El Estado y el cine nacional
Soy consciente de que un avance en la realización del cine boliviano sólo será posible, si encaramos la necesidad de entender y actuar sobre el cine como un valor cultural de nuestra sociedad.
El cine en Bolivia es una disciplina narrativa completa que no puede ser relegada exclusivamente a la expansión y la frivolidad de la industria extranjera. Podemos comprometer el cine boliviano con el crecimiento cultural, social y estético de nuestra sociedad, liderizando una forma de entender y decir las cosas, una forma de ayudar a crear la memoria colectiva. Más aún en una sociedad como la nuestra, en la que, pese a los esfuerzos de lateralización y alfabetismo, las costumbres de lectura y escritura se relegan y pasan a depender de variables de ingreso y renta que impiden el desarrollo de un mercado fuerte y demandante.
Un valor cultural logra la participación de individuos que crean y expresan varias formas de arte en la pantalla, pero a la vez, del mercado, de la tecnología y, en nuestro país en particular, del Estado. No podemos separar una y otra parte y construir una institución que ande a saltos entre todas.
La visión es lograr el más amplio, irrestricto y poderoso ambiente para la creación/interpretación artística, sirviendo de puente para que el mercado y la tecnología resuenen productivamente en los creadores, ayudándoles a escalar rápidamente un estándar que iguale, en principio, al de los países vecinos.
Lograr esto no puede ser sólo una resolución intelectual, una manifestación de deseos. Es preciso encontrar los mecanismos estatales que permitan proteger y estimular la creación y producción nacional que compita como jugador anacrónico en el plano regional y como un apéndice invisible en el mercado mundial.
El Estado debe fomentar un crecimiento rápido y sostenido de las artes, imponiendo un control estricto de lo que llega de fuera y no será necesario destacar personal en aduanas o adiestrar a sus personeros, la protección debe ser ejecutable el momento en que una producción de cualquier naturaleza y duración se exhiba ante más de 10 personas, eso la convierte en un hecho público.
Debemos convertir el crecimiento de las artes narrativas fílmicas en un hecho público, esta es la primera garantía para un crecimiento que en otras condiciones será impracticable.
Es necesario dejar atrás las prácticas burocráticas que quieren suprimir el papel de directores y productores en la búsqueda de sociedades, producciones conjuntas o alianzas que aumenten el valor de sus proyectos. Esta tarea debe ser acometida personalmente por los dueños de los proyectos; la Agencia del Desarrollo del Cine y Audiovisual Boliviano (Adecine), que reemplaza al Consejo Nacional del Cine de Bolivia (Conacine); debe actuar como un cauce para contactarlos y relacionarlos, no convertirse en el inútil emisario que quisieron ser varios directores y directoras anteriores.
Es urgente proponerse tareas, prácticas y mensurables, para incrementar valor en una entidad que se debate aún en antiguas discusiones de grupos, visiones ideológicas y pequeñas riñas por el control institucional. Es preciso una personalidad independiente con una visión de largo plazo y con capacidad.
Y también dejar de pensar al cine boliviano como el vagón exótico de la producción regional. Necesitamos un crecimiento acelerado de las capacidades técnicas, tecnológicas, humanas e instrumentales del cine boliviano, para ingresar en nuevos mercados con la protección estatal que debe gravar los productos exhibidos tasando su valor real, no su valor nominal.
Esta es la manera más directa de crecer a ritmo acelerado para, al menos, igualar la competencia de la región.
Es necesario reconducir Adecine para impulsar el cine nacional y el trabajo de los creadores.
El autor es comunicador social, escritor y cineasta
Columnas de YESID MARIACA CARRASCO




















