Gustavo Fernández
Gonzalo Lema (GL): La gente, en el mundo entero, se pregunta qué importancia tiene su propio país para los Estados Unidos de América. Esa obsesión indica, por el contrario, la importancia que tiene “el imperio” en el mundo entero. ¿Es posible “dormir en paz” después de haber expulsado a su embajador de Bolivia? ¿De qué deberíamos preocuparnos a partir de ese momento? ¿O ahora sí que estamos bien?
Gustavo Fernández (GF): Recordemos primero, Gonzalo, que ningún país latinoamericano es una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, como lo fue Cuba, cuando los soviéticos instalaron una base operativa de misiles en la isla. Además, la atención del “imperio” está ahora concentrada en Iraq, Afganistán, Palestina - Israel, en la imprevisible revolución en los países árabes y en asegurar el flujo de petróleo del medio oriente. De otro lado, los lazos económicos de Bolivia con Estados Unidos ya no son significativos. Esa potencia no tiene inversiones importantes que proteger en el país y Bolivia salió del circuito norte del narcotráfico, a principios de los noventa en el siglo pasado. El incremento de precios de las materias primas mejoró sustantivamente los ingresos por exportaciones y las reservas del Banco Central y, en consecuencia, el país ya no depende de donaciones internacionales o de los flujos de recursos condicionados del FMI o del BID. Al mismo tiempo, creció significativamente la relación económica y política de Bolivia con Brasil. Las exportaciones de gas y los flujos de narcotráfico ahora se orientan principalmente a ese mercado. La expansión de la frontera agrícola soyera está estrechamente vinculada a la inversión brasilera y al desarrollo tecnológico de ese país. Es decir, cambió la dirección de nuestro relacionamiento externo. Nos sudamericanizamos o, si prefieres, para ponerlo más claro, nos brasilerizamos. En dos palabras, Estados Unidos no tiene intereses específicos en Bolivia, ni económicos ni de seguridad y se ha reducido la dependencia de la cooperación financiera de organismos controlados por Estados Unidos. Bolivia no es una amenaza para esa potencia. Esas razones explican por qué se puede expulsar al Embajador de Estados Unidos sin esperar represalias inmediatas. La relación costo-beneficio de una intervención militar norteamericana en Bolivia sería muy alta y el ejercicio no vale la pena. Pero, eso no nos hace inmunes a la acción del imperio si decide actuar. Tiene muchas otras formas de hacer sentir su malestar. Pero, claramente, ha decidido actuar con paciencia, como lo demuestra el hecho de que sus expresiones sobre Venezuela y Nicaragua son mucho más duras que las que utiliza sobre Bolivia. En una ocasión, en Nicaragua, Tom Shannon me dijo que Estados Unidos podía espera r, que el proceso de inclusión social era inevitable y necesario y que no quería hacer nada que ofendiera a los bolivianos. Por cierto, otra cosa es con Brasil. Bolivia está en su zona de interés nacional y de influencia. Declarar persona non grata a un representante diplomático de ese país probablemente tendría consecuencias.
GL: Nosotros hemos crecido en un mundo políticamente bipolar (EEUU-URSS) que luego devino en unipolar (USA). Sin embargo, las noticias dan cuenta de la formación de varios “polos” a propósito de diferentes temas: petróleo, desarrollo nuclear, ideología, comercio, etcétera. Nuestro presidente viaja a los países árabes, africanos, americanos… ¿Es posible deducir un interés suyo de formar parte de alguno de esos polos? Y, si es así, ¿mejor si es un polo manifiestamente anti-imperio?
GF: Unas palabras sobre la configuración del sistema internacional nos ayudarán a poner las cosas en perspectiva, Gonzalo. El sistema internacional es unipolar en términos militare s. Estados Unidos representa cerca de la mitad (el 42%, para ser más precisos) del gasto militar mundial. Es decir, la suma de todas las otras potencias, amigas y competidoras, apenas alcanza para igualar su gasto, lo cual no quiere decir nada en términos tecnológicos, terreno en el que nadie discute la hegemonía de los gringos. Pero, como lo comprobaron la invasión soviética en Afganistán y la americana en Irak, el poder militar no es, por sí, suficiente. Estados Unidos puede ganar todas las guerras y, aun así, le resultará difícil imponer su voluntad. En cambio, en el plano económico, el mundo es crecientemente multipolar. Los poderes tradicionales –Estados Unidos, Japón, Unión Europea— ya no pueden administrar solos el mundo. Por eso se creó el G-20, para incluir a las potencias emergentes en el proceso de concertación económica global (los BRICS), entre las cuales China es la nueva estrella. Es el segundo PIB del mundo. Pero todavía está lejos de Estados Unidos. 7.973 mil millones de dólares de PIB f rente a 14.260. A propósito, el PIB de América del Sur se encuentra en el orden de los 400 mil millones de dólares. Agreguemos otro dato que marcará el siglo XXI. Es el desplazamiento progresivo del eje de poder económico mundial, del Atlántico al Pacífico. Estados Unidos seguirá siendo actor protagónico, en el plano económico, pero compartirá la cabecera de la mesa con China, que desplazará de ese lugar a Europa. Por cierto, Bolivia no es un actor global. No es Venezuela, fundadora de la OPEP, con antiguos lazos con países del medio oriente. Tampoco es Brasil, potencia de proyección mundial, de raíz africana y vínculos económicos y comerciales importantes con China. Los viajes presidenciales al medio oriente y África no tienen explicación económica o política sustantiva. Ni traen consecuencias. El país no tiene intereses que proyectar ni recursos que captar en esas regiones. El espacio del relacionamiento económico y político de Bolivia en el siglo XXI será el Brasil y América Latina. Bolivia es la frontera más larga de la potencia emergente regional. Está en su zona de influencia directa. Y hay que registrar y repetir este dato, para no olvidarlo.
