El infiltrado
Charles F. Dickson llegó luego de un largo viaje que empezó en Washington. Viajó en clase turista para no despertar sospechas sobre el trabajo que haría en Bolivia. Era un atleta forrado elegantemente en un casimir inglés que compró por 12,85 dólares en una liquidación en la sucursal de ropa usada, en Virginia.
Una vez aterrizado su avión, con paso firme y decidido transitó por la manga hasta llegar a la terminal aérea. Repentinamente la vista se nublo y cayó pesadamente
—¡Shit I’m dying! —dijo (mierda, me muero en castellano).
—Sorojchi —escuchó como respuesta.
—¿What? —preguntó.
—Welcome mistercito, llegó a El Alto —le respondieron.
El eficiente Dickson no pudo, y no bien llegó a El Alto, la altura lo hizo fleco y le enchufaron un balón de oxígeno, “pa que el jobero no se muera” comentó alguien.
Su misión era saber quién había sido el verdadero autor del silletazo y establecer por qué el agredido no denunció que la agresión no era culpa de imperialismo yanky” como era su costumbre. No, la afrenta era interna. Era entre hermanitos que disputaban peras y pegas.
Para reconstruir el hecho, Dickson traía consigo un sofisticado equipo para conocer antecedentes de los asistentes a la asamblea política y poder ver las imágenes del hecho en pausas fotográficas que dieran con el verdadero autor, y conocer perfiles tan importantes como su nombre, edad, estado civil, peso, talla y de qué equipo era hincha.
No tuvo acceso al lugar de los hechos y tampoco a las grabaciones de cámaras ni asistentes, pese a que se camufló con poncho y chullu. Se notaba, pese al barbijo que decía I love CIA, sus ojos verdes y su barba pelirroja. Hablaba perfectamente el castellano, con la particularidad de tener acento colla en el Occidente y camba en el Oriente.
Lo único que pudo hacer es acudir a un prestigioso yatiri computarizado a base de hoja de coca destilada entre sus maxilares. Esa valiosa conexión le permitió al agente OO19 informar a la Casa Blanca que la agresión al expresidente fue un atentado de la derecha boliviana, porque “la silla salió disparada del ala derecha de la sala, suficiente prueba para culpar, perseguir y enjuiciar a los intelectuales de la oposición reaccionaria”.
Charles F. Dickson no pudo terminar su misión, porque le dio Covid19 y ahora permanece aislado en el Chapare, en compañía de una enfermera que además de ser bilingüe, es cariñosa y hace Tik Tok khala.
El autor es humorista
Columnas de ADOLFO MIER RIVAS


















