A cien años del Fausto de F. W. Murnau
1926 marcó un hito en la historia del cine, aunque con una película que, en la época en que se estrenó, no causó el revuelo que esperó su director. Basada en el consagrado y hermoso poema de Goethe, que es su obra más conocida, Fausto, el director y cineasta Friedrich Wilhelm Murnau, ejecutando una revolución visual nunca antes vista en el cine, rodó una película basada en el icónico drama del poeta alemán que, basado a su vez en antiguas leyendas folclóricas, puso en verso rimado la vida del doctor Fausto, un brillante erudito que lo estudia e indaga todo y luego pacta con el diablo a cambio del conocimiento y el placer supremos. El largometraje mudo, obra maestra del cine expresionista alemán y que dura alrededor de dos horas, utiliza recursos especiales en cuanto al uso del espacio y la composición de la imagen, todo para provocar en el público una experiencia única. Y lo logra.
Hace unos días, gracias a una iniciativa del Cineclub Elipsis, se proyectó en la Cinemateca Boliviana aquella cinta emblemática del cine universal y hermosa, ciertamente, porque cuenta la historia del más hermoso o, al menos, famoso poema del autor del Werther o Las afinidades electivas.
Desde el punto de vista formal, la película presenta recursos técnicos notables e innovadores, como efectos de luz y sombras, doble exposición para recrear las metáforas entre el bien y el mal y diversos trucos de cámara. Todo ello para estar a la altura de un poema trágico que aborda nada más y nada menos que la lucha entre Dios y el Diablo o su disputa por un hombre en la Tierra: Fausto. El docto alquimista que lucha con su fe y recibe una oferta de un poder para curar y el don de la juventud a cambio de su alma, cobra vida en esta película inigualable.
La gestación de esta película debe ser entendida en su propio contexto histórico: los años de entreguerras. En ese tiempo previo a la llegada del nazismo al poder, hace exactamente cien años, Alemania estaba devastada económicamente por su derrota en la Gran Guerra (habían pasado solo ocho años del fin del conflicto); por tanto, la UFA, la productora cinematográfica alemana más importante de entonces y la que costeó este film (la Metro-Goldwyn-Mayer colaboró en la distribución de la película en América), hizo un esfuerzo muy grande para financiar la película: invirtió más de dos millones de marcos, los cuales no fueron recuperados, pues la cinta descontentó a muchos cinéfilos, ya que pensaron que la película no se adaptaba fielmente a la pieza literaria de Goethe. Sin embargo, según especialistas en cine como Luciano Berriatúa, el Fausto de Murnau podría haber sido, en cuanto a recursos técnicos e innovación de efectos, como lo que serían hoy Star Wars, Avatar u otra película de ese tipo, lo cual hizo de él una obra maestra del cine y ciertamente una obra que vale la pena ver hoy, en 2026.
Por otra parte, hay que mencionar que Murnau, al tener formación en teatro, logró escenas estéticamente impresionantes, como pinturas en movimiento. El criterio pictórico y teatral se aprecia en casi toda la película, con los personajes haciendo gestos y muecas cargados de dramatismo, o con los personajes con vestuarios que sugieren los de una pintura al óleo (por ejemplo, la túnica que usa Fausto, el vestido de Gretchen, las plumas de las alas del ángel o el atuendo de Mefistófeles). La iluminación y el uso de la composición y el espacio dan cuenta de un director de cine que hizo de la película una obra también pictórica. Como la historia de Fausto es una que posee matices sobrenaturales, las sombras y luces que emplea Murnau recrean bien aquel esoterismo de las artes oscuras y aquel plano espiritual o divino a los que acude el protagonista de la leyenda para intentar llegar a sus objetivos de redención y conocimiento. Nadie dirá que, plásticamente hablando por lo menos, por la materialidad de las escenas, esta cinta no es una obra mayor, pues es realmente una delicia para los sentidos.
Ya que este filme es silente, los actores deben esforzarse más, o en todo caso emplear otros recursos, para transmitir emociones, situaciones y su psicología. En este sentido, los actores del Fausto de Murnau gesticulan y se mueven como si estuviesen sobre las tablas de un teatro, lo cual logra transmitir gritos, susurros, miedos o tranquilidad.
En una de las escenas que representa la búsqueda del conocimiento total, el protagonista de la historia toma un libro grande y un círculo brillante se forma a sus pies, formándose un fotograma que simboliza los secretos que el doctor Fausto busca dominar. La imponente escena sugiere un Moisés levantando las Tablas de la Ley ante el pueblo de Israel.
Después aparece Gretchen, el gran amor de Fausto y a quien este seduce con ayuda de regalos y artes mágicas. La historia de ambos es escabrosa, conflictiva. Y en cierto momento, la bella Gretchen queda envuelta en una espiral de desgracias.
La grandeza de esta película está en la capacidad que tiene de transmitir emociones y psicologías complejas, conceptos morales y profundos como el Bien y el Mal y diálogos que abordan reflexiones relacionadas con la religión, la espiritualidad y lo esotérico, a través de imágenes en movimiento, pero silentes, en una época en que el cine no contaba ni de lejos con los recursos técnicos con los que hoy cuenta. Incluso los intertítulos de la cinta podrían suprimirse: los recursos técnicos, los efectos y gestos de los personajes los podrían suplir. La película se toma algunas licencias narrativas al no ajustarse fielmente al poema goethiano, pero ello debía ser así pues una pieza literaria a veces necesita variar cuando se traslada a otro género (esto pasa también con las representaciones que se hizo de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo).
Ver esta hermosa película de 1926 sobre el gran mito de Fausto y, en particular, sobre el gran poema de Goethe, resulta interesante, pues pone a prueba nuestra capacidad de atención y análisis, cuando el algoritmo de las redes sociales se empecina en mostrarnos videos cortos y en su mayoría superficiales o baladíes. Ver lo que se hizo atrás y analizarlo, incluso como experiencia netamente visual (como si viéramos hermosos cuadros al óleo), puede contribuir al noble cometido de valorar otra vez la condición humana y las capacidades del hombre en la creación.























