Juan José Zúñiga rompe el silencio desde la cárcel: ‘Lo hice por la patria’

País
Publicado el 24/02/2025 a las 13h59
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“¡Buenos días, mi general!”. Así, con los pies firmes y la mano derecha alzada en la sien, un recluso se cuadra ante Juan José Zúñiga Macías. Otros le saludan a gritos: “¡mi generaaaaaaaa…l!” “¡Mi general, papito!”. Él les devuelve el saludo “hola hijos” y les pregunta “¡cómo anda la moral!”.

Esto es la cárcel de El Abra, no es un cuartel, pero hay reclusos que se cuadran ante Zúñiga como si fuesen soldados. Otras más le saludan como si fuese comandante e incluso hay alguno que le ayuda con sus bolsas, como cumpliendo el rol de un estafeta.

Desde el encierro, el exgeneral rompe el silencio y comparte con ERBOL sus experiencias en estos ocho meses recluido en la cárcel de El Abra. Todavía se considera un militar y un patriota que defiende los recursos naturales. Aclara que éste no es el final de su historia, sino tiene la esperanza de salir de prisión.

¿Por qué hizo lo que hizo el 26 de junio de 2024 en la plaza Murillo?

“Por la patria”. Fue la escueta respuesta de Juan José Zúñiga, que con gestos en las manos y un tic en las piernas, pide que no le pregunten más sobre el tema.

El exgeneral lleva ocho meses cumpliendo una detención preventiva en la cárcel de El Abra, sindicado por los delitos de terrorismo y alzamientos armados, luego de que el pasado 26 de junio de 2024 irrumpió la plaza Murillo con tanquetas y Policías Militares. El Gobierno lo acusa de intentar un golpe de Estado.

“Yo sé lo que ha pasado, se va a saber la verdad. Se va a saber en su momento”, añade. Zúñiga señala que prefiere no hablar de su proceso hasta que culminen las investigaciones, debido a que no quiere “contaminar” las pesquisas y por respeto al trabajo de la Policía y al Ministerio Público.

En el encierro va escribiendo sus memorias “minuto a minuto” con la pretensión de publicarlas en un libro cuyos títulos tentativos serían “Mi Lucha” o “Las Razones de mi Lucha”.

La celda del exgeneral

Después de su vuelta rutinaria por el penal, con la mano derecha señala el lugar donde está su celda y se queja de que lo enviaron al sector de los reos más peligrosos.

Los muros de ladrillos se ven desgastados, pese a que aparenta ser una construcción reciente. El sol se estrella contra las ventanas enrejadas. A través de ellas, se vislumbran sombras inquietas: algunos reclusos deambulan con mirada hosca, otros exhiben tatuajes que seguro cuentan sus historias.

En medio de ese mundo de sombras y jerarquías invisibles, Juan José Zúñiga camina sin prisa, en su ropa deportiva de marca y con su custodio por detrás. Lleva dos bolsas en las manos: una de pan, otra de plátanos que reparte entre los internos.

Desde las rejas, los reclusos lo llaman con fervor desesperado, como un ruego “¡Mi general, papito! ¡Aquí, aquí!”. Pero la comida nunca es suficiente. “Por un pan pueden matar… es el hambre del preso”, dice Zúñiga y la cárcel, como un estómago vacío, sigue rugiendo.

La cárcel de El Abra, ubicada en el departamento de Cochabamba, es uno de los centros penitenciarios de alta seguridad del país. La celda de Juan José Zúñiga está en un piso superior del Bloque “C”.

Mientras todas las celdas tienen rejas, a través de las cuales se puede ver los ambientes de cada interno, la celda de Zúñiga tiene una puerta metálica negra, asegurada con tres candados. Es estrecha y lúgubre, pero con todo, probablemente es de las mejores. Tiene un catre de una plaza cubierto con sábanas bien tendidas, al estilo cuartel y dos o tres pequeños muebles que adornan su estadía. Tiene además, baño privado con una pequeña ventana por donde entra el sol.

Los alimentos no le faltan: Ese día, su esposa le llevó chicharrón para el almuerzo. “No sólo me traen comida para mí, también para los demás”, dice con cierto orgullo.

Escucha las noticias en dos pequeñas radios cancheras que tiene encima de una pequeña mesa, que está en una esquina de su estrecha celda. Afirma que está actualizado, mientras toma un café con el pan de Cochabamba y un queso cortado por él mismo.

Zúñiga tiene su celda para él solo. “Es por seguridad”, explica. Desde ahí responde con ironía a los rumores sobre su paradero: “Estoy en Bolivia, no en Estados Unidos, como dicen en las redes”.

“La cárcel es una escuela de la vida”

Desde el encierro, Zúñiga reflexiona sobre el valor de la vida y la libertad. Para él, la cárcel es caer en desgracia pero asegura que incluso allí puede servir a la patria. Incluso, en un momento de la entrevista Zúñiga saca su boina negra, la que tenía puesta el 26 de junio de 2024, que está guardada en un pequeño mueble donde está su ropa. Orgulloso muestra las tres estrellas doradas con una franja roja y sentencia: “El militar muere como militar”.

Cuenta que comparte lo que tiene: comida, medicamentos, o simplemente una conversación. “Siempre he compartido con mis soldados humildes y al llegar aquí, me encontré con la gente más humilde”. Afirma que unos 15 o 20 soldados suyos le han reconocido, aquellos que lo conocieron cuando era subteniente y teniente.

