El pueblo afro-boliviano

Columna
EL OTOÑO DEL PATRIARCA
Publicado el 02/07/2017

Durante el desarrollo de la asamblea constituyente, mientras exponía mi experiencia en la comisión encargada del régimen electoral, explotó un canto, al son de tambores, en el patio del establecimiento. Salimos pronto a darle un vistazo porque era imposible continuar trabajando, y encontramos a veinte o treinta músicos y bailarines de raza negra, vestidos de blanco, en gran afán, dispuestos a no parar si las distintas comisiones no se dignaban a recibirlos. Eran los afro-bolivianos, y reclamaban su lugar en este mundo a su particularísima manera: cantando y bailando saya.

Dispersos en los Yungas de La Paz y las ciudades grandes de Bolivia se hallan los afro-bolivianos. Son apenas un puñado (no más de veinticinco mil), pero sobrepasan en número a varios otros pueblos bolivianos. En la Constitución Política, en su artículo 32, se establece que tienen los mismos derechos de los pueblos originarios, con lo que además se reconoce que su lejano origen es africano. Gran verdad: orígenes diversos construyeron a la actual nación boliviana. (La pena es que no se particularizó a la trabajadora comunidad japonesa en Bolivia. O a la croata. A la menonita. A la árabe y la judía. Y quizás son más los tristes olvidos.) La democracia también sirve para investigar y enmendar errores.

El testimonio de su gente indica que se sentían invisibles para todo el conjunto de miradas de su alrededor. Parecían no existir para los bolivianos de la ciudad ni el campo. En las labores agrícolas, eran campesinos aunque de tez negra. En las ciudades, el de señales inequívocas de buena suerte, la encarnación de la superstición del blanco. Siempre se los pensó peruanos, o brasileños. Jamás se imaginó que pudieran ser bolivianos. En esas ajenas y  hostiles condiciones debían hacer la vida. (La hicieron, además sin quejarse ni rendirse a nadie.) Enriquecer, con el tiempo, el mosaico pluricultural que nos caracteriza.

Pero alrededor de los años 90, ya con la democracia en marcha, una de sus dirigentes advirtió el positivo impacto que provocaba la novedosa y bella saya en las calles de las ciudades. La alegría de la gente observando su baile diferente, prestando atención a la melodía y su letra, y preguntando de quiénes se trataba, generó que la comunidad se organizara culturalmente y visitara el país para darse, con los años (¡quién creyera!), a conocer. Todo ese esfuerzo tuvo que ser acompañado por una organización más política, y paralela a la cultural, para plantear el conjunto de sus reivindicaciones. Por eso crearon CADIC.

El libro escrito por Yoyo Komadina y Pablo Regalsky, “La política de la saya. El movimiento afro-boliviano”, estudia en detalle todo este gran proceso. No sólo eso, sino que registra testimonios que humanizan parte del derrotero que a este pueblo le cupo desarrollar. Sus páginas abordan hasta la diputación de Medina. No alcanzan al comandante de la Policía Nacional proveniente de este pueblo. Es un libro vital para ir comprendiendo todo el proceso que a muchos les tocó padecer antes de ser considerados, por fin y menos mal, tan ciudadanos de este país como cualquier otro.

¿Qué significa lo establecido en el artículo 32 de la Constitución? Si el pueblo afro-boliviano tiene ya los mismos derechos que cualquiera de los pueblos indígena originario campesinos, como reza su texto, ¿cómo ha de actuar el Estado respecto a la tierra, por ejemplo? El mismo artículo dice lo siguiente: “en todo lo que corresponda”. Hace falta precisarlo mejor, pero con todo el corazón posible.

Queda claro que en Bolivia tenemos un precioso pueblo afro. Dentro de las carencias materiales que nos caracterizan, el Estado Plurinacional se debe prodigar en propiciarle mejores condiciones de existencia. Llegaron en la peor situación durante la Colonia, fueron tan maltratados como todos los indígenas, y durante la república su vida no cambió a mejor signo. Es lo justo, lo urgente, recompensarlos ahora de la mejor manera posible. Mejor que la verticalidad social, es siempre la horizontalidad.

La saya que promociona el folclore, he leído el testimonio en el libro citado, hace enojar al pueblo afro-boliviano. Indican que esas imágenes que se muestran en los videos son ciertas, pero no así el ritmo. Respecto a la figura del caporal, se me ha explicado, brillos más, brillos menos, es común en el testimonio de las danzas que nos legó la Colonia.

Lo identifica el chicote.

 

El autor es escritor.

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