GL: Europa Occidental manifestó su agrado ante la presidencia de Evo Morales Ayma y se afanó en recibirlo con todos los honores. Al cabo de algunos años, ¿cómo ha evolucionado la relación de esos países con el nuestro? ¿Estamos más cerca que antes de Eu ropa a propósito de algunos temas?
GF: La historia de Bolivia y América Latina está estrechamente ligada a Europa. Mal que nos pese, lleva m o s en los genes del mestizaje, la historia y la cultura de los conquistadores, para algunos como culpa, para otros como motivo de orgullo. Hasta hace relativamente poco, en el proceso de democratización de los años ochenta y en la conclusión de las guerras civiles centroamericanas, Europa jugó un papel relevante, del lado de los buenos. Equilibró el peso del “imperio”. Pero los caminos se bifurcan. Europa está con las manos llenas en el proceso interminable de construcción de una identidad europea. Y sus angustias principales se concentran en el choque de civilizaciones, en la frontera de los mundos cristiano y musulmán, en su dependencia petrolera y en la relación con sus viejas colonias africanas. En cambio, China es ahora el principal socio comercial de Brasil, Chile y va en camino de serlo de Perú, Colombia, Venezuela y Argentina. Y en la medida en que aumenta la distancia económica, comercial y tecnológica con Europa, se diluyen antiguas afinidades y se pierden afectos políticos. Es la crónica de una separación anunciada. Tengo la impresión que la simpatía con la que la opinión pública europea recibió a Evo Morales, se ha ido perdiendo poco a poco, en la medida en que la llegada del presidente indígena dejaba de ser novedad e iba tomando cuerpo la imagen de un régimen nacionalista y contestatario que confrontaba a sus intereses económicos, a sus inversiones y a sus valores culturales y políticos.Pero, en todo caso, eso no significa mucho, ni para bien ni para mal. Como traté de decirte antes, Europa está cada vez más lejos.
GL: En nuestro subcontinente se advertía, hasta hace algún tiempo, una aproximación de los países vecinos hacia nos o t ros por la importancia del gas, pero en estos días no se podría afirmar lo mismo. Chile no altera ni modifica su posición respecto a nosotros. El Perú nos mira con distancia porque alguna torpeza hubo hacia ellos de parte nuestra. El Brasil actual no nos manifiesta el mismo cariño de Lula. El Paraguay prefirió respetar sus leyes antes que complacer a nuestro gobierno en el caso Mario Cossío. La Argentina, quizás, es el país que mantiene una cercanía desde hace algunos años. ¿Para Bolivia no sería mejor jugar un rol esencial en esta área antes que buscar pertenecer a algún polo con países de otros continentes y otras culturas, inclusive de otra civilización? ¿No podríamos nuclear a nuestros vecinos por el gas, el agua, el tránsito del comercio y cobrar una verdadera significación? Después de todo, estamos en el centro mismo de Sur América…
GF: Es una pregunta de muchas respuestas Gonzalo. Comencemos por destacar dos activos bolivianos. El primero es su emplazamiento geográfico. El segundo, el gas, como bien subrayas. El emplazamiento geográfico de Bolivia es su principal activo geopolítico. En el centro del continente, en la línea divisoria de las aguas, Bolivia fue el espacio interior vacío de América del Sur, en la mitad de ninguna parte. La alejaban del Pacífico la Cordillera de los Andes y del Atlántico la foresta húmeda del Amazonas y los desiertos del Chaco. Al promediar el siglo XX, los países vecinos, que se desarrollaron al borde del mar, descubrieron su espacio interior y, en ese proceso, se encontraron con Bolivia. Esta afirmación es particularmente válida para el Brasil que, luego de la fundación de Brasilia, desarrolló uno de los polos agrícolas más importantes del mundo en el centro- oeste, en Goias y Campo Grande, en la proximidad de Bolivia. En una escala distinta y con medios diferentes, volvió a cobrar fuerza entonces la marcha de las bandeiras hacia el Alto Perú y el Pacífico. Por ese camino, Brasil podría alcanzar la visión imperial de un Estado continental, con acceso a dos mares, en el plano económico, ya que no territorial. Y, del otro lado, desde el Perú y Chile, tomó impulso la urgencia de llegar al gran mercado brasilero del futuro. A la luz de esas tendencias, querido Gonzalo, la ubicación espacial de Bolivia toma otro carácter, mucho más interesante. En los cincuentas, Luis Fernando Guachalla habló de Bolivia como punto de encuentro. Ahora puede ser más que eso. El eslabón que una, el puente entre las cuencas del Amazonas, del Plata y del Pacifico. Pero eso exige que Bolivia defina sus propias prioridades y, en la medida de sus posibilidades, influya en la agenda y en la orientación de la integración regional. Para eso, tiene que afirmar su gravitación en el Pacífico y ser capaz de mantener su identidad en el inevitable encuentro con la gran potencia brasilera. Bolivia no debe ser, solamente, el territorio en el que otros se encuentren, punto de tránsito, pascana en el camino. Esos son, si tú quieres, la visión larga, la vocación geopolítica y los desafíos del país en este siglo. Siempre queda la posibilidad, que hay que resistir, de retornar a la visión tradicional del uku runa, replegado sobre sí mismo, desconfiado y temeroso de los vecinos, inseguro de sus propias fuerzas. Ahora mismo, Bolivia está distanciada del Perú y Paraguay y confrontada con Chile y Colombia. Argentina nos mira otra vez como a los cabecitas negras cuya conducta no logra descifrar. Y el propio Brasil tiene dudas sobre lo que efectivamente puede hacer con este pequeño país que apenas distingue, lejos, tras la bruma de las montañas, por el que tiene simpatía, pero que apenas entiende. Estos son los países que verdaderamente nos interesan. De lo que hagan, de la manera cómo nos