Habla de la prisión. Según él, hay tres tipos de reclusos: los que fueron injustamente condenados, los que cometieron un error, se arrepienten y buscan el perdón y los malandros que entran y salen, repitiendo el ciclo. La cárcel es dura, destruye familias”, lamenta.

Cuando es consultado en qué grupo se ubica, se queda en silencio. Mueve las rodillas, pensativo. Luego responde: “en el primero”.

Expresa ser querido “la gente me conoce mucho”. Afirma estar sano y contar con el respaldo total de su familia pero en la desgracia es donde realmente se conoce a los amigos “Cuando era Comandante del Ejército tenía miles de amigos. Cuando llegué aquí, desaparecieron todos”. Estaba seguro de tener dos amigos íntimos —uno militar y otro civil—pero también se esfumaron. “Solo era interés. Eran buenos para pedir favores, incluso dentro de mi familia. La cárcel te muestra con quién realmente cuentas”.

Según él, los únicos que lo extrañan sin condiciones, aparte de su familia, son sus dos perros. Dijo que cuando él fue detenido, dejaron de comer, se enfermaron. Por eso, pidió permiso a Régimen Penitenciario para que lo visiten. Ahora, en su celda, tiene otros dos perros: callejeros, flacos, hambrientos. Se acercan a su puerta en busca de comida. Él les da pan, juega con ellos y hasta los cura de sarna y otras enfermedades, cuenta.

Habla con la certeza de que recuperará su libertad. Y cuando lo haga, asegura que su primer acto será abrazar a su familia.

Los recursos naturales: “Somos el espejo de África”

“La historia de la patria es la historia del saqueo de nuestros recursos naturales”, dice el exgeneral en un tono reflexivo. Ocho meses de encierro lo han llevado a refugiarse en la lectura, en la memoria de otros que antes que él, intentaron descifrar el destino del país.

Entre sus manos han pasado al menos dos libros: El complot para aniquilar a las Fuerzas Armadas y Naciones de Iberoamérica y El Petróleo en Bolivia, de Sergio Almaraz. En ellos busca respuestas, o tal vez, argumentos para sostener su propia versión de la historia.

El exgeneral, asegura que Bolivia, a lo largo de su historia sufrió el saqueo de sus recursos naturales. Enumera con voz pausada las riquezas que se han esfumado: la plata de Potosí, el guano, el salitre, el petróleo, el oro, el gas… y ahora, el litio. Se detiene un instante y reflexiona: “Somos el espejo de África: ricos, pero pobres. La riqueza nos condena a la crisis social”.

Luego, como si recordara un juramento, repite su lema, aquel que marcó en cada uno de sus discursos: “La patria no se toca”. Pero dice que eso incomoda a muchos y sigue incomodando.

Según Zúñiga, cuando un militar tiene esa actitud de defender los recursos, los poderes lo “ridiculizan” y “estigmatizan”: “Tienen que hacer ver a un militar como un burro o un criminal, y pasa lo que a mí me pasó”.

Tras 22 años en el servicio de inteligencia, dice conocer cada pieza del juego. “Te puedo decir toda la situación”, asevera, y sus palabras resuenan como advertencia.

Sobre el litio y el conflicto que se desarrolla en el país, sostiene que ya lo tenía previsto. “Yo sabía todo lo que iba a pasar. Pelean por nuestros recursos las transnacionales, dice, algo así como en la Guerra del Chaco”.

El general “JJ”, su espejo y admiración

Entre sorbos de café, el exgeneral Zúñiga evoca a su padre, un trabajador del interior mina. Habla con nostalgia y orgullo, recordando cómo aquel hombre de manos curtidas admiraba al general Juan José Torres, a quien también le decían “JJ”.

Incluso, asegura haber visto en viejas fotografías a su padre alzando en hombros al entonces presidente en los centros mineros, en una muestra de respeto pocas veces vista entre obreros y militares.

Juan José Torres Gonzales, militar y político boliviano, gobernó el país entre 1970 y 1971. Su mandato, breve pero intenso, estuvo marcado por su postura nacionalista y su inclinación hacia la izquierda. Llegó al poder tras un golpe de Estado que derrocó a Alfredo Ovando Candia, pero un año después fue desplazado por el coronel Hugo Banzer Suárez.

Zúñiga encuentra un paralelismo entre su historia y la de Torres, no sólo porque fue bautizado en su honor. Según él, en la trayectoria de la Central Obrera Boliviana (COB), solo dos militares han sido alzados en hombros e invitados por los trabajadores a sus actos: Juan José Torres y él, Juan José Zúñiga.

Le cortaron sus sueldos

“Nos han cortado los sueldos. No tengo ninguna renta del Ejército”, dice el exgeneral con un dejo de amargura. Lamenta que no se hayan respetado los plazos establecidos por la normativa castrense para su retiro definitivo de las Fuerzas Armadas.

Según él, el procedimiento debió ser distinto. “Las FFAA debían enviarme a la letra ‘E’ y permitirme defenderme por dos años antes de darme de baja”, reclama.

Pero no es sólo su caso. Recuerda que, junto a él, hay 32 militares presos, todos sin seguro, sin sueldo y, en muchos casos, sin hogar. “Muchas familias están en una situación lamentable”, sentencia.

Al final de la entrevista con, en una hoja de un pequeño libreto, escribe unas cortas frases y estampa su firma.

 

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