Copacabana
En estos días se está hablando mucho del turismo, aun en círculos ajenos a esa actividad, eso está bien, porque es un rubro que puede generar no solo recursos sino inclusive empleo en el país.
Además, es en general una actividad bella, que puede tener contentos a casi todos los involucrados en ella, atender turistas, ser una especie de anfitrión de los mismos, mostrar tu país como si fuera tu casa, es una de las partes más bellas del periplo de mi vida, (algo que dicho sea de paso jamás consideré una profesión o siquiera un trabajo, sino ante todo un hobby con réditos).
Creer que Bolivia puede vivir del turismo es una gran ingenuidad, y proclamarlo, es una enorme irresponsabilidad, pero, insisto, es una buena actividad, y hay que mejorarla, y con el nuevo Gobierno, creo que estamos en buen camino, las nuevas autoridades del rubro entienden mucho más que las que estuvieron antes, y esa es una de las bases para poder implementar mejoras.
Pero hoy quiero concentrarme en una visión de a pie, de cómo es ingresar a nuestro país desde el punto más cercano al mayor atractivo turístico de los andes, vale decir Machu Picchu.
Machu Picchu es el gran imán que atrae a más de un millón de turistas extranjeros al año, y un importante porcentaje de estos se pasa a Puno, y de ese porcentaje uno no despreciable pasa a Bolivia, a veces por 48 horas, otras por un período más largo. Kasani, a pocos kilómetros de Copacabana es el punto fronterizo boliviano más cercano a Machu Picchu, y es el más turístico, en otro momento me dedicaré al Desaguadero.
Empecemos, los coches con turistas llegan al lado peruano y deben hacer migración, a unos 300 metros de distancia de la verdadera frontera, allí también quedan los coches y se debe llevar las maletas a pie, desde ahí hasta el punto donde están estacionados los coches bolivianos, a veces a unos 200 metros a veces más de la frontera.
El problema es que el hito está en una altura, y para llegar a Bolivia se debe subir una cuesta, hay una solución para no trepar acarreando las maletas, se puede contratar un triciclo, que en el caso de tratarse de un grupo se atiborra de maletas, y he ahí el primer espectáculo, a veces mujeres muy jóvenes, (niñas como llaman a las mujeres menores de 18 años) jalando y empujando esos carros, poniendo en evidencia todas las injusticias sociales que nos adornan, es turismo honesto, se podría decir.
Usted dirá estimado lector, que ese es problema del Perú, si y no, pasa en el Perú, pero esa es una preocupación bilateral, y afecta a quien visita Bolivia, no a quien visita el Perú.
Una vez en tierra boliviana, hay una tranca, siempre cerrada, donde se deja el equipaje y debe hacerse una suerte de trasbordo, mientras los turistas pueden pasar incómodamente por un rinconcito abierto a un lado del camino, y deben encaminarse a las oficinas de Migración.
Para llegar a esas oficinas deben bajar unas gradas que están en tan mal estado que son un peligro real para quien las use, y no hay excusa para que estén así, con muy poco dinero se las puede reparar, pero no hay la voluntad de hacerlo. En realidad, el Ministerio de Gobierno debería ser enjuiciado por someter a las personas a un peligro de esa naturaleza.
Una vez cumplidas las formalidades el turista parte hacia Copacabana, los 10 kilómetros que separan la frontera del Santuario son un viaje por una carretera que parece estar ahí para recordar a los viajeros que mientras ellos disfrutan de un viaje, hay en el mundo terribles guerras, la carretera parece bombardeada, los huecos se suceden en forma constante, es una vergüenza, y pasa por la inútil y nueva, (por no utilizada) pista de aterrizaje asfaltada por el irracional Gobierno anterior.
La ubicación de Copacabana es fantástica, es un paisaje idílico, y la iglesia de Copacabana es muy bella, y está en buen estado a pesar de haber sido restaurada sin criterio profesional, y parcialmente arruinada.
El pueblo ha crecido en forma desordenada, y tiene una serie de deficiencias, sin embargo, está todavía a tiempo de salvarse. La playa es bella, pero está muy mal tratada. Hay demasiados muelles, demasiados puestos de comida que no pueden ofrecer comida verdaderamente recomendable, serios problemas de higiene. Hay quienes odian Copacabana, a pesar de la virgencita, y publicaciones turísticas internacionales que recomiendan evitarla.
Y, sin embargo, Copacabana puede salvarse, tiene material muy bueno, y tiene una ubicación extraordinaria, tiene además algo que casi ningún otro lugar turístico de Bolivia tiene, vale decir un verdadero flujo de turistas tanto nacionales como extranjeros.
Un desafío interesante e importante sería rescatar Copacabana, eso no se hace solo con políticas, sino con una inversión seria y sostenida. Pero implementando también normas elementales para mejorar la experiencia de los turistas al lugar, como por ejemplo dejar fotografiar el espléndido altar mayor de la iglesia, algo que no cuesta nada, y que sirve de propaganda gratuita.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ



