relacionemos con ellos, depende en buena medida lo que podamos ser. No estoy contra de la amistad con Venezuela, aliado tradicional de Bolivia, desde Bolívar y Sucre, padres de la patria. No importa que su presidente sea Chávez o Carlos Andrés Pérez. Pe ro de allí a convertir la relación con Irán y Nicaragua (e inclusive con Ecuador y Cuba) en eje de la proyección externa de Bolivia, hay mucho trecho. Creo que ahora podemos hablar un poco del gas. Para comenzar hay que anotar una primera diferencia: la plata y el estaño se vendían a las potencias de ultramar. El mercado principal del gas está en América Latina. Al comenzar este siglo nos sorprendió a todos la noticia que las reservas nacionales de gas natural habían aumentado cerca de diez veces, de 4 a 50 TC F s. Nuestras reservas podrían cubrir toda la demanda de energía de España por un siglo, como le dijo el Presidente de Repsol al Rey Juan Carlos, en una reunión en Madrid. Era un momento especial. El producto era especialmente apreciado por su limpieza, los precios estaban en alza, el gasoducto ya estaba tendido y la demanda de Brasil crecía a ritmos sostenidos. Todo indicaba que el desarrollo del Brasil dependería del gas boliviano. O, por lo menos, eso es lo que creíamos. Argentina volvía a pedir gas boliviano, arrepentida de la decisión de 1990, cuando dio por concluida una operación de más de veinte años. Todos sabían que la carencia de fuentes propias de energía era una de las principales limitaciones estructurales del desarrollo de Chile y no había que pensar mucho para llegar a la conclusión que era o podía ser un incentivo para una forma de complementación, útil para resolver los problemas bilaterales. Más aún, se abrió la posibilidad de exportar gas natural en estado líquido (LNG) al mercado de California. Pero, al finalizar la primera década del nuevo siglo, esas expectativas tocaron techo. Acaba de publicarse que las reservas bolivianas de gas natural cayeron del segundo al sexto puesto en el ranking latinoamericano (según los últimos datos, las reservas probadas se encuentran en el rango de los 9 TCFs). Algunos atribuyen esa caída a la nacionalización del gas de 2006 y al escaso afecto que muestra el gobierno nacional a las inversiones extranjeras, pero la verdad es que ocurrieron cosas más importantes, que no habíamos previsto. En efecto, la posibilidad de transportar gas natural en estado líquido (LNG) en grandes buques tanqueros, borró de pronto la ventaja comparativa de la que Bolivia disfrutaba cuando el gas sólo se podía vender a través de ductos. La significación de este dato se puso en evidencia cuando tanto Brasil como Chile compraron LNG de Argelia y Trinidad Tobago y lo procesaron en plantas de regasificación. Como si eso no fuera suficiente, Brasil descubrió yacimientos gigantescos de petróleo y gas natural, en los depósitos del pre-sal, en su mar territorial, en Santos y a partir de ese momento la industria de San Pablo opera con la certeza de que ya no dependerá de las compras de nuestro país, que sus propias reservas garantizarán su autoabastecimiento de energía y que permitirán a Brasil ingresar en el club de exportadores mundiales de petróleo. Finalmente, para cerrar el circuito de estas malas noticias (para Bolivia, desde luego), en Estados Unidos y Europa se incrementó la producción de gas no convencional, extraído de yacimientos de piedra pizarra, facilitado por el desarrollo reciente de nuevas tecnologías, que presiona a la reducción de la demanda global y de los precios de gas natural. El resultado es claro. No sólo los p recios de gas natural tienden a la baja, sino que Bolivia perdió su condición de abastecedor privilegiado de energía. Esto no quiere decir, por cierto, que dejará de producir y vender gas. Significa que perdió las ventajas de su posición geográfica y que se redujo su capacidad de negociación para obtener ventajas económicas y políticas. Es un mercado de compradores. Ellos fijarán las condiciones. Es innecesario decir que esa nueva realidad afectará las relaciones de Bolivia con sus vecinos. Un apunte más, a mi juicio extremadamente importante. Habrás notado que Bolivia ya no pertenece a ninguno de los bloques de integración de América Latina. La Comunidad Andina dejó de existir para todos los efectos y Bolivia no ha sido invitada a formar parte del Arco del Pacífico, la nueva organización económica y política de Chile, Perú, Colombia y México. Costó mucho entrar en el Grupo Andino, reclamar y obtener un lugar entre los países de la Cuenca del Pacífico, para que, así, sin que apenas nos demos cuenta, nos encontremos que estamos otra vez replegados detrás de nuestras montañas. Y, del otro lado, tampoco nos incorporamos al MERCOSUR. Nos invitaron formalmente a ingresar, pero luego de la nacionalización del gas, Brasil, que es el verdadero líder de ese grupo, dio un paso atrás y se constituyó una comisión (que no se ha reunido nunca) para discutir las condiciones de nuestro acceso. En otras palabras: ¿cómo esperamos ser el Estado-puente que reclama nuestra vocación geopolítica, si no somos capaces de afirmar nuestra presencia activa en los procesos de integración regional? No faltará el pesimista que se pregunte, además, cómo nos la arreglaremos ahora que pasó ante nuestros ojos y se alejó como una centella la oportunidad de utilizar el gas natural como instrumento de nuestro desarrollo, sunchu luminaria jina, como decíamos los viejos cochabambinos. Pero, si tomo la pregunta, te diré que enfrentamos momentos mucho peores. Y no hace mucho. En los años ochenta, cuando colapsaron los precios del estaño y en un sólo año perdimos el sesenta por ciento de las exportaciones y se despidió al ochenta por ciento de los trabajadores mineros del país. Parecía que el mundo se había acabado, pero aquí estamos todavía, Gonzalo.
