Centenario de “La Prometheida”

Cultura
Publicado el 18/09/2017 a las 0h00
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Adolfo Cáceres

Terminé extasiado –una vez más– luego de leer “La Prometheida” (1917), imaginándome cómo pudo escribirla Franz Tamayo, en su hacienda de Yaurichambi, a la luz de un mechero. Yaurichambi, ahora en escombros, en manos de unos dirigentes indígenas que la expropiaron. Yaurichambi debería ser un museo, con todas las pertenencias de Tamayo. ¿Pero quién podría ocuparse de eso? ¿La Alcaldía paceña? ¿La Gobernación? Si no lo han hecho antes, es poco probable que lo hagan ahora. No tienen idea de la magnitud y el valor estético de la obra de Tamayo; además, los políticos andan más ocupados en mantener el equilibrio de sus fuerzas que en habilitar espacios culturales. El arte sobrevive en el país, gracias a la presencia de algunas entidades culturales privadas, como: el Centro Patiño, la Alianza Francesa, el Goethe Institut y la Fundación Cultural del Banco Central, que se ha hecho cargo de la Casa de la Moneda, en Potosí. La Biblioteca Bicentenario debía haber previsto la publicación de las obras completas de Tamayo, inclusive las inéditas que están en manos de uno de sus nietos. Hasta el pintor Gil Imaná se vio en la necesidad de donar sus obras, junto al inmueble donde había pasado los años más fructíferos de su existencia, con el propósito de preservarlas. Anciano ya, pensando en su inminente partida, organizó sus obras y las de su difunta esposa, en un escenario digno del talento creativo de ambos pintores. De no ser así, él bien sabía la suerte que podía correr su legado artístico. Es lamentable lo que ha ocurrido con algunos de los murales de Alandia Pantoja. El Ecuador supo valorar la obra pictórica de Guayasamín, tal como lo hizo el Paraguay, con las pinturas de Colombino. ¿Algún día podremos apreciar las obras de Cecilio Guzmán de Rojas en un salón especial? ¿Y las acuarelas de Pérez Alcalá? 

“La Prometheida” es una tragedia lírica que Tamayo concibió inspirado en las obras de los trágicos griegos, especialmente de Esquilo, su modelo. No creo que hubiera descartado la posibilidad de ser puesta en escena. Así lo entendió Chaly Rimassa, pintor y director de teatro, en la década del 70, en Cochabamba, cuando me pidió adecuarla a un escenario moderno. Chaly había puesto en escena “Las sillas”, drama vanguardista de Ionesco, en el Teatro Adela Zamudio, en 1972, con notable éxito. Para “La Prometheida” precisábamos de una iluminación adecuada a los escenarios tamayanos. El Teatro “Achá” carecía del juego de luces que precisábamos; tampoco encontramos a un músico que se encargara de la animación de los coros. Aparte de ello había que seleccionar los actores e instruirlos, de modo que entendieran la trama de dicha obra. Además, “La Prometheida” tiene una entonación melódica propia de los yambos y troqueos, que pasaron inadvertidos para los profanos; de ahí que casi todos sus estudiosos han procedido a medir sus versos por el sistema silábico. Su poética está resumida en “Horacio y el arte lírico”, conferencia que Tamayo dictó y publicó en 1915. En Bolivia nadie había estudiado como él el hipérbaton, clave sintáctica de toda creación literaria. Hoy pasa desapercibido, como si fuera una figura  retórica del pasado. Pocos saben que el arte clásico es eterno, en cualquiera de sus manifestaciones. 

Como “La Prometheida” no es una obra de lectura fácil, el desconcierto de la mayoría de los intelectuales de su tiempo fue enorme. Rosendo Villalobos, poeta y escritor paceño, muy conocido ese entonces, solía declarar cuando le hablaban de Tamayo: “Como no sé griego, prefiero no leer sus obras”; en cambio, Carlos Medinaceli, el crítico mayor de Bolivia, en sus “Estudios Críticos” (1938), dice: “Se trata de un talento asimilativo y explosivo, de una inteligencia aguda y ahondadora, de un alma abrupta y volcánica, pero ¿es poeta lírico Franz Tamayo?” ¿Lo es? Jaime Sáenz lo consideraba uno de sus dioses, junto a Goethe. Consecuentemente, a pesar de su enorme trascendencia y belleza, “La Prometheida” tiene pocas ediciones. Desde luego que abundan los estudios que se ocupan de la vida de Tamayo, ya sea como: educador, filósofo, periodista, político o parlamentario y, cuando hablan del poeta, pocos son los  que se animan a bucear en las profundas aguas de su estética.

Yo lo hice en el IV volumen de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana” (2012). Dos notables figuras de su tiempo fueron los primeros estudiosos que  intentaron comentarla: el primero fue el  expresidente Daniel Salamanca, que en su carta del 12 de junio de 1917, entre otras cosas, le dice a Tamayo: “Su magnífica versificación, llena de limpidez y tersura, no sólo ha sacado gran partido de los tesoros de la armonía que guarda la lengua, sino que ha aportado nuevos materiales, algunos de verdadera excelencia, que enriquecerán indudablemente el caudal léxico de la poesía castellana”; el otro estudioso es Daniel Sánchez Bustamante, que publicó su comentario en un periódico de La Paz, lamentando que esa tragedia lírica se hubiera producido con motivos, personajes y ambientación griega y no americana. Al respecto, Tamayo nos aclara que: “El poeta prácticamente no pertenece a una región. El verdadero poeta es el traductor, el exteriorizador del alma humana. Yo he traducido el alma humana frente al genio que es Prometheo, el creador que desafía a los cielos. Es el alma humana que se enamora de él y canta. Todos estos poemas tienen paisajes, tienen motivos altiplánicos. La aguas que describo, los bosques de que hablo, aun los personajes, en el fondo pertenecen al paisaje, a la historia, a las circunstancias de América, o más bien de este país, porque yo no puedo traducir otra cosa, pero a los cuales humanizo, universalizo, porque esa es la función del poeta”.

    Desde luego, después de revisar la  bibliografía sobre Tamayo nos quedamos con dos estudios, como los más adecuados para aproximarnos a “La Prometheida”: el de Eduardo Mitre: “La Prometheida: El tiempo irreversible y el delirio pasional”, publicado en su libro “De cuatro constelaciones” (1994) y el otro, más reciente, pertenece a Alberto K. Bailey Gutiérrez: “Franz Tamayo: Mito y tragedia” (2010), publicado por Plural Editores. Ambos estudiosos coinciden en destacar la obra de Tamayo, como la de un creador sin fronteras ni tiempo, dueño del verso absoluto. Afortunadamente la Carrera de Literatura de la UMSA y Plural Editores se han propuesto dejarnos una serie de ensayos sobre los poetas más notables del siglo XX; de ahí que en “La crítica y el poeta Franz Tamayo” (2013), nos encontramos con cinco enfoques nuevos de las obras de Tamayo, especialmente “Odas” y “La Prometheida”. Son estudios de los docentes y estudiantes de la mencionada carrera, entre los que sobresale el de Mónica Velásquez Guzmán.

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