Supernova de champagne

Columna
PUNTOS DE FUGA
Publicado el 02/08/2023

Un fin de semana de diciembre de 2002, durante una jornada intensa de drogas y alcohol en el bar del hotel muniqués Bayerischer Hof, los miembros de la banda Oasis libraron una batalla campal contra un grupo de turistas italianos que no sólo destrozó las instalaciones, sino también la dentadura del vocalista, el díscolo Liam Gallagher, quien, en el clímax de la contienda, propinó una patada en el pecho a un agente de policía, lo que ocasionó su detención en celdas de la capital de Baviera. Tras días de incertidumbre, los músicos, que tenían previstos cuatro conciertos en Alemania, cancelaron toda la gira y regresaron a su país.

Por entonces yo tenía 15 años y estaba de visita en tierra de Nietzsche, Bach y Mann, alojado en casa de mi querida tía Marcelita, que apenas llegué me sorprendió con entradas para el concierto en Düsseldorf de esa banda de britpop surgida en un barrio obrero de Manchester, compuesta por jóvenes malhechores con espíritu de Hooligan y actitud desmesurada, que recuperaron melodía y canon de los Beatles y le inyectaron un sonido potente y arrollador y letras atrevidas que llamó poderosamente mi atención desde que escuché el álbum (What’s the story) Morning glory?  La cancelación de su concierto fue la primera gran frustración que sufrí en la vida.

Continué la vacación con entusiasmo y curiosidad, pero también con una pátina de desazón que me acompañó en los bellos paseos por la catedral de Colonia, la casa de Beethoven y en la visita a los Alpes que hicimos en mi cumpleaños, en el que alquilamos un chalet de muros anchos, techos altos y una inmensa chimenea. ¿En qué estás pensando?, me preguntaba, preocupada, tía Marcelita, cuando me descubría afligido frente a la ventana, mirando el horizonte de nieve. Yo le decía que estaba todo bien, pero en mi cabeza le respondía como el compungido Ian Blane, personaje de la película Cassandra’s dream, de Woody Allen: That then was then, and now is now… Buenita como quien más, antes de mi regreso a Bolivia, me regaló entradas para el concierto de una artista que pensó, ingenuamente, podría compensar mi decepción: Shakira.

En retrospectiva, hubo siempre mucha probabilidad de que aquel concierto se suspendiera por alguna travesura de los Gallagher, enormes artistas, sí, pero tremendos pendencieros, también, pues en ese momento ya tenían un larguísimo prontuario de excesos cometidos en tierra, mar y aire: durante un vuelo de Hong Kong a Perth, pelearon con pasajeros y azafatas e irritaron tanto al capitán que éste los amenazó con clavarles un puñal si volvían a irrumpir en su cabina. En Los Ángeles, en medio de un concierto, Liam golpeó a Noel con su pandereta, insultó al público que lo abucheaba censurando su actitud y abandonó el escenario. Y en otra oportunidad, tras una discusión en un estudio de grabación, Noel rompió contra la cabeza de Liam un bate de cricket…

La supernova de champagne desbordó la copa el año 2009, cuando la banda esperaba en camarines para tocar en el festival Rock en Seine: una inocente guerra de ciruelas degeneró en una pelea bestial en la que Liam blandió como una espada la guitarra de su hermano y amenazó con volarle la cabeza. “Liam es arrogante y perezoso, pero sobre todo violento. Es un hombre con tenedor en un mundo de sopa”, explicó Noel tras renunciar a la banda.

A pesar de que el tiempo nos endurece y hace que toleremos mejor los embates de la vida, 20 años y seis meses después del chasco en Alemania se instaló en mí un sentimiento que oscila entre la desilusión y el alivio, pues los hermanos Gallagher insinuaron que, si el Manchester City, equipo del que son hinchas furibundos, ganaba la Liga de Campeones, ellos volverían a tocar juntos. Ha pasado más de un mes desde que el equipo de Guardiola salió campeón y no hay reunión a la vista. Quizás sea mejor.

Los regresos no suelen ser exitosos: en la música, en los deportes, en la política, ni siquiera en el amor. Por lo general terminan en desencanto, incluso en decepción y arrepentimiento. Pero es admirable cómo las canciones que compusieron hace casi 30 años suenan aún tan frescas. Lo noto cada mañana en el auto, donde, camino al kínder, mis hijitas Martina y Luciana cantan a gritos Wonderwall  y otras bellas composiciones de esos maravillosos salvajes que incendiaron todo a su paso y nunca se disculparon por nada.

Pese al riesgo de su inminente vandalismo y mi inevitable frustración, los sigo esperando.

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