GL: La creciente importancia de las relaciones internacionales motiva a todos los países a formar personal para lograr una representación nacional de gran nivel. Esto implica, además, la elaboración de políticas de Estado muy reflexionadas, de larga duración, capaces de sobrevivir al cambio de los gobiernos. Pero en nuestro país la gente opina que se han vaciado los cafés de la bohemia para atender nuestro servicio diplomático. ¿Por qué no somos capaces de “crecer” en todo este tema? ¿Porqué no nos avergüenza la improvisación diplomática?
GF: Algo se hizo en la dirección que señalas, estimado Gonzalo. No deben ser más de dos o tres décadas que se comenzó a formar personal profesional, con la Academia Diplomática, por una parte y, por otra, garantizando la permanencia de los funcionarios en sus cargos y facilitando su rotación en el servicio exterior, como debe ser. Es cierto, sin embargo, que fueron muy contados los funcionarios de carrera que llegaron a ejercer dignidades de Embajador. En las representaciones importantes, casi siempre se prefirió a Embajadores políticos, designados por el Presidente de la República. Pensándolo bien, tienes razón. Hay una cantera interesante de ex-Ministros y ex-Presidentes, con experiencia en el ejercicio de la función pública y conocimiento de los problemas nacionales, que podrían complementar bien el trabajo de los funcionarios de Cancillería. En los ochentas, en el gobierno de Presidente Siles Suazo, el Dr. Wálter Guevara fue Embajador en Venezuela y doña Lydia Gueiler en Colombia, ambos con gran éxito. En los primeros años de este Gobierno se despidió un número importante de funcionarios profesionales del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero tengo entendido que quedó un grupo, cuyo impacto en la política exterior no conozco. No estoy seguro que se hayan producido avances en el Servicio Consular, donde, desde hace mucho tiempo, han prevalecido las recomendaciones personales o políticas. A riesgo que me digas “mal de muchos, consuelo de tontos”, debo recordar que pocas Cancillerías de América del Sur han logrado institucionalizar la carrera diplomática en serio. Desde luego, tienes que mencionar a Itamaraty y Torre Tagle como ejemplos, pero no todas llegan a ese nivel.
GL: Desde muy antiguo se afirma que el respeto a las leyes internacionales está estrechamente ligado al respeto que un país, o varios, sienten por otro u otros . Ese respeto es emergente de algunos poderíos, como por ejemplo el militar, pues es difícil hacer respetar las leyes marítimas ante una flota pesquera rusa acompañada de algún submarino nuclear. O del respeto a su desarrollo. La industrialización suiza funciona mejor que un ejército que, además, no lo tiene. ¿Qué debe trabajar Bolivia para lograr un real respeto de parte de los vecinos y de la comunidad internacional? ¿Qué tareas debemos desarrollar para que nos miren sin paternalismo alguno?
GF: Las exportaciones bolivianas, pese a todo lo que han crecido en los últimos años, son menores que las de Honduras, Paraguay o Uruguay. Nuestra población es menor que la del Ecuador, cuya superficie es bastante más pequeña. El producto interno bruto de Bolivia, cerca de doce mil millones de dólares, es uno de los más bajos de América Latina. Y su poder militar es muy bajo. Es decir, si se usan los criterios habituales para calificar el poderío de un país, al nuestro le falta bastante para calificar como potencia mediana regional. En un trabajo que acabo de presentar en un seminario en Río de Janeiro, describo así las limitaciones estructurales con las que nacimos como República. • Estructura política oligárquica. Instituciones débiles. Autoritarismo. • Exclusión social. Pobreza, desigualdad. Recursos humanos sin formación. • Desarticulación territorial. Población pequeña en enorme territorio. Inexistencia de mercado interno. • Aislamiento geográfico, agravado por el despojo de la cualidad marítima en la guerra del Pacífico, • Concentración y transferencia del excedente. Bajo nivel de ahorro y de inversión. • Inserción internacional frágil, vulnerable, marginal y dependiente. Exportadora de materias primas. Compradora de manufacturas y conocimiento. Hemos comenzado a superar esas dificultades. La de hoy es una sociedad con creciente grado de urbanización, alfabetizada, con índices de desarrollo humano que se acercan a los del promedio latinoamericano, en un territorio crecientemente articulado. Caminos, comunicaciones aéreas, telefonía, televisión, Internet, unen una población diez veces más grande que la original. La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, proponen la soldadura de los tres pisos ecológicos de la nación y establecen la base de un mercado nacional. Son el núcleo de cohesión nacional. Ese eje se une en la puerta del Pacífico con Oruro y se proyecta al Sur con Chuquisaca y Tarija y al Norte con Beni y Pando. Por primera vez, el país tiene la masa crítica mínima para generar un proceso de desarrollo económico, político y social en serio. Creo que conozco el Continente y debo decirte que soy firmemente optimista sobre el potencial del país. Tenemos una antigua y profunda raíz cultural. Nuestra identidad se mide en siglos. A tropezones, con todos los errores que podamos contabilizar, seguimos avanzando en integrar la nación y en cerrar los abismos que dividían nuestra sociedad. Y habitamos un territorio con una envidiable dotación de recursos. Tenemos dónde crecer. No es el caso de muchos países de América Latina. La historia de Bolivia es dramática, pero lo es por el espíritu indomable de su pueblo. No hemos bajado nunca las manos.
GL: ¿Conoces tú cuál es la opinión internacional acerca de nuestro proceso social? Es decir: ¿hallarán que estamos más integrados socialmente, que estamos construyendo un cuerpo social único aunque lleno de enriquecedores matices? En buenas cuentas: ¿pensarán que se está profesando (¡al fin!) el respeto del indio al blanco y del blanco al indio?
