Aliados de EEUU, otra vez
Muchas idas y venidas ha tenido las relación de Bolivia con Estados Unidos antes de llegar a esta tan apasionante luna de miel.
En los tres meses del gobierno de Rodrigo Paz han llegado a Bolivia casi una decena de enviados de Washington, como nunca se había dado en el pasado.
En estos días hay cuatro altos funcionarios especialistas en temas agrícolas, que ayudan a los funcionarios bolivianos, tratando de evitar a los masistas.
La demostración más apasionante del afecto de Bolivia hacia la potencia fue también económica, en los años de la Segunda Guerra Mundial.
El bloqueo asiático impedía el acceso de la potencia al estaño de esa región, por lo que la entrega total de Bolivia incluyó mucho, pero mucho estaño, a precios regalados.
Muchas de las armas que usó la potencia en Europa contra el eje contenían el estaño boliviano, además de la hoja de lata de sus conservas.
Y todo bajo el control del “stock pile”, que acumulaba el metal del diablo, del diablo de las minas, de los socavones.
Unos años antes, en 1936, David Toro había nacionalizado la Standard Oil of New Jersey, la primera en América latina, para crear YPFB. La empresa se había negado a dotar de combustible a los (dos) aviones que tenía Bolivia en la guerra del Chaco.
El imperio ofreció, en 1942, un plan de ayuda a la economía boliviana, para reducir su dependencia en la minería, a cargo de Merwin Bohan, que impulsó la industria del azúcar, la PIL y la carretera Cochabamba-Santa Cruz.
Ya en 1967 el imperio ayudó a Bolivia a librarse de la guerrilla del Che y lo hace con la inestimable participación de la CIA, además de los expertos Rangers que entrenaron a los militares del comando de Santa Cruz.
Luego vino una ruptura, cuando el Gobierno de Alfredo Ovando nacionaliza la Gulf Oil Company, lo que obliga al Estado boliviano a pagar 55 millones de dólares de indemnización.
Con el nuevo siglo llega el pedófilo que, en 2008, expulsa al embajador Phillip Goldberg y pone las relaciones con la potencia en su peor momento, algo que es recompuesto en los pocos meses del Gobierno de Jeanine Áñez, para volver luego al hielo con el socialista Luis Arce.
Y así llega Rodrigo Paz, al que el imperio aprecia tanto como a Delcy Rodríguez, y quiere invitarlo a la reunión de gobernantes de países "aliados" en los próximos días, reunión a la que, si Dios quiere, podría asistir también el Delcy cubano, un tal Alejandro Castro, nieto del extinto dictador de nombre Fidel.
El autor es periodista
Columnas de HUMBERTO VACAFLOR GANAM
















