La crisis de todos los tiempos
Lamentablemente Bolivia es un país difícil, tiene una diversidad muy rica y lugares paradisíacos, pero es muy difícil, nuestra historia está llena de encuentros y desencuentros. Creo, sin temor a equivocarme, que cuando nacimos lo hicimos en crisis, nos hemos sostenido toda la vida en crisis, pero lo más espectacular es que nunca hemos llegado al final, quizás lo habremos tocado y siempre nos mantenemos cerca, pero nos reinventamos y encontramos la forma de saltar las piedras. Somos un país pobre, mas no miserable, aquí paso de todo y con todos, sufrimos muchísimo económicamente en muchas etapas y hasta nos predijeron que “Bolivia se nos muere”; y aquí estamos: excepcionales una y otra vez.
Empezamos un nuevo período con más sospechas que certidumbres y la paradoja viene desde la visión expresada en los primeros discursos de las nuevas autoridades, en el “asalto” a la función pública por los militantes triunfalistas y en los “encargos” del líder sometido a una soledad no aceptada. La mayor participación de los olvidados, de la sociedad en general y el reconocimiento a la soberanía popular –principal filosofía del partido gobernante– difieren con la postura confrontacional del ala dura, aquello hace daño no solo al partido político sino también a nosotros como sociedad que espera y abriga esperanzas para estar mejor, pero todos y no sólo unos cuantos. Si los movimientos sociales se convierten en una traba para el desarrollo del MAS, como estructura política, este está en riesgo de desnaturalizarse y eso puede desencadenar la decadencia.
La voz predominantemente rural en la organización partidaria ahora está acompañada de la de la clase media y de sus intelectuales, el actual mandatario es reflejo de ello a diferencia de su antecesor, un hombre con escasa formación intelectual y mucho pragmatismo sindical. En esta democracia moderna, la intelectualidad asume una posición más poderosa en la vida política y se espera que aquella capacidad ayude a destrabar los entuertos que hoy tenemos y los que se avecinan. Hans-Hermann Hoppe escribe, en sus Elites naturales, intelectuales y el Estado, que “en última instancia, el curso de la historia está determinado por ideas, ya sean verdaderas o falsas, y por hombres actuando sobre ellas y siendo inspirados por ideas verdaderas o falsas. Sólo mientras las ideas falsas gobiernen es inevitable una catástrofe”.
Antes del surgimiento de la clase intelectual como clase política, esta eran parte del mercado libre, dependiente del mundo privado y no del Estado, con una calidad de trabajo muy elevada, con libertad de pensamiento y posición ideológica establecida. Diferente de la actual que, por la construcción del nuevo sistema, está empleada con dependencia directa o indirecta del Estado. Esto no la hace mejor y es sabido que, usualmente, un funcionario público es un profesional o intelectual sin perspectivas en el mercado libre. Es una rareza encontrar funcionarios públicos de alto nivel y muy preparados para sus cargos, amén de aquellos que acceden solo por su afinidad política.
En el pasado mediato, gracias a la bonanza económica producto de los precios mundiales, el nivel central del Estado aumentó su tamaño y su influencia sobre la vida de los ciudadanos, aquello debió permitir garantizar el futuro de los bolivianos, no fue así y se despilfarro la mejor oportunidad de la historia. El descenso empezó hace cuatro años y se acentuó en el último, ayudado por un pésimo Gobierno de transición y por la pandemia. El Gobierno debe recortar el gasto público, reducir la deuda interna, disminuir la burocracia, olvidarse de la descomunal propaganda política, luchar contra la corrupción (especialmente interna) y definir su política con relación a las empresas estatales deficitarias, no es sostenible el exceso de gastos versus la falta de ingresos. Necesitamos inversión de nuevos capitales extranjeros, debemos capitalizar las empresas públicas y privadas y reducir la informalidad y el subempleo.
No es de gran ayuda el impuesto a la riqueza si solo representa el 0,03% del presupuesto del Estado y el 0,49% del déficit fiscal. Para entender esto y encontrarle solución deben servir los colaboradores, los intelectuales. Para eso y mucho más, lo contrario es continuar en la ruta de la crisis a la que nos acomodamos cada vez mejor.
El autor es politólogo
Columnas de FERNANDO BERRÍOS AYALA
