GF: Una de las más antiguas y perversas fracturas bolivianas es la discriminación y exclusión indígena. No cabe duda. Mi padre me enseñó a verla, en Arampampa, en el norte de Potosí. Los de mi generación creímos que la había cerrado la Reforma Agraria y la Revolución Nacional. No en vano la de 1952 fue una de las cuatro grandes revoluciones del siglo XX, junto a la mexicana, la soviética y la cubana. Y nos dedicamos a construir la sociedad democrática. Pero no era así, por lo que se ha probado en la práctica. Por eso, el proceso que tomó impulso a partir de 2005 era necesario y es bienvenido. Ese problema tenía que resolverse. Yo no creo en la confrontación “indio- blanco”. No reconozco esas categorías. No forman parte de mi experiencia personal. Los indigenistas a ultranza rechazan el mestizaje, pero no lo pueden negar. Es un dato. Como decíamos en Cochabamba, “todos somos cholos o yugoslavos”. Y ésa es la matriz étnica que une el país, transversalmente. De oriente a occidente. De sur a norte. Estoy convencido que la confrontación cultural que marca la historia boliviana reciente no es la de indios o blancos. Es la de los valore s, principios y modos de vida del mundo rural con los que trae el mundo urbano, provocada por el intenso proceso de migración del campo a la ciudad y de las montañas a las tierras bajas. En la ciudad se transforma cada aspecto de la vida humana. Los niveles de vida, la estructura de la familia, las condiciones de trabajo, las habilidades y el conocimiento, la representación política, la relación con la naturaleza, la idea del tiempo y la percepción de la existencia humana. No son mis palabras, Gonzalo. Las ha escrito Martin Jacques, en su libro “When China rules the world” para explicarse lo que está ocurriendo del otro lado del planeta.
GL: Pasado el gobierno de la señora Michelle Bachelet, con quien el presidente Morales pareció desarrollar una amistad, los bolivianos sentimos que la política chilena con Bolivia es distractiva y oportunista. Seguimos donde estamos desde que se perdió la guerra (los puertos) en el siglo XIX. Considerando que es la única guerra donde perdimos todo, es de presumir que no nos cansaremos de reclamar por lo menos algo de lo que fue nuestro. ¿No es tiempo de presionar con mayor intensidad y permanentemente sobre el los? Nuestra posición luce débil, confusa y simplemente voluntarista…
GF: Esta es una pregunta compleja, Gonzalo y me vas a obligar a elaborar una respuesta apropiada. Lord Palmerston dijo, hace mucho tiempo, que los Estados no tienen amigos, sólo tienen intereses. Las afinidades personales –o un partido de fulbito- pueden facilitar el diálogo, pero no resuelven los problemas. Y éste ya lleva más de ciento treinta años, lo que da una medida de la magnitud de los obstáculos que hay que superar. La señora Bachelet parecía tener una simpatía auténtica por Evo Morales, como lo filtró uno de los cables de Wikileaks, pero no se movió un centímetro de la posición tradicional de Chile. En un par de reuniones, he escuchado decir a gente seria, bien informada, que este asunto ya está de buen tamaño, que Bolivia tiene otras tareas más urgentes que atender y que el Gobierno y la Cancillería debían ocuparse de otras cosas, en lugar de vivir con la obsesión del mar. Por eso, creo que es pertinente recordar las razones por las que la demanda de reintegración marítima ha ocupado un lugar tan prominente en la política exterior del país. Es tanto la reivindicación de un derecho histórico cuanto expresión de una necesidad actual, geográfica, económica y política actual. Más allá de la recuperación de acceso soberano al mar, a través de una conexión territorial igualmente soberana, implica afirmar y proyectar la presencia boliviana, económica, cultural y política en toda el área del Pacífico central. Hay muchas razones que justifican esa posición. Unas encuentran su raíz en la historia. Otras, más actuales, tienen que ver con el desarrollo. Bolivia perdió cualidad marítima, no sólo territorio. Es una situación diferente a la de las consecuencias de las guerras del Acre y del Chaco. Perdimos en esas contiendas, pero no dejamos de ser países amazónicos y platenses. En cambio, en 1879, dejamos de ser ribereños del mar, nos quitaron la presencia en el Pacífico. No somos parte de la APEP. Quedamos enclaustrados. Dependemos de la voluntad de otros países para canalizar nuestro comercio exterior y para definir las modalidades de nuestra inserción en el sistema internacional. Y no deja de sublevar la idea de que no siempre fue así. Que teníamos mar, costa y puerto y que los perdimos por una guerra de expansión, fríamente planificada. Y anotemos que no sólo perdió costa y cualidad marítima, sino que fue despojada de riquezas mineras de magnitud mayor que la que soñamos nunca. Frente a Chuquicamata, productora de cobre, que quedó en nuestro antiguo litoral, empequeñecen las minas legendarias de Potosí y La Salvadora. La mediterraneidad es un factor de atraso. Diplomáticos y medios chilenos repiten constantemente que eso no es cierto y que Suiza es la prueba de que un país sin acceso soberano al mar puede figurar entre las economías más avanzadas del mundo. Y lo dicen con tanta seguridad que algunos compatriotas han terminado por aceptar ese argumento. La verdad es distinta. En un informe escrito para UNCTAD, el Dr. David Nowlan, Profesor