Los rostros del populismo

Columna
Publicado el 12/01/2021

No siempre cuando pronunciamos un mismo significante aludimos a un similar significado. Sucede con uno de los más usados: populismo. Por lo general lo aplicamos en tres sentidos. Primero, el menos importante –y, como tal, lo descartamos de inmediato–: como descalificación de un movimiento, partido o persona. Segundo, como sustantivo concreto, vale decir, como una cosa en sí, perfectamente medible, descriptible, explicable. Tercero, como un significante difuso, elusivo y difícil de sustancializar.

Ahora bien, lean: aunque aparezca escandaloso, parece que la tercera interpretación es la más exacta. ¿Cómo puede ser más exacta una noción que apela a la difusión, a la elusividad y a la mutabilidad de un hecho? –preguntarán algunos. Mi respuesta solo puede ser la siguiente: el populismo no es un “objeto-cosa” sino un “objeto-idea” y eso significa, antes que nada, que es un sustantivo abstracto cuya concreción puede ser múltiple, dependiendo del material que utilizamos como objeto de análisis.

Para usar ejemplos, los objetos de análisis privilegiados por los estudiosos del fenómeno populista han sido dos: el populismo latinoamericano, desde el matrimonio Perón y Getulio Vargas en los años 40, hasta llegar a Chávez y Evo Morales en los 80, y el emergente populismo–nacionalista europeo que irrumpe como respuesta a las masivas migraciones, sobre todo a las provenientes de países islámicos. Autores que han analizado estos fenómenos suman cientos. No obstante, haciendo una selección extrema entre quienes han ofrecido “modelos” paradigmáticos, destacan dos: Ernesto Laclau, desde fines del siglo pasado y Yasha Mounk, en nuestros días. Para ambos autores, Laclau y Mounk, el concepto de populismo tiene un carácter libre de valoraciones morales y moralistas. Y esto es importante.

Para Laclau el populismo es un fenómeno que se define por la acción política del pueblo, entendido como un conjunto articulado por intereses diferentes y contradictorios entre sí. De este modo, una estrategia política con vocación de victoria, no puede, según Laclau, prescindir de su participación en un movimiento populista. Fue el caso del movimiento obrero argentino cuando al sumirse en la marea peronista obtuvo conquistas sociales imposibles de lograr si hubiera actuado, no como parte del pueblo, sino solo como “clase” (Hegemonía y estrategia socialista, 1987)

De acuerdo a la neutralidad del concepto, aplicada por Laclau, puede haber populismos fascistas, democráticos, religiosos, dependiendo eso de la relación hegemónica que se constituye al interior del movimiento. Por esa misma razón, las demandas e intereses del movimiento forman cadenas de equivalencias que asumen formas difusas pero muy simbólicas de liderazgo y, por lo mismo, desde el punto de vista ideológico, muy incoherentes (La razón populista, 2005). La relación entre representación y representados, o lo que es parecido, entre significante y significado, aparece entonces como una relación necesariamente dislocada, desprovista de toda racionalidad previamente adjudicada.

Mounk (El pueblo contra la democracia), a diferencia de Laclau, sin desconocer las posibilidades de ampliación del término, enfoca su análisis solo sobre un tipo de populismo: el que se da en el periodo de transición entre una sociedad monoétnica y una multiétnica, aparecida esta última como consecuencia de uno de los fenómenos históricos que, al parecer, incidirá en la configuración de la historia del siglo XXl: un periodo probablemente largo donde tendrá lugar el fin del concepto tradicional de la nación política. En tal sentido, una de las formaciones hegemónicas de nuestro tiempo derivaría de una fusión muy peligrosa entre nacionalismo y populismo cuyos antecedentes históricos fueron, sin duda, los fascismos del siglo XX.

Sin citar a Laclau, Mounk reconoce que los movimientos populistas pueden portar demandas democráticas, pero –y ahí está el nudo de su argumentación– iliberales (ni democracias plenas ni dictaduras convencionales N. del E.). Sin proponérselo tal vez, concuerda con Laclau en que no todo lo que es liberal es democrático, ni todo lo que es democrático es liberal. La diferencia es que Laclau, siguiendo una tradición latinoamericana –sobredeterminante en sus escritos– toma partido por la democracia directa en contra del liberalismo político (en ese punto sigue a Carl Schmitt) y Mounk, de acuerdo a su tradición europea, levanta como bandera de lucha la defensa de los derechos liberales en contra del “democratismo” pregonado por determinados líderes y organizaciones populistas. En ese punto, Mounk avanzó hacia donde no llegó Laclau.

Mientras Laclau permaneció atrapado en sus análisis del populismo como movimiento, Mounk analiza al populismo como gobierno e, incluso, como forma de Estado. En ese punto llega a una conclusión ya esbozada en su tiempo por Hannah Arendt: las demandas de los movimientos de masas políticamente organizadas suelen terminar con la instalación de dictaduras. O, como dijo en el capítulo 10 de los Orígenes del totalitarismo: “La dominación total no es posible sin movimientos de masa y sin la, por ella misma, aterrorizada masa”. El populismo, visto así, se materializa en el Estado populista cuya dominación tiende a ser total.

