El Viejo Tristán
La muerte de Gustavo Adolfo Navarro, más conocido como Tristán Marof, el “viejo soldado” en febrero de 1979, representó una pérdida deplorable en los cuadros de la literatura insurgente de Latinoamérica, autor de: “Los Cívicos” (novela), “Renacimiento Alto Peruano” (ensayo filosófico), “El Ingenuo Continente Americano” (ensayo - 1922), “La Justicia del Inca” ( ensayo -1924), “Suetonio Pimienta” (novela - 1926), “La Tragedia del Altiplano” (ensayo- 1934), “México de Frente y de Perfil” (ensayo 1935), “La verdad Socialista” (ensayo - 1938) “El experimento” (teatro - 1947), “El Jefe” (teatro - 1965), , Ilustre Ciudad (1950) y muchos otros títulos, fue un hombre que escribió mucho y vivía de su pluma, de esa pluma vivaz, satírica e hiriente.
Sobre los aportes, El Viejo Tristán jugó un papel preponderante en la emergencia de la izquierda boliviana, planteó un programa que repercutirá toda una época: “Tierras al Pueblo y Minas al Estado”, es decir, Reforma Agraria y Nacionalización, en un libro que llamó “Justicia del Inca” (1924)”, fue uno de los precursores del POR: “Después de tratativas preliminares para unificar las fuerzas de izquierda, el grupo de Marof, la izquierda boliviana de Chile, que capitaneaba José Aguirre Gainsborg, y el grupo de exiliados del Perú, se reunieron en el congreso de Córdoba, Argentina en junio de 1935 de cuyos acuerdos nació la colectividad más antigua de las formaciones políticas izquierdistas, el Partido Obrero Revolucionario”.
Calumniado por trotskistas y estalinistas, por aquella equivocación de 1949 cuando en la cólera de su frustración al verse abandonado de sus amigos, aceptó una función pública en el Gobierno de Herzog, un Gobierno de la “rosca minera”, a seis semanas le dolió la pena de sus amigos, abandonó el cargo, volvió tan pobre como había entrado.
“El lobo estepario” lo había llamado Carlos Salazar Mostajo, por la soledad en la que vivió en los últimos años de su vida. Cultivó muchas amistades, Mariátegui, Eduardo Arze Loureiro, Stefan Baciu, Gonzales Tuñon, Francisco Perro, Alipio, él siempre antiguo Julio López y muchos otros más lo quisieron mucho. “Usted me invitó una taza de té, y sacó un pan de su alacena y lo cortó en dos; me dio la mitad, y guardó la otra mitad, porque era su desayuno de mañana, pobre viejo amigo –decía Carlos Salazar en 1978-- que guardaba medio pan espiado ya por la muerte. No tenía ya una moneda para su desayuno de mañana. ¡Ah... cómo me dolió verlo desmenuzar cigarrillos baratos para llenar su pipa!”. Se podría recordar muchos otros pasajes de la solitaria vida de nuestro viejo camarada, de “el abuelo” como lo llama Mary Carmen Navarro con cierta picardía cómplice sobre algunos pasajes de la vida de nuestro siempre antiguo Tristán. A propósito, dedico estas líneas a ella.
El viejo soldado en los últimos años de su vida vivió en Santa Cruz en la extrema pobreza. El pintor Ortega Leytón tuvo que prestarle su casita. Su muerte en la pobreza fue su respuesta final.
El autor profesor de historia.
Columnas de MILTON MACHUCA CORTEZ

















