Boquerón abandonado, viejitos olvidados
Sentí náuseas no sé si por el amoníaco derramado en la planta multimillonaria de Bulo Bulo, o por nuestro mandatario oficiando de comentarista deportivo en compañía de un drogo chanchullero de “la mano de Dios”: volvió al país sin algún logro firmado en Moscú. Iba a escribir sobre el fuego cruzado de un ex Presidente opositor y ladridos oficialistas, sobre los cuarenta y tantos millones de dólares con que Bolivia debe compensar a Quiborax, firma chilena que explotaba ulexita en el Salar de Uyuni. ¡Qué caray!, quizá no solo extraían piedra televisión, como la llaman. Tampoco apetecían su cualidad de llegar al meollo del problema, porque entonces Evo Morales hubiera resuelto compensar 3 millones de dólares, y utilizar lo restante en equipar hospitales. Me inclino por la chambonada del arbitraje realizado durante el gobierno del “proceso de cambio”, relevo de rateros que es. Falta nomás que hurga que te hurga, descubran que las mañas y fraudes de Quiborax beneficiaron “a mitades” a los protagonistas… Un caso más del guanaco chileno engañando a la alpaca boliviana.
Subiendo camino a mi casa, encontré a un camarada mejorando la vía de ingreso a la suya. Invitó a que pasease su jardín, tesoro de árboles, plantas y flores. Me impresionaron sus bonsái, que había criado, reales vástagos que son, en bellas piedras horadadas por la acción del agua. Insistió en que me sentase en un viejo banco; reverente, contó que allí había reposado Bernardino Bilbao Rioja, Mariscal desde Kilómetro 7, alfa de repetidos repliegues que culminarían en la omega de la defensa de Villamontes en la Guerra del Chaco.
Me contó que había visitado Boquerón, invitado por un gobierno paraguayo que ha hecho un monumento del fortín ocupado por bolivianos en bravuconadas que provocaron la Guerra del Chaco. En ese reducto unos pocos “bolis” aguantaron el asedio de miles de “pilas” por casi 30 días. Desde entonces, es ilusión triste ese “Boquerón abandonado, sin comando ni refuerzos” que canta una bella otrora casada con un paisano riberalteño. Conocí a Manuel Marzana cuando era cadete pensionista en el Colegio Militar en Irpavi y él era coronel, quizá todavía teniente coronel. Entonces chapurreábamos el idioma inglés de discos que intentaba enseñarnos el héroe de Boquerón, y prometíamos portarnos bien si nos contaba de la guerra. Años después supe de su ascenso a general, quizá póstumamente.
Tal vez los bolivianos somos afectos a sueños que no atenúa la ulexita del Salar de Uyuni, que dicen es remedio de tal deficiencia. La batalla inicial de la Guerra del Chaco recién culminó tres meses y muchos tuscales después en “Kilómetro Siete”, defendido por Bernardino Bilbao Rioja, cuyo último heroísmo sería la defensa de Villamontes, con casi todo el Chaco Boreal perdido. ¡Ah!, pero tuvimos un jerarca estreñido cantor de victoria antes de la gloria; un teutón de guerra de trincheras en Europa; un “general de retiradas”, repliegues, y varios otros de “corralitos”; un émulo de Daza en el Desierto de Camarones abrumado por la falta de agua a replegarse de Picuiba. Los dos últimos también llegaron a Presidente.
Quizá no seré tan longevo como los cuatro excombatientes de la Guerra del Chaco fotografiados en ocasión del 83º aniversario del cese de la contienda. A ellos les deseo sabiduría, salud y paciencia después de haber visto tanta vida. Sin embargo, me entristeció que en arenga de circunstancias, el ministro de Defensa persistiera en anti-historia deformada, al resaltar “la valiente actitud de las autoridades políticas de ese entonces, quienes dieron por finalizada la Guerra del Chaco para evitar más derramamiento de sangre de bolivianos y paraguayos”.
¡Pamplinas!, la contienda militar se perdió en todo indicador: muertos, prisioneros de guerra, territorio perdido. Bolivia estaba de espalda a las serranías cuando callaron las armas, pese a que hoy un demonizado minero, Patiño, financió hasta los biplanos; en uno se estrelló Rafael Pabón. Hoy se enmascara la derrota haciendo de esa guerra estúpida, como la llamaba Augusto Céspedes, una pulseta entre emporios petroleros extranjeros. Ya se sabe del mar de agua dulce en la profundidad del erial arenoso perdido; falta nomás que el adversario de 1932 descubra oro negro en área cercana a la frontera chaqueña occidental. Peor aún, en la batalla diplomática ni se insistió en una lengüeta de terreno apto para un puerto sobre el río Paraguay, debiendo conformarnos con la anegadiza Punta Man Césped.
Dirán que soy pesimista, pero es tiempo de afrontar derrotas imprevisoras. Enfrentar la ignorancia, la realidad geográfica, la situación poblacional y la diversidad medioambiental de nuestra amada Bolivia. Dejar de disfrazar las cosas haciendo un empate de lo que se perdió en cancha.
El autor es antropólogo
win1943@gmail.com
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