Bolivia: economía “de exportación”
A tiempo de proponer estrategias de desarrollo de largo plazo, o incluso simples medidas económicas, es necesario tener en cuenta que la economía boliviana es uno de los casos más extremos de lo que se denomina economías de exportación.
Para entender lo que caracteriza a una economía de exportación vale presentar un ejemplo. Imaginemos una isla en medio del océano. Los isleños viven de forma muy simple. Algo de pesca artesanal, agricultura de subsistencia, y consiguen unas pocas divisas exportando cocos que recogen de las playas. De pronto, descubren un inmenso yacimiento de diamantes de enorme valor. Esa es una economía de exportación. La producción interna es incipiente, y la prosperidad de la isla depende de cómo se manejen los recursos por la exportación de un puñado de materias primas que se agotarán en unos años. El jefe de la isla percibe que tiene dos opciones extremas: “vivir la vida loca”, o “invertir en el capital humano”.
Vivir la vida loca es una opción muy sencilla y altamente popular. Con los recursos obtenidos de la exportación de los diamantes, se da empleo público a todos los adultos, y se les asignan elevados salarios. Los ingresos y el consumo crecen aceleradamente. Desaparece la pobreza. A medida que suben los ingresos y salarios, también suben los precios internos. El tipo de cambio se mantiene fijo e incluso se lo reduce, pues hay gran abundancia de divisas. La pesca es abandonada, y la producción agrícola desaparece, pues sale más barato importar peces y alimentos.
Al cabo de un par de décadas, el yacimiento de diamantes se agota. Los ingresos del Gobierno y la disponibilidad de divisas se desploman estrepitosamente. Se buscan créditos externos, se colocan bonos en el extranjero, pero más temprano que tarde los isleños deben enfrentar la dura realidad. Los ingresos del Gobierno no alcanzan para cubrir sus costos, y no se dispone de suficientes divisas para financiar las importaciones. Ni siquiera se cuenta con las antiguas actividades de pesca, agricultura y cosecha de cocos. Una crisis pavorosa. Nadie, ni siquiera un país, puede permanentemente consumir más de lo que produce. Al caer bruscamente los fuertes ingresos por la exportación de diamantes, los ingresos y el consumo interno disminuirán en igual medida. Los isleños culpan de la crisis al capitalismo, al FMI, a la mala suerte. Pocos perciben que la crisis es el resultado inevitable de haber rifado la bonanza en consumo insostenible.
Invertir en el capital humano es la segunda alternativa. El grueso de los recursos de la bonanza se utiliza para montar un sistema educativo universal del más alto nivel. Se arma también un servicio de salud moderno y gratuito. Toda la población tiene acceso a electricidad, agua potable, alcantarillado y otros servicios.
En unos años, la capacidad productiva de los isleños crece a los niveles más altos del planeta. Como sus salarios suben muy lentamente, resulta altamente rentable invertir en la isla. Eso atrae a inversionistas externos y nacionales. Surge una enorme flota pesquera, agricultura de elevada productividad, industrias de la más alta tecnología. Todas estas actividades inundan con sus productos los mercados internacionales por su amplia competitividad. La afluencia de capitales eleva en forma sostenida los salarios e ingresos de todos.
Cuando el yacimiento de diamantes se agota, casi nadie lo percibe, porque ahora la economía no necesita de esos recursos para continuar su crecimiento sostenible. Lamentablemente, esta alternativa es más complicada y menos popular, pues los resultados solo se perciben en el largo plazo.
Juzgue el lector, a cuál de estas dos opciones de política económica se asemeja más la política aplicada en Bolivia durante la bonanza de los años 2006 a 2014.
No vale llorar sobre la leche derramada. Ahora lo que toca es aplicar políticas económicas para mover el timón de la nación hacia el crecimiento sostenible que ofrece la opción de invertir en el capital humano. Lamentablemente, son políticas muy impopulares porque nadie está dispuesto a reducir su nivel de consumo. Ningún político se atreve a sugerirlas, pues significaría su muerte política instantánea.
El autor es doctor en economía y matemáticas
Columnas de WALTER GÓMEZ D’ANGELO




















