60 largos años
En el Temporal, era un sábado y eran las 10.30 de la mañana; recuerdo el día y la hora perfectamente bien, porque mi madre estaba haciendo la compra semanal en La Cancha.
Desde la puerta de mi casa se oyó un grito lastimero, salimos a ver que pasaba y, junto a otros vecinos, fuimos en dirección de la casa de donde salió el lastimero grito de auxilio.
En esa casa vivía una familia, padre, Mario, un minero de Uyuni, la madre de Oruro, Helena, su hija, también Helena, de unos 16 años y dos niños, Juancito de 6 y Víctor de 4. Eran relativamente nuevos en el barrio. Vivían de alquiler en la casa de doña Eulalia, quien a su vez se había ido a La Paz.
Esa familia, como todas las del barrio, venía a mi casa, a prestarse el teléfono, o a coger agua del pozo de nuestra puerta. Así que conocíamos casi a todo el vecindario.
Mi madre era profesora en la escuela Mariano Antezana,donde se educaban muchos de los niños y niñas del lugar. La profesora era muy amable con los estudiantes y todos le tenían mucho afecto el mismo que rebalsaba sobre nosotros.
Llegamos a la puerta y era Helena, gritando junto a sus hermanos.
-¡Mi mamá está muerta, la ha matado mi papá!
Más vecinos a la puerta, más llanto y entramos en el cuarto, sobre el suelo yacía el cuerpo de doña Helena. Un charco de sangre debajo el brazo. Las trenzas: una a medio hacer y la otra enroscada sobre el cuello.
Don Brito, había llamado a la Policía. Don Mario se había escapado.
Los chicos, todos muy curiosos, estábamos perplejos. Yo jamás había visto un cadáver, mucho menos el de una señora a quien conocía. Dieron agua a Helena y sacaron de la habitación a los otros niños.
Llegaron los policías. Eran tres, uno el jefe y dos ayudantes, los ayudantes miraban con asombro, como nosotros, lo acontecido. El jefe revisó unos papeles que estaban sobre la mesa. Cogió una tarjeta de la Caja Nacional de Seguridad Social. Leyó en voz alta, yo estaba a su lado, me miró con ojos de ¿tú eres su wawa?
Le dije que doña Helena era muy buena. El inspector revisó la cartilla y ¡zas!, descubrió lo que buscaba. Una cruz roja marcada al lado del nombre de Helena. Esto, me dijo, es la prueba de que es un asesinato. Yo sorprendido le dije don Mario le había disparado y estaba muerta. Me contestó con aire de gran inspector.
No, lo que vemos no es lo que es, aquí esta la prueba, No es homicidio. Es asesinato. Este asesinato no es el fin, es el final de una vida de abusos y maltratos que van, desde “eres tonta”, hasta “¡¡¡no me sirves bien!!!”
Me quedé con la historia en la cabeza, la muerta estaba muerta y el policía estaba haciendo un estudio serio que yo no entendía.
Helena se hizo cargo de las wawas, don Mario se desapareció.
Helena trabajaba en la casa de una vecina y todo andaba bien. Conoció a un taxista, un hombre muy bueno, Nos hacía pasear en su taxi.
Un día, después de tres o cuatro años. Helena apareció en nuestra puerta con sus hermanos, todos llorando, ella con una nariz sangrando. El pelo deshecho y la blusa rasgada.
Entra en mi casa, mi madre la recibe. Los niños calmados; ninguna pena se resiste a un trozo de pan con mantequilla y miel.
Media hora más tarde, golpes a la puerta de calle. Sale mi madre como una leona, abre la puerta y el taxista estaba ahí demandando que Helena volviera a su casa.
Mi madre dijo con firmeza que Helena no volverá nunca más con un maltratador. Se fue y Helena pudo volver a su casa. Una semana después el taxista estaba de vuelta, Helena ahora con un moretón en el pómulo izquierdo, se había caído, dizque.
Esto no es una novela, es una verdad.
¿No es tiempo de que avancemos más? Seguimos asesinando, seguimos justificando las muertes a titulo de homicidio.
La muerte de una mujer no es solo de ellas, es la muerte de una sociedad que cierra la puerta a sus gritos.
El autor es filósofo y sociólogo
Columnas de CARLOS F. TORANZOS





















