Las moralejas del No
Mientras la oposición en todo su espectro ideológico, intentaba definir el rol que debía cumplir para enfrentar el referendo, la ciudadanía intentaba comprender sus posibles implicancias. ¿En qué medida habilitar a los candidatos del MÁS y modificar la Constitución del Estado afectaría positiva o negativamente su nivel de vida o derechos ciudadanos? La mayoría de los analistas y políticos manifestaron que para impedir el fortalecimiento del proyecto encabezado por Evo Morales y su entorno se tendría que apelar a la defensa de la Constitución en su calidad de carta magna y contrato social, suponiendo niveles de conciencia democrática un tanto elevados.
Por otro lado, existieron quienes consideraban que la estrategia del oficialismo de convertir el referendo en una suerte de plebiscito respecto del desempeño de sus 10 años de gobierno, era inevitable. Fueron años de fortuna, pero también de despilfarro. Hemos desaprovechado una década favorable para construir una base productiva, pagaremos la consecuencias de ello, decían. La oposición tenía la obligación de demostrar esto a los que como siempre ven pasar la explotación en nuestros recursos naturales como vacas que ven pasar el tren.
El No develó ya con el previo antecedente de la consulta sobre las autonomías, que existen serias dudas respecto al desempeño de la administración gubernamental y a su compromiso democrático, pero también reiteró con contundencia las enormes limitaciones de la oposición para comprender el entramado social del país y su comportamiento político. Limitaciones que tienen que ver no solamente con la emergencia de liderazgos aglutinantes o con la ya grotesca insensatez de la dispersión y el individualismo, sino fundamentalmente con proyectos políticos alternativos, integrados a la sociedad, en vez de timoratos sin contenido y meramente mediáticos.
Los supuestos logros del proceso de cambio y la necesidad de su continuidad fueron sin duda los argumentos que de manera casi tradicional intentó posesionar el oficialismo, pero como era predecible, también recurrió sin escatimar ningún epíteto o fantasía mediática, a revivir los fantasmas del pasado como zombis o muertos vivos que comandan la oposición.
Así es de paradójico pero inevitable que la oposición haya tenido que definir su rol como el de actor secundario, en un escenario en el que la identidad política estaba sólo restringida al MAS y su adversario no tenía más identidad que la de la “gente”. Peor aún, con una corte totalmente parcializada.
A tal punto es cierto que fue anodina la discusión respecto al contenido del No, que la corrupción se convirtió en el tema determinante, teniendo a comunicadores como sus principales difusores y a un culebrón vergonzante como combustible.
Fraude o no, el MAS ha logrado reducir a su mínima expresión la derrota del 21 de febrero, con el argumento de un virtual empate y una supuesta recaptura de sus bases rebeldes. Apronta un contraataque que tendrá entre otros, dos hitos fundamentales, el de recapturar y fortalecer su control sobre el poder judicial y el de monopolizar los medios de comunicación en favor del poder constituido. Mientras tanto, la oposición sigue mirándose el ombligo y esperando que un supuesto desastre económico haga su trabajo.
El autor es comunicador social.
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