de Economía de la Universidad de Toronto, recordó que “sólo cinco de los países mediterráneos del mundo son países desarrollados. Los restantes 21 están en las categorías de más bajos ingresos y 15 de ellos son los más atrasados del mundo". Jeffrey Sachs ha escrito varias veces que la mediterraneidad es una causa de subdesarrollo y un reciente Informe del Banco Mundial (el del año 2009), insiste en el punto. Te voy a leer el texto: “el aislamiento geográfico aumenta la distancia económica a los mercados. Es peor si el país es pequeño y no tiene mercado interno que justifique o sustente procesos de industrialización y peor aún si los vecinos son pobres”. Menciona explícitamente a Bolivia, para indicar que “los países mediterráneos (sin acceso al mar) son afectados por los altos costos de transporte ocasionados por servicios de transporte caros y poco confiables. Agrega, “son sistemas sobre regulados, con servicios logísticos ineficientes, empresas oligopólicas y corrupción en los corre d o res internacionales. Cada día de atraso aumenta el costo de transporte en 70 km”. Por cierto, además, la recuperación de la cualidad marítima y el acceso a las rutas marítimas, a través de un territorio en el que ejerza jurisdicción y soberanía plenas, es una condición esencial de la existencia del Estado boliviano y del cumplimiento de su rol continental, de punto de equilibrio y convergencia. A esas razones se suma un dato contemporáneo. El riesgo que la onda expansiva del crecimiento de las tierras bajas, impulsado por las exportaciones de gas, hierro, soya, dañe el equilibrio geopolítico interno -la relación de poder entre occidente y el o riente boliviano-, con consecuencias imprevisibles. Ese peligro sólo puede contrarrestarse aumentando la gravitación y la presencia de Bolivia en el Pacífico, estrechamente vinculadas con la demanda de reintegración marítima soberana. Hay que decir otra cosa, fuerte y claro. El enclaustramiento de Bolivia no es sólo un problema boliviano. Es continental, afecta la seguridad y la paz regional, como lo declaró la memorable Asamblea de la OEA de 1979. En sus palabras, el acceso soberano y útil de Bolivia al Océano Pacífico es de “interés hemisférico permanente”. Si de algo sirvió el frustrado diálogo de los 13 puntos, fue para sacar a la superficie del debate político chileno, el reconocimiento de que está en el interés de Chile dar término a su conflicto con Bolivia. Ya lo hizo con Argentina con los acuerdos de Campos de Hielo. Procuró llegar a un resultado semejante con su esfuerzo para cerrar con el Perú los detalles de la Ejecución del Tratado de 1929, pero el planteo peruano sobre la delimitación del territorio marítimo repuso el estado de controversia bilateral. Bolivia es su gran tema pendiente. Simplemente ya no puede ignorarlo. Trató de hacerlo desde la conclusión de la guerra del Pacífico, pero esa certeza falsa se ha socavado por la comprobación diaria de que el desarrollo del Norte depende de la relación con Bolivia, que la comunicación de los puertos del Pacífico con los mercados del Brasil requiere paso por territorio boliviano y que necesita energía boliviana para su desarrollo. Tres ex Presidentes, cuatro o cinco ex Cancilleres, jefes militares en retiro, intelectuales e historiadores chilenos, han dicho públicamente que el problema ya no se puede soslayar, que hay que enfrentarlo y resolverlo. No tiene mucho sentido renunciar a nuestro reclamo, cuando aparecen señales de que hemos abierto brecha en la opinión internacional e inclusive en la chilena. Con los precios de hidrocarburos en el nivel en el que ahora se encuentran, el costo y la confiabilidad del abastecimiento es una variable crítica del desarrollo chileno. La sustentabilidad de su crecimiento está amenazada por este factor. Ha realizado inversiones importantes para importar LNG y planea construir centrales nucleares para cerrar esta carencia. El gas natural es un recurso crítico para Chile. La demanda actual es atendida por gas argentino. Sin embargo, en la medida en la que continúe la reducción de la oferta de ese país, cuyas reservas tendrán que abastecer de manera preferencial su propio mercado, el abastecimiento boliviano es la opción natural. Pero las diferencias históricas se han demostrado irreductibles. La opinión pública boliviana no admitirá ningún acuerdo de venta de gas que no vaya acompañado de una negociación sobre la reintegración marítima. El agua es otro ejemplo de complementación posible. En la vasta región desértica del Norte Grande y Chico, varios megaproyectos mineros e industriales chilenos requieren agua. Su fuente de aprovisionamiento natural es Bolivia. Tiene alternativas, pero son costosas y reducirían la rentabilidad de sus productos y su capacidad de competir en los mercados internacionales. En el futuro, los propios centros urbanos aumentarán sus requerimientos de agua. Eso explica la búsqueda de operaciones de compra de este recurso. Sin embargo, el asunto es complejo y requiere de un acuerdo internacional que regule la compra y venta de este recurso, en dos espacios jurídicos diferentes. En el momento actual, el acceso al mercado boliviano debiera ser una motivación menor en el interés nacional de Chile. Con ocho millones de habitantes y un ingreso por habitante casi seis veces inferior, el potencial de intercambio con Bolivia es poco