Los árboles de Cala Cala
Entre las añoranzas que atesoro de mi niñez, están los paseos que solía dar por la entonces campiña de Cala Cala. Recuerdo como si fuera ayer la frondosidad de los sauces que bordeaban el canal de riego de la Kollasuyo (hoy ciclovía), la variedad de molles, jacarandás, chillijchis, carnavalitos, que circundaban las calles del barrio, la humilde magnificencia de los arbustos silvestres que, en flor, siempre se encontraban repletos de abejas, mariposas, escarabajos coloridos. Y el canto de las aves que daba cuenta de la generosidad del entorno: chiwalos, tordos músicos, “cabecitas negras”, chingolos, sayubús. Así, –aunque pelinegra y chascosa– me sentía una afortunada Alicia que tenía el privilegio de traspasar un portal de asombro para el encuentro con las más esplendorosas e increíbles criaturas, bajo la serenidad de un paisaje manso.
¿Qué quedó de aquella Cala Cala tan laureada y cantada por los poetas y enamorados de la vida?
Demasiada miopía el creer que meter cemento, asfalto (y, últimamente, pasto sintético) hasta el occipucio es sinónimo de desarrollo. No sólo es miopía, también es tara, un trauma de una cultura política acomplejada que aborrece su origen indígena y todo lo que le recuerde esa heredad, por tanto el campo, la naturaleza, se trastocan como antítesis de la “civilización”.
Si a eso le sumamos una planificación urbana caótica y una gestión pública históricamente corrupta, viciada y a la que le vale un pepino el bien común mientras se llenen los bolsillos, el resultado es lo que actualmente padecemos: Cala Cala, junto con gran parte de Cochabamba, es un insolado paraje de mamotretos que proliferan como hongos, con ríos y vertientes convertidos en cloacas abiertas, con calles cada vez más peladas y calcinantes, con aire de humo y de heces. ¿A quién, en su sano juicio, le puede parecer esto “desarrollo”?
Lo acontecido con los árboles de la plazuela de Cala Cala es terrible metáfora de esta situación. La ciudad le entregó a la gestión municipal una plazuela con árboles. ¿Qué recibimos a cambio? Una millonaria obra “cosmética” que además es burda imitación de lo que no se debe hacer en otros países. Y ojalá solamente tuviéramos que lamentar el despilfarro de recursos públicos en millonarias “ocurrencias”. Hoy vemos que casi todos los árboles que adornaban la plazuela, “casualmente”, se secaron luego de la realización de la obra y tuvieron que ser retirados. ¡Se secaron en nuestras narices y a sabiendas de que ello podía suceder, porque la ciudadanía se cansó de advertir que tuvieran cuidado, que no dañaran los árboles, que aprendieran de la lección del desastre ambiental que implicó la refacción de la plaza 14 de Septiembre!
La soberbia autoritaria es característica de las gestiones públicas poco serias y menos institucionalizadas. La soberbia autoritaria es aquella que no escucha a ciudadanos que actúan en defensa propia, cansados de vivir en la mugre. La soberbia autoritaria es esa que no planifica y cree que la gestión pública se yergue a partir de caprichos y ocurrencias de coyunturales autoridades embriagadas por sus cinco minutos de poder. La soberbia autoritaria es aquella misma que concibe el tema ambiental cual la última de las prioridades, como una “formalidad” que se cumple con desgano y de peor manera.
¡Qué desgracia constatar que esa soberbia autoritaria se vislumbra por doquier y que, en eso, no hay mucha diferencia entre gobiernos de oficialismo y de oposición!
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















