Trump, Todorov y los enemigos íntimos de la democracia
Vaya desdichada coincidencia, mientras comienzo a escribir este artículo, caliento mis ánimos releyendo “Los enemigos íntimos de la democracia” de Tzvetan Todorov, uno de los pensadores más brillantes de este presente y que con más claridad y crítica ha desmenuzado a ese “enemigo que está en nosotros mismos” y a “nuestra democracia enferma de desmesura”.
De sopetón, mi gran amigo George, que vive y sobrevive los arrebatos misóginos, racistas y autoritarios de Donald Trump, capataz de barraca y nuevo inquilino de la Casa Blanca, me informa que el filósofo Tzvetan Todorov ha fallecido a los 77 años. No puedo menos que lamentar y recordarle a George, las lecturas irrepetibles que teníamos en Virginia junto a entrañables amigos, inmigrantes que, siempre que podíamos nos observamos como en un juego de espejos: unas veces deformando nuestros rostros, otras, reivindicando nuestra esencia como ciudadanos itinerantes, libres, sin murallas ni objeciones. Un común denominador nos identificaba, nos unía y hacía que compartiéramos lecturas prolongadas de ese búlgaro nacionalizado francés, al calor de unos agradables vinos.
Todorov fue un tenaz fiscalizador de la democracia occidental.
Su visión crítica por las taras enquistadas en este mundo que cada vez más va hacia un nuevo desorden general e indefinido, lo ubicaba en ese tiempo histórico en el que se debía ser honesto y crítico para identificar los males que aquejan a esta humanidad, que ahora más que nunca, necesita una brújula de la conciencia, la reflexión y el humanismo: Neoconservadurismos, fanatismos, populismos, misoginia y muros, son componentes, ingredientes que mezclan la masa y van deteriorando a la ya cuestionada democracia occidental. Esa que sin pudores ni demoras encabeza el matador Donald Trump. El primer gerente general de los Estados Unidos que echa al tacho de basura la institucionalidad vigorosa de un país que históricamente se forjó a base de mezclas raciales y libertades apegadas a la ley y que ahora parece removida por un tornado donde “el pueblo se transforma en masa manipulable”.
Todorov y “Los enemigos íntimos de la democracia”, ajustan cuentas con este presente en el que danzan populismos, xenofobias y afanes ambiciosos. Rituales políticos en los que las promesas y los paraísos terrenales corroboran, paradójicamente, las esperanzas de los ciudadanos luego de este presente sombrío que toca vivir.
En el séptimo capítulo de “Los enemigos íntimos de la democracia”, “El futuro de la democracia”, Todorov plantea que el régimen democrático supone articular con eficiencia equilibrando principios fundamentales y determinantes. Esto supone, desde luego, inquirir “El remedio a nuestros males en una evolución de la mentalidad que permitiera recuperar el sentido del proyecto democrático y equilibrar mejor sus grandes principios: poder del pueblo, fe en el progreso, libertades individuales, economía de mercado, derechos naturales y sacralización de lo humano”.
“Los enemigos íntimos de la democracia” es un libro lleno de revelaciones y alertas que nos lleva a comprender a cabalidad los despropósitos globalizadores de este aciago mundo que parece atomizarse en taras, mezquindades, desprecios, racismos, individualismos y mesianismos.
Estamos en un mundo multipolar, la guerra fría nos condujo hacia una bipolaridad en donde creíamos que después de su conclusión la humanidad abrazaría una dirección con timón occidental. Sin embargo, los hechos y los acontecimientos demostraron que las historias virtuosas las escriben los pueblos, las oscuras, las hilan sus nefastos gobiernos.
Y los Estados Unidos, encabezados por Trump, van tejiendo ese trecho histórico que alertaba Todorov. El capataz no se hizo de la noche a la mañana, surgió de un crisol social occidental en el que confluyeron hartazgos, desequilibrios sociales y fanatismos. El gran anzuelo mentiroso de Trump fue hacerles creer a los “estúpidos hombres blancos” que estaban pasando a ser ciudadanos de segunda y que, junto a su país, habían perdido el primer puesto en este cada vez más deshumanizado planeta. La sociedad estadounidense es por excelencia un universo de obsesiones. Trump es un ciudadano obtuso y obsesivo por el poder y el dinero.
Las millonarias transacciones económicas en el mundo empresarial casi siempre se alimentan de la doble moral, la mentira y la imposición. Donald Trump es experto en eso. Es un “terminator” con un exoesqueleto de “negociator”.
Ese es el discurso que sedujo a una sociedad estadounidense polarizada: poder, dinero, transacciones, imposiciones. Negociemos, hagamos a los ricos más ricos a costa de someter a la masa social. Llevemos a la piedra de los sacrificios a los inmigrantes. Pongámoslos como carne de cañón, chivos expiatorios que deben ser degollados por “el bien del país”.
Trump es el arquetipo del empresario negociador tramposo que recurrió al juego sucio para chantajear el voto de ese electorado que se dejó seducir por la vena de las obsesiones.
“Los demagogos se niegan a admitir ese principio fundamental de la política, que dice que todo logro tiene un precio”.
Todorov cuestiona los daños que implica el ultraliberalismo, haciendo que el imperio de la economía se sobreponga a la política. También, desde luego, el poder de los medios de comunicación que, en muchos casos, se cuadran a ese imperio.
En el umbral de un nuevo desorden mundial, parece que las capas tectónicas de la política y de la aldea global se van desacomodando peligrosamente. Una señal de multipolaridad acecha el hemisferio y “obliga” a gestar nuevas “políticas de contención”. No sólo los muros como los que desea obsesivamente Trump, sino los otros, esos que se crean en las mentes marginadoras, excluyentes, sociedades cerradas (Popper) ultra nacionalistas que hacen que nazca un temor inexplicable por el otro, por el forastero. Pavor por el florecimiento de las sociedades abiertas.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.


