atractivo. Sin embargo esa situación puede cambiar en el mediano plazo. La suma de diversos factores –estabilidad política, enganche con la economía brasilera, desarrollo del potencial gasífero, agrícola y minero, mejor calificación de recursos humanos presagian la aceleración del ritmo de desarrollo de Bolivia. Y, en esa medida, se convertirá en un mercado importante para un país del tamaño de Chile, al que le resultará cada vez más difícil competir con Argentina y Brasil, en las áreas en las que tomó ventaja del atraso relativo de las reformas en sus dos competidores básicos. Bolivia ha intentado todos los caminos para avanzar en la solución del problema. En 1921, planteó su caso a la Sociedad de Naciones. En 1979, presentó sus argumentos a la IX Asamblea General de la OEA, en La Paz. Entabló negociaciones directas con Chile en 1950, 1975, 1984 y 1986, e n t re otras. En 2001 se estuvo cerca de cerrar una negociación por la que se concedía una Zona Económica Especial, en Patillos, con soberanía funcional, para la instalación de una planta de licuefacción de gas natural, un puerto gasífero, era la exportación de LNG al mercado de California. En 2000 inició el diálogo sin exclusiones, que se reinició en la gestión del Presidente Morales, como la “Agenda de 13 puntos”. Esas conversaciones llegaron a su fin con el reciente anuncio presidencial que Bolivia recurrirá a los foros y tribunales internacionales “demandando en derecho y en justicia una salida libre y soberana al Océano Pacífico”, el 23 de marzo de 2011. Las diferencias políticas que separan a los gobiernos de Morales y Piñera y las limitaciones que ya se han hecho públicas para abordar el tema del acceso soberano de Bolivia al Pacífico, presagiaban este desenlace, pero no se esperaba que tomara este rumbo. Estaba claro que, a esa altura, el diálogo estaba agotado y recién hoy se sabe, por declaraciones del Canciller Choquehuanca, que Chile nunca quiso hablar del tema del mar, que era el único que lo justificaba. La opinión pública boliviana se unió rápidamente en torno a la postura gubernamental, en otra demostración de la invariable convicción de la legitimidad de la demanda histórica del país. Hay señales de que, por primera vez, no pasó lo mismo en Chile. No tardarán en hacerse públicas las críticas de los partidos de la oposición al manejo del tema por el Presidente Piñera y el Canciller Moreno. Los acusarán de haber actuado con arrogancia y de haber empujado otra vez a Bolivia a la alianza con el Perú, el adversario tradicional del Pacífico. Si Humala gana la segunda vuelta de las elecciones peruanas, en junio de este año, esa sindicación será clamorosa. Un par de frases finales sobre este tema, querido Gonzalo. Está claro que el único punto en el que se puede concretar la salida soberana de Bolivia al océano Pacífico es al norte de Arica. Es el sitio en el que confluyen los intereses históricos de los tres países que se enfrentaron en la guerra del Pacífico y el lugar en el que se debe buscar el fin de esa contienda. Fue el eje de las negociaciones de Charaña de 1975 y sus elementos están incluidos en la Resolución de la Asamblea de la OEA de 1979. De esa circunstancia fluye otra conclusión crítica. La negociación debe ser trilateral. Tiene que incluir a Bolivia, Chile y Perú. De lo contra rio, seguiremos en el juego de tanto tiempo. Los peruanos declarando que no serán obstáculo para la solución del problema y los chilenos atribuyendo a los peruanos la resistencia a aceptar el cambio de vecino en la frontera, en la línea de la Concordia. Y tiene que quedar claro también que la gestión política en los foros internacionales puede reforzar la posición boliviana como ocurrió en 1979, pero no reemplaza –no puede reemplazar-- la negociación directa. Hay algo que estoy tratando de decir desde algún tiempo. Bolivia tiene gravitación propia en el Pacífico, desde tiempo inmemorial, antes de que existiera como Audiencia o como Estado. Los reinos aymaras se extendieron hasta el mar. Durante la colonia, la plata de Potosí fue el polo que alimentó un gran espacio económico, que iba desde Charcas hasta Lima. La Confederación Perú - Boliviana se basó en una alianza natural entre el sur peruano y Bolivia. Y hoy está claro que el occidente boliviano, el sur peruano y el norte chileno (que fue peruano y boliviano, no hay que olvidarlo), forman una macro región en el Pacífico central. Lima y Santiago están lejos, se sienten lejos. La capital natural de ese espacio es La Paz. Bolivia debe afirmar su presencia cultural, económica y política en esta región. Es su zona de influencia directa. Desde luego, la llegada soberana al mar consolidaría esa presencia, pero no es una precondición. Debemos hacerlo, inclusive como una forma de presionar para la solución de la demanda histórica.
GL; Es posible definir la ideología del boliviano como nacionalista revolucionaria inclusive hasta el día de hoy. Por supuesto, alguna gente hace más énfasis en lo nacionalista y otra en lo revolucionario. Quizás esta ideología es la responsable de que no aceptemos injerencias de gringos o cubanos. O venezolanos. No nos gustan los extranjeros en nuestra política interna, eso es. No somos “internacionalistas”, que es lo que la ideología cubana profesa. ¿Es una percepción correcta o equivocada? ¿Es sólo un prejuicio de algunos sectores de la sociedad?