Arendt, claro está, no utiliza el concepto de populismo. No obstante, su alusión a los movimientos de masas que surgen de la “desintegración de la sociedad de clases” es compatible con lo que los autores aquí mencionados entienden por populismo. De ahí que, si dejamos de lado el nombre bautismal, podríamos concluir en que Arendt proporciona herramientas para analizar el populismo contemporáneo llevándonos a deducciones diferentes de las que llegaron Laclau y Munk.

Veamos: a diferencia de Laclau y Mounk, que parten de la existencia autónoma del hecho político, Arendt enlaza este hecho con un fenómeno social: la desintegración de la sociedad de clases. Así, las masas (populistas según categorías actuales) aparecen sobre el vacío político que deja detrás de sí la desintegración social. Dicha óptica permite contrarrestar la visión optimista de Laclau quien vio en la inserción de la clase obrera argentina en el marco populista una expresión consciente de una conciencia de clase. Arendt, en cambio, siguiendo las huellas de los movimientos fascistas y comunistas, advirtió la masificación del movimiento obrero cuando, inserto en un conjunto social amorfo, acusa los síntomas de su contorno, para transformarse en un ingrediente más de la masa y, por lo mismo, “amasable” por un gobierno autoritario o dictatorial.

El destino de las organizaciones obreras bajo gobiernos comunistas y fascistas habla más favor de la tesis de Arendt que de la de Laclau. También en contra de algunas tesis de Mounk, para quien el conflicto fundamental tiene lugar en una esfera ideológica, a saber: la contradicción entre democracia liberal y democracia iliberal que levantan los populismos modernos.

Arendt habría estado de acuerdo con Mounk en que el pueblo no es democrático por naturaleza y que, para serlo, precisa de instituciones democráticas, principal blanco de todos los populismos, habidos y por haber. Mounk, tal vez sin proponérselo, más cerca de Arendt que de Laclau, enfoca el populismo en sus dos formas: como movimiento y como gobierno. Pero Laclau a su vez, está más cerca de Arendt que de Mounk cuando ve en el populismo la articulación de demandas diversas, a veces disociadas entre sí.

En la práctica, todos los movimientos populistas han sido pluritemáticos. Incluso los movimientos populistas actuales analizados por Mounk, quien los define como nacionalistas e iliberales, han ido incorporando nuevas temáticas en el curso de su desarrollo. El mismo Mounk lo constata: en un comienzo antidemocráticos, tales movimientos han llegado a representar un democratismo radical, anti-institucional y antiliberal (Le Pen-hija en contra de Le Pen-padre en Francia, es un buen ejemplo) dando origen a submovimientos que dependen de una sola cabeza.

Hoy, por ejemplo, en medio de la pandemia, vemos a militantes organizados manifestando, haciendo alarde de un democratismo extremo, en contra de las medidas restrictivas aplicadas por los diversos gobiernos europeos. En Alemania, por ejemplo, mientras un submovimiento de AfD (Alternative für Deutchland) llamado Pegida hace manifestaciones en contra de los emigrantes, otro submovimiento llamado los Querdenkers (algo así como “pensadores transversales”) agita a favor de una liberación de “la dictadura de los virólogos” encabezada por Angela Merkel.

Según Mounk –a quien deberemos analizar con más intensidad en próximas ocasiones– el populista más completo de nuestro tiempo es, sin duda, Donald Trump.

El trumpismo es pluritemático y como el antiguo fascismo europeo, roba de todas partes. A los conservadores robó los emblemas de la familia, del orden público, del antiaborto, del derecho a la defensa armada. A los izquierdistas robó la idea de la “democracia de base”, del antiestablishment (antisistema), de la lucha en contra de las elites y del Estado. A los liberales robó el liberalismo económico, llevándolo a sus extremos más salvajes. E incluso a los anarquistas, robó la idea de la lucha en contra de las instituciones a las que el mismo Trump se ha encargado de desprestigiar durante el periodo postelectoral. Y todo eso articulado con un nacionalismo extremo que convierte en enemigo externo a competidores como China y en enemigo interno a los emigrantes latinos.

El gobierno de Trump ha terminado. El trumpismo como movimiento, no. Si asumimos esa posibilidad, el asalto al Capitolio perpetrado el 6 de enero por el populacho trumpista puede que no lleve al fin del carisma del populismo trumpista. Es de temer incluso que sea solo su comienzo. El trumpismo posTrump podría llegar así a convertirse –precisamente porque ya no es gobierno– en el populismo matriz de nuestra era.

Vivimos tiempos interesantes y, por lo mismo, peligrosos. De eso no cabe duda.

 

El autor es filósofo, polisfmires.blogspot.com

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