“Iluminación”

Columna
Publicado el 05/11/2017

“Se acostaba sola en una cama de sábanas amarillas, la cama que antes compartía con Mario y se pasaba el tiempo transpirando, atenta a las múltiples pequeñas reacciones de incomodidad de su cuerpo, dando vueltas con una idea fija en la cabeza: necesitaba sentir dolor”. Sebastián Antezana nos lleva sin anestesia con su obra de relatos cortos “Iluminación” por los extraños meandros de nuestros ríos subterráneos, por la otra cara del espejo. ¿Es su título una ironía? ¿Es el revés de la trama?

Es difícil no quedarse sin aliento ante esta obra mayor de la literatura boliviana. En cada página, escrita con un incuestionable dominio de la lengua, con un armazón coherente e impecable, nos enfrentamos a nuestros más fuertes demonios interiores, a la indescifrable naturaleza última de los humanos, aquella que está siempre acechando debajo de la superficie, aquella que, en definitiva, gobierna nuestras vidas.

Es en el extremo, en lo innombrable, cuando sentimos la tibieza repulsiva del cieno en las plantas de los pies y, angustiados, tenemos deseo y repulsión mientras nos hundimos poco a poco en ese magma oscuro y maloliente del barro que desescama nuestra piel hasta dejar la carne al rojo vivo. Esa es la fascinante tarea de Antezana, llevarnos a la inmersión descarnada, a la verdad de las pulsiones, a marcar en el exceso nuestros sueños burbujeantes y la prisión de nuestros sentidos, pero no como un juego pirotécnico, no como el presuntuoso provocador. Nada hay de fuego fatuo en estas historias en las que las palabras no sobran ni faltan, tienen, por el contrario, una exactitud que duele.

El autor nos lleva por una interioridad “desviada” porque —siempre la paradoja— es en ella donde se prueba la materia de la que realmente estamos hechos. Pensé, al leer los tres primeros relatos, que el libro sería una aguda y agridulce metáfora sobre la vejez, comprobé luego que el tránsito iba más allá, y que —esto es lo más sugerente— era posible, después de haber leído infinidad de extraordinarios libros sobre nuestra condición, encontrar una reflexión sobre ella que estremezca, que sacuda, que desafíe, no ya el asombro sino la confrontación con las puertas selladas de cada intimidad.

El adolescente acerca el rostro a la cara del padre borracho y autoritario que duerme en el sol de la tarde, miedo, repulsión, necesidad de aprobación, violencia contenida. Los cuerpos marchitos de dos hombres en el final del camino que descubren que el remedio para la soledad y el hastío está en una nueva y chocante rutina. El dolor de una vida quebrada por la pérdida del otro, transformada en una suerte de sonambulismo perverso. La alucinante historia del vínculo entre lo humano-animal y lo animal-humano, a través de una retorcida ternura. La historia mil veces reflexionada de las múltiples ventanas del tiempo, de las vidas que se pierden en el Laberinto de la memoria. El tabú que nos rodea siempre y que marca en una delgada cornisa aquello que —al fin— no es sino un impulso básico e inescapable, cuando has deshojado progresivamente la convención del “orden natural”. En el cierre, una aproximación fantástica a los animales capaces de pintar de perfecta manera la indisoluble relación con lo humano, con ironía, con sutil y cáustico humor.

Antezana es deslumbrante en su prosa, implacable en su temática que llega hasta el disgusto, hasta que seguir la lectura parece una forma de obligar al lector a desnudarse y, una vez desnudo, a acercarse al espejo y comprobar la flacidez de la carne, las arrugas flagrantes, las imperfecciones y la asimetría de las extremidades, la provocadora oscuridad de los genitales, la fetidez del aliento y los humores del cuerpo, y de pronto, en algunos giros inesperados, allí, en esa confesión de abismos, la búsqueda de la felicidad, tan esquiva, tan fugaz, pero tan crucial en nuestras vidas.

Antezana propone, a golpe de martillo, entender cómo buscamos escapar de la tormenta, cómo intentamos resolver nuestra relación con el otro, cuánto y cuán profunda es nuestra necesidad de amor, cuán fácilmente nos vemos atrapados en un tipo de relación que intoxica, cuán complejos son nuestros espíritus.

De vez en vez encuentras literatura mayor, esta obra, la tercera de su medida pero imprescindible bibliografía, es la de un escritor de una honda madurez, para quien la palabra es lo que siempre debe ser, una indisoluble pieza que une la argamasa de lo que significa y de lo que quiere significar. “Iluminación” no tiene un párrafo demás. Dice lo que tiene que decir y nos abruma.

 

El autor nos lleva por una interioridad “desviada” porque

—siempre la paradoja— es en ella donde se prueba la materia de la que realmente estamos hechos

 

Seguir la lectura parece una forma de obligar al lector a desnudarse y, una vez desnudo, a acercarse al espejo y comprobar la flacidez de la carne

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