Fernando, Abdalá, Dilma y…
En diciembre de 1992, Fernando Collor de Melo, se convirtió en el primer presidente latinoamericano destituido por cargos de corrupción en la era de las nuevas democracias. Pertenecía a familias con fuerte poder regional, era periodista y tenía negocios en las comunicaciones, era el más joven presidente brasileño y fue presentado como la nueva generación política después de las dictaduras militares.
Collor de Melo ganó las elecciones en 1989 en la segunda vuelta, en la cual venció a Luis Ignacio da Silva, quien representaba la resistencia popular, la ética sindical, los valores cristianos. Se dijo que el vencedor fue un producto de O Globo para impedir la llegada de la izquierda al poder. Duró poco más de un año.
En medio de una hiperinflación, con minoría parlamentaria, Fernando utilizó un esquema de tráfico de influencias, sobornos y pagos extralegales a parlamentarios y a empresarios, y una red manejada por su antiguo jefe de campaña. Los universitarios comenzaron una gran campaña para sacarlo de la Presidencia y él denunció que aquello era un “golpe de estado” y un ataque a la legitimidad de su cargo.
El Congreso de la República Federal de Brasil aprobó abrirle un juicio penal y en septiembre de 1992 fue alejado de la Presidencia; a los dos meses él renunció. Asumió el vicepresidente Itamar Franco, poco carismático y sin poder, pero logró salir de la brecha. Los diputados que votaron a favor del “impeachement” se distinguían portando la bandera nacional, mientras el pueblo festejaba en las calles.
Abdalá Bucaram, llamado el “Loco” duró menos meses, de agosto 1996 a febrero de 1997. Había llegado a la Presidencia del Ecuador como representante de una renovación política después de varias crisis soportadas por esa nación, la cual inclusive enfrentó una guerra internacional esa década. Bucaram juntó el baile, cantos improvisados, comentarios inauditos, a una gestión de entrega de obras sin licitación, inauguraciones y dádivas que presentaba como propias a los pobres de su pueblo.
Igual que en Brasil, fueron los jóvenes los primeros en protestar contra ese comediante que ocultaba la corrupción detrás de chistes y frases izquierdistas. La mecha prendió en Quito hasta que el Congreso de la República reunió los votos suficientes para sacarlo. La causa explícita fue “incapacidad mental para gobernar”.
En esa época, los responsables de descalabros no culpaban a la derecha, a los neoliberales. Ambos aceptaron las sentencias y pasaron a otro plano de la política. Ahora tocó a Dilma Rousseff con muchos datos similares pero la autocrítica está ausente. “El imperio es el culpable”.
La autora es periodista.
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