Fachada populista
El populismo tiene varias facetas. Si bien su faz es reconocible en determinados segmentos, es imperceptible en otros, si entendemos la notoria capacidad que tienen sus interlocutores para vender ilusiones. Quienes conocen de las artes que utilizan para conquistar auditorios, entienden perfectamente el propósito que persiguen en la lógica de acaparar el poder como un fin en sí mismo. Quienes no la conocen, creen que aquellos que se presentan bajo ese rostro son una especie de mesías llegados para reivindicar derechos que se encontraban suprimidos por las castas políticas tradicionales, y que la única finalidad que los anima en un mundo capitalista carcomido por el consumo, la banalidad y el gasto dispendioso, es generar una verdadera revolución del comportamiento y del cambio, donde el privilegiado sea únicamente la salud, educación, el acceso a servicios públicos y el empleo permanente.
El discurso, entonces, no puede olvidar clichés propagandísticos porque es de propaganda que se alimenta la imagen del proyecto y del caudillo. Suena por tanto y de inicio, agradable el tono de voz vehemente de aquellos guardianes que enarbolan las banderas del populismo y que con gran desprendimiento de alma y corazón entregan su vida, trabajo y tiempo a los demás y a los desposeídos y olvidados del sistema. Eso sí, como el sacrificio es tan grande, corresponde en respuesta y gratificación no sólo premiar con el voto, sino perdonar todo acto que involucre corruptela y desfalco público; o si aún no se está en ejercicio del poder, cualquier episodio que por los azares del destino, sea contrario a la arenga. En el camino, son “víctimas del discurso de moralidad” que adoptan, porque son expertos para calificar y sentenciar públicamente a quien o quienes no piensan como ellos en una lógica de desvalorización del oponente solo por ser oponente.
Son hábiles con la palabra y asumen el papel de árbitros de la moralidad con el riesgo –y así lo muestran los hechos– de ser presas de su discurso. De ahí que no exista fundamento que sostenga un mínimo de racionalidad a la hora de valorar lo que espetan con lo que efectivamente hacen. Eso sí, como gustan más del Estado que de la libre iniciativa, se sienten cómodos bajo el paraguas estatal porque viven o pretenden vivir de él, manteniendo un discurso anclado en el pasado pese a que el mundo vio caer los paradigmas que lo sostenían.
Como el modelo desapareció con la caída del Muro de Berlín y con la destrucción de lo que fue la ex URSS, había que inventar una nueva nomenclatura al servicio del populismo, eso sí, procurando que privilegios y comodidades prevalezcan. Y cuidado, nada malo hay con que la gente, cualquiera que fuera su manera de pensar, adopte un modelo de vida con cierta comodidad. Lo reprochable es que el discurso sea diferente a los hechos y que aquél sea lapidario cuando te toca criticar al rival, para luego de la censura, hacer exactamente lo mismo que condenabas.
¡Eso es populismo! Un ejemplo de lo que anoto acaba de acontecer en España. Un populista de la talla de Pablo Iglesias y su pareja, portavoz de Podemos (algo así como la maquiavélica dupla sandinista) acaban de comprar un chalet lujoso por seiscientos mil euros. Años atrás, Iglesias criticó a un exministro de economía español por comprar otro inmueble en el mismo precio. Dijo: “¿Entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000€ en un ático de lujo?”.
Un populista como Iglesias, atrapado por su propio discurso y condecorado en Bolivia, es fiel reflejo de una manera de pensar obsoleta y excluyente, urdida en nomenclaturas ansiosas de poder, que solo miran como objetivo y fuente de riqueza, el control del Estado, así lo que digas, no acompañe a lo que hagas. ¡Populismo en pleno esplendor!.
El autor es abogado.
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