La corrupción
El término “corrupción” viene de la palabra latina corruptio significa decadencia moral, comportamiento malvado, putrefacción o podredumbre. Este concepto tiene un enfoque dual, pues puede aplicarse a lo físico, cuando se emplea el término “putrefacción” mientras otros usan el término de “fermentación”, o un significado moral como el “deterioro o decadencia moral; perversión o destrucción de la integridad en el cumplimiento de los deberes públicos por cohecho o clientelismo”.
Desde una perspectiva genérica, existen dos tipos de corrupción: la privada y la corrupción pública o administrativa; y, en muchos de los casos ambas se entrelazan.
Se debe tomar en cuenta que las prácticas corruptas dentro de la administración pública se constituyen en modelo de corrupción generalizado principalmente cuando se le otorga un mayor poder al sector público.
Los expertos señalan que la manera más usual de monetizar las ganancias emergentes de la corrupción es a través de las prebendas políticas; por ejemplo, la emisión de licencias o autorizaciones para cualquier rubro puede convertir en personas millonarias tanto al servidor público (por los porcentajes que éste percibe, dependiendo el nivel de jerarquía) como al privado que lo requiere.
Comúnmente los niveles más altos de corrupción cuentan con uno o varios “recaudadores”, descarnándose la corrupción en cascada. Se establece así una relación triangular entre el individuo, la administración pública y sociedad, mientras la corrupción se mueve entre los tres vértices con diferente intensidad.
Los informes especializados en la materia de corrupción explican que la gran corrupción nace en las altas esferas y se va desbordando hasta empapar a toda la sociedad. Los estratos más bajos la aceptan para seguir viviendo, los altos para engordar.
De esta manera, la corrupción llega a ser transversal, de allí la célebre frase: “el poder total corrompe totalmente”. No es casualidad por eso que los corruptos afloren donde hay más poder, por ende, la corrupción debe ser vista como un abuso de poder y no simplemente como hechos aislados, un ejemplo el caso Odebrecht.
De allí que la existencia de megaburocracias provoca por lo general mayor abuso de poder y encuentran muchos recovecos para corromperse.
Tradicionalmente la batalla contra la corrupción se viene realizando mediante dos frentes: 1) arremeter contra los actos de corrupción mediante leyes drásticas y mecanismos de persecución a través de autoridades competentes y 2) potenciando las instituciones públicas de persecución; sin embargo, el resultado ha sido siempre el mismo: la corrupción continúa y en algunos casos se ha acrecentado.
Si se busca resultados diferentes no debemos estancarnos haciendo siempre lo mismo, por lo tanto, es el momento de entender que la lucha contra la corrupción administrativa que emerge de la burocracia no se reducirá generando, alimentando y potenciando más burocracia (con nuevas direcciones públicas, secretarias o unidades de lucha contra la corrupción, nuevas formas de administración pública que involucre nuevos y más cargos, etc.), sino que urge emprender dos importantes acciones: 1) el fortalecimiento del individuo y de la sociedad civil mediante asociaciones o fundaciones de lucha contra la corrupción con financiamiento privado e independiente del poder político o partidario y que dichas fundaciones o asociaciones tengan accesibilidad efectiva con libertad de control social a todos los servidores públicos de todas las reparticiones estatales (subalternas, jerárquicas y de control interno, autoridades de fiscalización, etc.), tal como explico en mi libro “Los Delitos de Corrupción”, y, 2) la contención del poder; evitando el surgimiento de la cleptocracia, esto es limitando el poder económico que tiene la administración pública y al mismo tiempo evitando la promulgación de normas que atenten contra las libertades individuales.
El autor abogado
Columnas de CIRO AÑEZ NÚÑEZ

















