Kafka a lo boliviano
En términos ideales lo político es un escenario de permanente regeneración. Una viña fecunda en la que se procura el cuestionamiento constructivo, el análisis y revisión consciente de la historia, la renovación de las ideas y las praxis. En suma, el tan vilipendiado “libre pensamiento” debería ser el principal alimento de los que manejan el Estado.
Eso generalmente no ocurre en Bolivia, porque en casi toda la historia nacional, las instituciones parecen alimentarse de ciertos individuos capaces de rifar a su madre por una pega y luego de conseguirla, sellarse la boca, cubrirse los ojos y acallar el cerebro. Siempre arteros, huidizos y paranoicos, estos funcionarios no tienen nada que envidiar a los personajes de Kafka en sus mezquindades y miserias.
La mayoría fungen como lame-botas de los poderosos de turno, eso hasta que los encumbrados/as caigan irremediablemente, siendo que el poder es circunstancial. Cuando ello pasa, el arrimado volcará la rabia y frustración contenida por tanta sumisión y degradación, y no se cansará de despotricar contra el que fue su “superior”. Seguidamente, empeñará sus huesos por otra pega y hará relucir la nueva bota.
No obstante, ¿qué sucede cuando el lambiscón de ayer se transforma en el mandamás de ahora? Pues el ex chupamedias, se convertirá en un déspota de fábula, ya que querrá purgar los tragos amargos del pasado, humillando a su propia legión de llunk´us. Y así, el círculo gira interminablemente.
Lo más escalofriante es que este tipo de situaciones no solamente suelen ser patrimonio de la función pública o de la militancia partidaria; se pueden percibir, incluso, en las instituciones académicas como las universidades y en las empresas privadas.
Aún así, más allá de lo repudiable que sea esa pesadilla kafkiana, hay que comprender que muchas de las personas que están en tal situación, luchan por sobrevivir y sustentar a su familia con los medios disponibles que les otorga un contexto como el nuestro.
Por eso, si se trata que culpar a alguien por estas actitudes viciosas, sórdidas y destructivas, no queda más que apuntar a los que teniendo las riendas del poder, no sólo permiten el llunk´erío, sino que lo alientan, promueven, exigen y premian. Aquellos que consideran que las observaciones a sus equivocaciones son una afrenta personal. Esos que no se cansan de perseguir, difamar y calumniar a cualquiera que se oponga a sus “santos designios” y aseguran que si no estás con ellos, estás contra ellos. Los que “retocan” la historia y la coyuntura y las convierten en un thriller de mala muerte donde se magnifican héroes y villanos. Los que no permiten el real desenvolvimiento profesional y humano de sus subordinados y prefieren a idiotizados repetidores de consignas. Los que no admiten “competencia” y le serruchan el piso de las formas más bajas. Aquellos que hacen oídos sordos a los clamores ciudadanos y populares, a la crítica y autocrítica, y se encierran en la burbujita acolchada por el dulce, hipócrita e interesado lustrado diario del traste con lenguas ajenas, ese ensueño blindado con el sonido de seguras bayonetas compradas con dádivas y coimas permanentes.
Entonces, después de todo, ¿no es ilustrativo que Casimiro Olañeta sea la mayor expresión de los “próceres independentistas” nacidos en este desafortunado país?
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA
















