Ser voluntario en Bolivia
¿Cuántas veces hemos visto a nuestro orgullo cochabambino de traje naranja ser los primeros en llegar a la escena de una emergencia sin importar el horario o si es fin de semana o feriado?
¿Cuántas veces hemos visto a los scouts “siempre listos” para cuidar nuestra ciudad y medio ambiente?
¿Cuántas veces hemos visto en las calles a adolescentes y jóvenes rescatando animalitos, recogiendo basura, jugando con niños en el Hospital Viedma, visitando casas de acogida, limpiando los espacios públicos, cumpliendo con los vacíos que son obligaciones incompletas de nuestras autoridades?
¿Cuántas veces hemos visto iniciativas muy poderosas tocar las puertas de empresarios privados e instituciones públicas que ni siquiera se abrieron?
Aun así, siendo ignorados por las autoridades, atravesando solos cada obstáculo que se les presenta, lo hacen. ¿Acaso no pueden aprender de ellos nuestros políticos de turno? Obviamente no, ellos están en su cargo por el bolsillo, no por el corazón.
¿Se imaginan cómo sería si cada uno de esos voluntarios ocupara un puesto público? ¿Si cada uno de esos voluntarios estuviera siendo pagado por el trabajo que realizan de manera voluntaria? Nuestras instituciones públicas serían las más poderosas del mundo, las más eficaces. Porque no tendrían un color político ni un fin pecuniario, simplemente tendrían el honor de servir a sus pasiones, sobre todo a la comunidad.
Pero cuando hay que hacer trabajo hormiga, ahí es cuando los voluntarios son necesarios. Que peguen adhesivos, que repartan panfletos, que recolecten fondos. Que realicen el trabajo tedioso que nadie quiere hacer, para eso sirven. Es más, nos conviene que sean voluntarios así no les pagamos.
Esa es la realidad de ser voluntario en nuestro país. Se subestiman sus esfuerzos. Se cree que porque son voluntarios no estudian, no trabajan y no tienen familia. Lo peor de todo es que sí estudian, sí trabajan y sí tienen una familia. Lo más seguro es que el día que los viste limpiando la plazuela tenían otros compromisos que realizar, pero prefirieron hacer lo que creyeron correcto, e incluso tuvieron que sacar de su propio bolsillo para pagarse el transporte, sus herramientas, la comida y la bebida. Lo peor de todo es que, tanto autoridades como ciudadanos, reclaman, critican y le exigen al voluntario sobre el trabajo que realiza.
Mientras la mayoría de las personas estamos recuperándonos de nuestra resaca un domingo por la mañana, existen personas que madrugaron para aportar, aunque sea una milésima, a que este mundo sea mejor.
Lo más vergonzoso es el trato que damos a los voluntarios que llegan desde el extranjero, bajo nuestra lógica de “que gaste el gringo porque tiene plata”, abusamos de la excelente voluntad y predisposición con la que vienen a cumplir un trabajo social. Sacar visa o permiso de residencia es una agonía, además que ponemos al descubierto nuestra pésima administración pública.
El año 2005 se aprobó la Ley N° 3314 “Ley del Voluntariado”, la misma que tiene por objeto regular los derechos y deberes de los voluntarios e instituciones que tienen esa finalidad. Al igual que establecer el funcionamiento del “Conavol”, Consejo Nacional del Voluntariado, que, hasta la fecha, son contadas las veces que sesionaron.
Como toda Ley romántica, fue simplemente un estornudo. Entre los derechos establecidos en la misma, señala que los voluntarios deberán estar inscritos al Seguro Social Público y, en caso de emergencias, deberán contar con el permiso para ausentarse a clases o al trabajo sin sufrir ningún detrimento. Recuerdo con mucho cariño cómo compañeros del Grupo Voluntario SAR-Bolivia asistieron más de una semana al rescate del deslizamiento en Chullpa K’asa, y por más que la misma institución certificó que sus voluntarios se encontraban trabajando, les descontaron de sus salarios los días que faltaron e incluso se encontraron a punto de perder su laburo. Esta situación se repite cada vez que existe una emergencia, aun así, el voluntario va a preferir cumplir con la comunidad.
Hace un tiempo salió en los medios de prensa que el Sr. Juan Ramón Quintana sugirió alternar el servicio militar con voluntariado para ayudar a las personas discapacitadas. Lo cual me pareció una idea fantástica.
A esto tengo dos opiniones: primero, que sería un gran avance como país si establecemos el servicio social como obligatorio (para mujeres y hombres), y que, dentro de sus opciones, para aquellos que lo prefieran puedan escoger el servicio militar. Segundo, el campo del voluntariado es mucho más amplio que simplemente ayudar a los discapacitados.
Al establecer esta política estaríamos generando conciencia acerca nuestra situación como país porque podríamos ver y vivir los contrastes que existen. Estaríamos reforzando en nuestros jóvenes los valores de la solidaridad, humildad y empatía. Incluso, estaríamos reforzando el patriotismo prácticamente perdido. Estaríamos formando personas aptas para ocupar cargos públicos y elaborar políticas que respondan a nuestra realidad social y económica.
Pero hasta que este sueño un tanto utópico se cumpla, tenemos que valorar el trabajo que realizan nuestros voluntarios, e incentivar a nuestros niños a que se pongan manos a la marcha cuando vean algo con lo cual no están de acuerdo. Es la manera más sana de terminar con la injusticia social. Y no sólo a ellos, sino también tú. Tómate un tiempo para reflexionar si quieres ser parte del montón de personas que sólo se queja y lamenta, o de aquel montón que está haciendo algo para cambiar esa situación.
El cambio en nuestra sociedad no es únicamente responsabilidad de nuestras autoridades.
La autora es abogada
Columnas de CAROLINA ORÍAS

















