Aprender a aprender: esa es la tarea
En los primeros días de abril próximo, la Red Interamericana de Educación Docente realizará en Panamá un seminario regional con el tema: “Fortaleciendo la profesión docente”. Su propósito es promover el intercambio de ideas y realizaciones entre los ministerios de Educación, las instituciones de formación y los propios docentes del continente. Oportunidad propicia para poner en la agenda de los debates –también en Bolivia– algunos cambios urgentes en las instituciones de formación docente. Uno de esos aspectos que propondré al seminario se relaciona con el lugar de la investigación y de qué tipo de investigación en la formación de los futuros docentes.
Creo que todos, lectoras y lectores de esta columna, convendremos en que una competencia clave que debe adquirirse en la escuela es “aprender a aprender”. Se suele partir en escuelas y colegios del supuesto que los estudiantes saben aprender. La escuela ha partido, tradicionalmente, de esa premisa y se ha concentrado en seleccionar los contenidos para aplicar esa supuesta habilidad que imaginan en sus alumnos. Es una suposición que merece ser discutida por la dirección pedagógica y el equipo docente de cada centro educativo. Así como por los formadores de docentes.
Normalmente, se dice, los docentes tienden a enseñar de la manera que ellos mismos aprendieron. De ahí vienen prácticas didácticas muy extendidas, todavía, como el dictado y el aprendizaje por repetición memorística. El éxito en el aprendizaje se mide y se califica por la habilidad de los estudiantes para responder a preguntas que le formule su profesor.
Sobre esta última habilidad se han invertido, hoy en día, los términos. No se trata de que el estudiante sepa, principalmente, responder a preguntas que se le hagan. No, señor, señora, amigos lectores. Un buen estudiante hoy no es el que mejor sabe responder a las preguntas que se le formulen, sino, al revés, el que es capaz de formular las preguntas correctas, buscar y formular los problemas, más que resolverlos. Eso cambia un poco la perspectiva, ¿no es cierto?
Todas las instituciones escolares buscan desarrollar el pensamiento crítico. Así lo proclaman. Lo que no está en todas ellas es la práctica didáctica para lograrlo. Los docentes dedican la mayor parte del tiempo escolar a proporcionar información y conocimientos y hacer preguntas de verificación a sus alumnos. Desarrollar el pensamiento crítico requiere limitar el tiempo destinado a proporcionar la información que los alumnos necesitan y aumentar, de manera sustantiva, el tiempo destinado a ejercitar a los alumnos, individualmente y en equipo, a formular preguntas y elaborar problemas. El aprendizaje que debe potenciarse dentro del tiempo escolar es el de formular preguntas y problemas. Un buen investigador encuentra y produce así conocimiento.
Aprender a aprender es aprender a investigar para construir conocimiento. Si los docentes no se forman así, no podrán enseñar así. Los formadores de docentes dirán: tenemos una materia que se llama “Metodología de la investigación”. No me cabe la menor duda. Normalmente, esa metodología está orientada a que el estudiante produzca una tesis o trabajo de grado. Y punto. El graduado no ha aprendido todo lo que sabe, investigando.
Hay que formar al maestro en una investigación que tenga por objeto “su” práctica de aula. ¡No es la investigación de manual! Es la investigación de la práctica. Lo que significa plantear a los formadores una reflexión teórico-metodológica sobre el tipo de investigación que necesitan sus alumnos, los futuros maestros. Ese es el desafío. La investigación de su acción, permitirá al maestro seguir aprendiendo siempre y enseñar a sus alumnos a aprender. Construirá conocimiento sobre qué prácticas didácticas sirven para lograr cada competencia prescrita en los programas de estudio. El resultado de esa investigación le permitirá ser mejor maestro. Y a sus estudiantes, lograr lo que deben hacer cuando concurren a la escuela: ¡aprender!
El autor es doctor en pedagogía
Jorge.riverap@tigomail.cr
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