Cuadros para una exposición boliviana

Cultura
Publicado el 11/01/2026 a las 7h59
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Gustavo Gottret

La tarde del miércoles 3 de diciembre, una lluvia tempestuosa nos sobresaltó. Las gotas golpeaban con furia los vidrios de las ventanas del departamento.

—¿Cómo iremos al concierto? —preguntó Miriam.

—¿Y cómo harán Emilio y su equipo para llegar? —añadí—. Tienen que adelantarse para preparar todo y comenzar a tiempo.

Nos alistamos y, mientras esperábamos, aprovechamos para tomar un té con los restos del queque de nueces del primer domingo de Adviento. Entonces, casi como por acto de magia, la tormenta se disipó y dio paso a un sol radiante.

Al salir rumbo al teatro del Centro Boliviano Americano (CBA), nos maravilló ver las calles limpias y brillantes. El olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma de los árboles y parques de esta Cochabamba, justamente llamada ciudad jardín.

Ya en el teatro, el ambiente se sentía íntimo gracias a lo reducido del espacio. 

Tuvimos el privilegio de saludar, antes del inicio, a algunos de los protagonistas de la velada, incluyendo al reconocido acuarelista José Rodríguez y a la talentosa Zara Wigand, una niña de once años que, concentrada frente a su caballete, comenzaba a pintar un óleo. 

Teníamos la sensación de que algo más que un concierto estaba a punto de ocurrir. Cuadros para una Exposición Boliviana no se anunciaba solo como música; prometía un cruce de lenguajes, una conversación viva entre sonidos, imágenes y memoria. Nos sentamos con atención abierta, dispuestos a dejarnos llevar.

Desde el escenario, el Trío Apolo se presentó como un organismo que respiraba al unísono: tres presencias distintas y, sin embargo, profundamente entrelazadas.

Emilio Aliss, al piano, parecía sostener el eje del viaje. El violín de Fabio Luciano aportaría la voz que canta y pregunta. El violonchelo de Ariana Stambuk habría de anclar la música a la tierra.

Y es que el Trío Apolo no solo interpreta una obra: la habita. Esa manera de tocar —atenta, comprometida, profundamente humana— es parte esencial de la emoción que nos llevaríamos al salir del teatro.

-Primera Parte - Imágenes sonoras de Bolivia

La primera parte del concierto se abrió como una declaración de identidad. Antes de cualquier diálogo con Mussorgsky, el Trío Apolo nos invitó a escuchar Bolivia desde adentro, como experiencia sonora.

La velada comenzó con “Viva mi patria Bolivia” (de Apolinar Camacho, con arreglos de Luciano Vargas), en una lectura musical que evitaba el gesto grandilocuente para optar por una afirmación serena y profunda. Era una memoria compartida que se desplegaba con cuidado. Sentí que la música buscaba recordar de dónde venimos, y que la patria también se escucha cuando se toca con respeto.

Luego llegaron dos piezas compuestas por Agustín Fernández. Con la primera, la “Chacarera chaqueña”, el aire cambió. El ritmo trajo movimiento, tierra caliente, cuerpo. La música parecía invitar a los pies a seguirla, aun permaneciendo quietos. No se quedaba en lo festivo: dejaba entrever la amplitud del Chaco, su pulso vital, su mezcla de alegría y resistencia. El diálogo entre los instrumentos hacía visible un paisaje abierto, horizontal, vivo.

Con “Beethovenianas bolivianas”, la propuesta dio un giro inesperado y fascinante. Aquí el juego era el cruce: Europa y Bolivia, tradición académica y raíz local como conversación posible. Reconocí ecos y gestos beethovenianos que serían luego transformados por una sensibilidad boliviana. Sin palabras, la música decía que las tradiciones no se excluyen; se fecundan.

La primera parte se cerró con “Las voces del viento” (compuesta por Emilio Aliss) y el tiempo pareció dilatarse. El viento surgía como voz múltiple: de montañas, de llanuras, de memorias antiguas. El sonido se hacía aire y susurro; la sala entera respiraba con la música, como si ese viento invisible nos atravesara a todos.

Fue entonces cuando apareció Pablo Pérez Donoso, y la quena encontró su lugar natural en el corazón del concierto. Su intervención fue una revelación: la quena encarnaba al viento. Con una sobriedad luminosa, sin gestos innecesarios, dejó que cada nota naciera del silencio y regresara a él, dialogando con el trío con naturalidad conmovedora. La quena anclaba la obra a la tierra y al aire al mismo tiempo, transformando la pieza en una experiencia casi ritual.

Al concluir esta primera parte, recorrimos Bolivia sin movernos. Fue un umbral claro y necesario antes de entrar en la segunda parte. La escucha ya estaba preparada.

-Segunda Parte - Cuadros para una Exposición Boliviana

La Promenade abrió el camino. Reconocí el gesto original del piano de Mussorgsky: el caminar, el desplazarse entre obras, ese paso que une y separa a la vez. Aquí, Agustín Fernández lo presentó incorporando el violín y el chelo, dejando intacta la esencia del paseo inicial. 

Cuando llegó el turno de Baba Yaga, el clima cambió con claridad. La música introdujo una energía inquieta, marcada por los ataques incisivos del violín y el pulso firme del piano. Se trataba de una tensión sostenida que iba construyendo una atmósfera densa, casi lúdica en su aspereza. 

