multitud el primero de mayo, la serenidad con que maniobró durante la última crisis, fueron decisivos en el afianzamiento de su popularidad. Casi puede sentarse a esperar —confiado— en que el pueblo le haga el trabajo que a él mismo, políticamente, no le conviene hacer.
Tal vez la incógnita no se resuelva en esta semana. Pero la verdad es que Larrazábal tiene tantas probabilidades a su favor, que esta vez, en caso de que se le candidatee, su propia familia lo vería en la televisión con la mayor naturalidad. Esta vez nadie creerá que se trata de una equivocación del locutor.
“Ese simple detalle, registrado por los eternos curiosos que son una especie de servicio de inteligencia de la opinión pública, se propagó como el fuego en la pólvora”.
“Quienes lo vieron esa noche, debieron pensar que los rumores de un golpe inminente eran completamente infundados”.
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