GF: En alguno de mis trabajos escribí que la tensión entre nacionalismo e internacionalismo, entre proteccionismo y apertura, ha sido la contradicción principal de la política latinoamericana, desde la Colonia. De un lado los productores que abastecen el mercado local. Del otro, los vendedores de minerales y de productos agrícolas de exportación. Los primeros, reclamando protección para la producción nacional –agrícola y manufacturera - frente a la competencia de los bienes importados de ultramar (el mercado latinoamericano era virtualmente inexistente). Los otros, afirmando que debía sostenerse el sistema de libre comercio, para aprovechar las ventajas comparativas que resultaban de la dotación de recursos naturales en nuestros países. Con diferentes nombres, diferentes liderazgos, diferentes estructuras partidarias, el sistema político regional se agrupó en torno a esas dos posiciones. De un lado, los nacionalistas, que postulan un Estado con un Poder Ejecutivo fuerte, centralizado, proteccionista. Su base tradicional de poder fue la iglesia, los militare s, los artesanos, productores locales, agricultores tradicionales, sectores populares. Del otro, los internacionalistas, que propugnan el comercio libre y una organización estatal de equilibrio de poderes, descentralizado o federalista, abierto a la inversión extranjera. Los sectores exportadores, mineros, agrícolas y pesqueros, los intelectuales y los sectores de altos ingresos, son habitualmente su plataforma social de apoyo. En esa lógica se pueden distinguir, con cierta claridad, los ciclos políticos latinoamericanos. El liberalismo se impuso desde fines del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX, luego de la fase caótica de formación de los Estados nacionales. En Bolivia, desde la guerra del Pacífico hasta la guerra del Chaco. Entonces se inició la fase nacionalista, en América Latina, que duró, más o menos, hasta fines de la década de los años ochenta, cuando cayó el Muro de Berlín y se llegó al final de la historia, en la famosa frase de Fukuyama. Las décadas de los años ochenta y noventa fueron neo-liberales, es decir predominó nuevamente la visión de los que propugnaban la inserción plena en el sistema mundial, en la globalización. A principios de la primera década del siglo XXI, volvió a ganar impulso la resistencia a la globalización, se volvió a valorar lo local, se abrieron camino las visiones endógenas. Es decir, el neo nacionalismo. Cuanto vaya a durar, no lo sé. Sólo quería decirte que se trata de ciclos históricos. No hay nada inmutable. En Bolivia, no cabe duda que el pensamiento nacionalista es muy fuerte desde los años de la Revolución Nacional. Pero, es también muy claro que la sociedad boliviana está cada día más abierta a las corrientes internacionales. El comercio exterior se ha diversificado. La gente viaja mucho más. Las remesas de los bolivianos en el extranjero juegan un papel importante en la vida de las familias que se quedaron en el país. Y en la medida en que nos integremos más a la economía regional y mundial, la visión nacionalista tradicional, dará curso a posturas que rescaten el valor de la modernidad. Es un juego dialéctico, que no termina nunca. Unos ganan hoy, para ceder el lugar a los otros, más tarde.
GL: Apenas el presidente Evo Morales asumió el cargo se advirtió que su poderoso impulso iba a llevarlo a buscar un liderazgo mundial. El tema étnico, por un lado, y el ecológico, por el otro, parecían dos zancos capaces de superar por alto cualquier dificultad. Pero l u e g o, con el esmeril cotidiano, e s e impulso ya casi no existe. ¿Cuáles son los intereses que priman en el mundo aunque no los aceptemos? ¿Qué es lo que no terminamos de entender?
GF: El sistema económico y político internacional es un sistema de poder. Tu importancia se mide por tu peso militar, económico, tecnológico y cultural. Y se valora en escalas. Ha y unas cuantas potencias globales, es decir aquellas cuya opinión cuenta en los asuntos de trascendencia mundial. En esta categoría se encuentran Estados Unidos, Europa, Japón y recientemente los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica). Luego vienen las potencias regionales, cuya proyección alcanza la cobertura geográfica de su continente. Argentina, Brasil y México en América Latina, por ejemplo. Ocasionalmente, un país pequeño logra protagonismo en el escenario global. A mediados del siglo XX, lo consiguió Bolivia con la Revolución Nacional y Cuba en la última parte de esa década. Pero el fulgor de esa presencia no se puede sostener mucho tiempo. Y pasa. Ciertamente, la llegada de un presidente indígena en Bolivia llamó la atención y despertó simpatías, como ya hemos dicho. Pero eso no significó que Evo Morales alcanzara una posición de liderazgo mundial. Los indígenas guatemaltecos quieren imitarlo, pero no seguir sus instrucciones. Los indígenas ecuatorianos lo reciben cariñosamente, pero tienen sus propios líderes. En el tema ecológico, la defensa de la pachamama, añade un argumento cultural a un problema cuya urgencia no discute nadie. Como lo demostró Copenhague y Cancún, los titulares del liderazgo en materia ecológica son, otra vez, Estados Unidos, China, Europa, la India, Brasil, es decir los países cuyas decisiones influyen de verdad en la dirección de los acontecimientos.
GL: En el supuesto que el presidente Evo (y el MAS) decidiera participar en la elección del año 2014 como candidato a la presidencia , ¿qué opiniones tendría la comunidad internacional? ¿Y la nacional? ¿Debería entenderse como una consolidación de la democracia boliviana?
GF: Falta mucho para el 2014. Y los años de la política boliviana son muy largos, casi interminables. Mira lo que ha pasado en estos primeros tres meses de 2011. Animarse a un pronóstico sobre lo que pueda ocurrir en Bolivia de aquí a tres años es muy arriesgado. Puedes hacerlo en Uruguay, pero no en Bolivia.
Gustavo Fernández Saavedra , 72 años, nació en Cochabamba (Bolivia), se diplomó como Abogado en la Universidad Mayor de San Simón de esa ciudad, en la que fue Profesor de Derecho Internacional Público. Director de la Junta del Acuerdo de Cartagena en Lima; Director de Coordinación Latinoamericana del SELA en Caracas; Consultor de PNUD/UNCTAD en Quito. Director de Proyecto de UNCTAD/ CEPAL/PNUD Ginebra y consultor del ILPES y del BID. Presidente de la IX Asamblea Ordinaria de la OEA, Presidente del Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores. Desempeñó las funciones de Embajador de Bolivia ante el Gobierno del Brasil en 1983-1984; Cónsul General de Bolivia en Chile (2000-2001), Ministro Secretario de Integración en 1978; Ministro de la Presidencia entre 1989 y 1993; Ministro de Relaciones Exteriores en tres ocasiones, 1979; 1984-85 y 2001-2002; candidato a la Vicepresidencia en 1989. Representante de la Corporación Andina de Fomento en el Perú (1998-1999). Jefe de la Misión de Observación Electoral de la OEA en Nicaragua (2006) y en El Salvador (2009). Asesor de la Presidencia de la Corporación Andina de Fomento. Miembro del Grupo de Reflexión del Secretario General de la OEA. Consultor de varios organismos internacionales. Autor de dos libros y numerosos ensayos.



