A partir de ese punto, los Paseos que siguieron fueron creaciones propias de Agustín, quien propuso nuevos desplazamientos musicales, versiones originales que dialogaban con la idea de Mussorgsky desde una sensibilidad boliviana. El caminar se volvió más cercano, más terrenal; sentí que el paseo adquiría un pulso andino, como avanzar por una plaza de altura con el viento rozando la cara. 

El paso siguiente nos llevó al cuadro Batallón 7 Rifleros (Evocación de Melgarejo), de David Darío Antezana. Aquí la música se volvió narrativa, casi histórica. Percibí marchas, tensiones, ecos de un pasado violento y contradictorio. El cuadro —con su arquitectura erosionada y sus sombras densas— parecía escuchar la música tanto como nosotros. Más que una exaltación heroica, era una evocación crítica, cargada de ambigüedad.

Con el cuadro Mujer paceña, de Carmen Torres, el ambiente cambió. La música se volvió contenida, íntima. Pensé en ese cuerpo envuelto en textura, luz y misterio, sin rostro explícito, pero lleno de presencia. La obra no gritaba; sostenía. La música tampoco explicaba: insinuaba. Sentí respeto, incluso pudor, como ante una hondura que no admite apuro.

Canto al Hombre de la Selva trajo la palabra al centro del concierto. Aunque no se proyectara un cuadro fijo, el poema de Raúl Otero Reiche resonó con fuerza interior. La música se volvió cauce: sostenía el verso y lo amplificaba sin dominarlo. La experiencia fue profundamente corporal; algo vibraba en el pecho, como si la selva cantara desde dentro.

En ese clima, la palabra tomó cuerpo con la voz profunda de Daniel Khatib. Su declamación fue una encarnación plena del poema. Hizo resonar cada verso como si emergiera de la tierra húmeda y del follaje espeso. La música no lo acompañaba: lo sostenía. El poema dejó de ser literatura para volverse presencia viva.

Con la acuarela Morenada Montecalva, de José Rodríguez, reconocí la danza así como su sombra, su densidad simbólica. La música dialogaba con la pintura de manera directa: color, ritmo y gesto se fundían. No era folclor como postal, sino como pregunta, como fuerza viva.

Con Totora en flor, de Fernando Antezana, todo se alivianó. La música chispeaba, casi primaveral. El cuadro —con sus rojos encendidos y verdes en movimiento— parecía respirar al mismo ritmo. Sentí una alegría serena, una celebración sin estridencias.

Finalmente, el cuadro Un vuelo a Cochabamba, de Fernando Rodríguez, cerró el recorrido. La música se elevó, pero no huyó del suelo. Hubo vértigo, sí, pero también regreso. Pensé en la ciudad, en sus montañas, en su luz. 

Y es que Agustín Fernández compone desde la escucha: del territorio, de la historia, de los cuerpos que danzan y de las imágenes que devuelven la mirada. Sus piezas no ilustran los cuadros ni acompañan los poemas: los atraviesan. Gracias a esa mirada amplia y profundamente situada, Cuadros para una Exposición Boliviana se sintió como una obra viva, pensada desde Bolivia y abierta al mundo.

Al final, entre los aplausos, conversamos con los artistas y con algunos miembros del público. Luego, la atención se dirigió a los pintores que daban los últimos toques a sus obras.

En la acuarela de José Rodríguez, se descubría el cielo que escuchaba primero. Antes que la tierra, antes que los cuerpos. Un soplo ascendía y se volvía nube, claridad que giraba, luz que aprendía a moverse. Las notas se reflejaban en el agua, flotando. Las partituras soltaban su peso, aprendiendo a volar. El paisaje guardaba el sonido como quien guarda una promesa. Y cuando el último acorde se apaga, el cielo sigue tocando.

Zara pintaba su óleo como si el viento le dictara el trazo. La música subía desde los cerros, cruzaba quenas invisibles, y se le enredaba en el cabello. Tres rostros nacían del aire, no los inventaba: los recordaba. Sus manos sabían algo antiguo. La tierra, atenta, guardaba silencio. Al mirarla pintar, entendía: Bolivia no se explica, se escucha y se deja pasar por el cuerpo.

La velada concluyó con una subasta de cuadros. La pequeña Zara atrajo la atención. Pujé por el óleo que pintó, pero no logré adjudicármelo.

Cuando Miriam y yo nos disponíamos a partir, la mamá de la niña se me acercó.

—Espere. Zara quiere darle algo.

La niña vino hacia mí, me abrazó y me ofreció el óleo que le había servido de modelo, uno que había pintado el día anterior. Conquistó mi corazón.

Salimos con el espíritu lleno de la energía creada durante el concierto y ese hermoso compartir. La noche ya había caído. Cruzamos la plaza Colón y luego El Prado, ambos iluminados y adornados para la temporada navideña. Grupos de jóvenes bailaban al ritmo de música y danzas típicas. Parecía una extensión natural de Cuadros para una Exposición Boliviana, como si la ciudad misma continuara la obra.

Caminamos unas cuadras hasta nuestro edificio. En el cielo, una luna llena iluminaba el camino de regreso.

Esa noche habría de ser inolvidable.

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