Falacias sobre el tipo de cambio en Bolivia
El tema del desequilibrio en el comercio exterior, su relación con el tipo de cambio oficial (TCO) y el consecuente drenaje de las reservas (RIN) es complejo, incluso, para los economistas porque envuelve a diversas variables económicas. No es sorprendente entonces que abunden interpretaciones erradas sobre estos temas, las cuales crean confusión en la opinión pública. Intentaré aclarar las tres falacias más difundidas, utilizando en lo posible un lenguaje al alcance del lector racional.
La primera falacia propone que: Dado que el desequilibrio externo se manifiesta simétricamente en el desbalance fiscal, bastará eliminar, o por lo menos reducir el desbalance fiscal para resolver el desequilibrio externo sin necesidad de modificar el TCO, es decir, sin una devaluación de nuestra moneda.
La segunda falacia afirma que: Una devaluación no reducirá el desequilibrio externo, porque no inducirá un aumento en nuestras exportaciones, ni resultará en producción nacional sustituyendo a importaciones.
La tercera falacia insiste en que: Como la desmedida inflación interna acumulada es la principal causa de los déficits externo y fiscal, sería absurdo devaluar, pues una devaluación resultaría en un impulso adicional a la inflación interna, la cual queremos evitar.
Para comprender mejor el engaño que esconden estas falacias, conviene repasar el proceso de gestación del desequilibrio externo. El año 2010, la economía boliviana se encontraba en una situación muy cercana al equilibrio en sus cuentas fiscal y externa.
Durante los siguientes tres años la economía experimentó una cuantiosa bonanza por un alza extraordinaria en los precios internacionales de nuestros principales productos de exportación. El superávit en el comercio externo permitió un rápido aumento en las RIN. Los ingresos públicos subieron por su estrecha dependencia con relación a las exportaciones de gas y de minerales. La abundancia de ingresos públicos permitió un incremento irresponsable de los gastos corrientes y de inversión, en una suerte de orgía populista. Administrar una bonanza es fácil y fortalece políticamente a cualquier Gobierno.
Lamentablemente, la bonanza desapareció bruscamente en 2014 y 2015 por la fuerte reducción en los precios internacionales del gas y de los minerales. Los ingresos del Gobierno cayeron, principalmente, por el menor valor de las exportaciones.
Entre 2013 y 2016, la cuenta corriente de la balanza de pagos se deterioró en 3.000 millones de dólares. Desaparecieron 5.000 millones de dólares de las RIN. El fuerte déficit público se manifestó simétricamente en un desbalance externo. Hasta ahí era cierto que el desbalance externo se pudo evitar reduciendo el déficit público.
Sin embargo, ya desde 2014, la necesidad de financiar el déficit público mediante crédito interno provocó un proceso inflacionario. En su afán de atenuar la presión inflacionaria, las autoridades decidieron mantener congelado el tipo de cambio nominal, a pesar de que la inflación interna superaba con creces a la inflación dólar de nuestros socios comerciales.
Es decir, en lugar de anclar la inflación interna a la inflación dólar de nuestros socios comerciales para poder mantener fijo el tipo de cambio, decidieron atenuar la inflación interna a costa de sobrevaluar el peso boliviano.
Mientras los salarios y otros gastos internos crecían aceleradamente para crear la impresión de que la economía boliviana estaba blindada a la crisis externa, los ingresos públicos ligados al comercio exterior decaían drásticamente. Con estas políticas populistas, se provocó desde entonces un severo desequilibrio externo que a su vez presionó sobre el déficit fiscal.
La tercera falacia cae por sí sola. La inflación interna en Bolivia se origina fundamentalmente en excesos de demanda generados por expansión monetaria para financiar déficits públicos. Si se utiliza el tipo de cambio congelado para retener la presión inflacionaria, al poner el tipo de cambio en su valor de equilibrio, la causa real de la inflación resultante será el déficit público no la devaluación.
Al presente, ya no es posible resolver los desbalances macroeconómicos actuando solamente sobre el déficit público. Es necesario además tomar medidas para resolver la fuerte sobrevaluación (de más de un 50% con relación a 2010).
Para corregir el déficit público sería necesario eliminar el subsidio a los carburantes, lo cual provocaría una catástrofe en las exportaciones, principalmente de productos agrícolas, a menos que se devalúe drásticamente el peso boliviano.
Una devaluación reduciría de inmediato nuestra demanda por artículos importados. Sería además un fuerte incentivo para ampliar nuestra producción de exportaciones y de productos que compitan con las importaciones. En este punto, es de fundamental importancia notar que para lograr que los productores ejecuten inversiones destinadas a ampliar su producción será importante convencerlos que en el futuro nunca más se permitirá sobrevaluar el boliviano para retener la inflación.
Será necesario, además, resolver las serias deficiencias del sistema judicial y tributario. Se debe tener presente que toda inversión es desalentada por la inseguridad en las reglas de juego y en el sistema jurídico imperante.
Columnas de WALTER GÓMEZ D’ANGELO


















