Hay monstruo para rato
En Bolivia flota una pregunta que atenaza la garganta de quienes se atreven formularla, y es: ¿Cuándo acabará tanto odio? Es un odio perpetrado contra la Madre Tierra. Odio disfrazado con decretos que permiten incendios y desmontes. Y no sólo eso, sino que es un odio que dice castigar a los incendiarios que comenten los delitos una y otra vez, y no los castiga nunca.
Cochabamba y la región oriental de Bolivia sufren cada año con los incendios. Y siempre es la misma historia. Los gobernadores brillan por su ausencia, no hay plan de contingencia y los parques naturales luego de ser quemados serán terrenos para la construcción de casas, o para el cultivo de coca.
Hasta ahí nada nuevo. Pero es un síntoma de algo peor. Es como cuando se pregunta a los vulcanólogos cuándo entrará en erupción un volcán. No hay una respuesta cierta.
Hasta hace poco estos expertos y los habitantes de La Palma, islas Canarias, creyeron que luego de la erupción del volcán éste entraría a una fase estable; sin embargo sigue comportándose de forma impredecible, arrasando con todo a su paso.
¿Y cuánto va a durar la pesadilla? Nadie lo sabe. Lo mismo pasa con el odio. Hay monstruo para rato. Quemar las tierras es el símbolo de un neofascismo instalado en Bolivia.
Se acabó la corrección política. Desde hace 15 años este país vive bajo el lema de “metele no más”. Gracias a éste han salido a la luz los deseos más reprimidos, los odios inconscientes, el descrédito por el conocimiento; el racismo, la xenofobia, la denigración por lo femenino y la posverdad. Así cualquiera, redes sociales de por medio, puede convencer, revolcar y engrandecer los deseos más oscuros que anidan, y fácilmente salen a la superficie.
Se ha destruido la institucionalidad. Los sistemas de justicia sirven al partido gobernante de turno. Se acabaron los que eran considerados valores nacionales, y el incendio del Parque Tunari o de la Chiquitanía se han vuelto la historia permanente.
Lo peor sucede cuando los pirómanos perversos son atrapados y puestos a disposición de la justicia porque el bien y el mal son interpretados caprichosamente y más bien quien hizo la denuncia sobre los fuegos encendidos intencionalmente es amenazado de muerte, y calificado como opositor. Además, una larga lista de asambleístas departamentales, simpatizantes del partido oficialista y seguidores hacen la vista a un lado, se esconden.
Como dice Gustavo Dessal, “el neofascismo se define por su capacidad para instalar una lógica totalitaria en el interior de la democracia, y (…) conserva el poder de hacernos creer que estamos protegidos”.
Por tanto, hay monstruo para rato.
La autora es periodista
Columnas de MÓNICA BRIANÇON MESSINGER


















