Pocoata, un destino poco convencional por descubrir
Sistor Uturunco
Ubicado estratégicamente en el corazón del norte potosino, a 166 kilómetros de la ciudad de Oruro, 159 kilómetros de Potosí y 161 kilómetros de Sucre, el municipio de Pocoata se erige como una joya aún por descubrir en el corredor de la Diagonal Jaime Mendoza. Reconocido como el tercer centro poblado más importante después de Llallagua y Uncía, este territorio guarda no solo historia y tradición, sino también un enorme potencial turístico que cautiva desde el primer encuentro.
Si bien Pocoata ha ganado prestigio por la maestría de sus charangos artesanales, elaborados por las reconocidas familias Mollinedo y Villalta, y por el sentimiento que evoca la emblemática pieza “Orgullosa Pocoateña”, su riqueza turística permanece todavía en discreto silencio, como un secreto bien guardado entre montañas y valles.
Sin embargo, basta internarse en la cuenca de Pocoata para descubrir un paisaje que parece pintado a mano. Desde la población capital, con su imponente iglesia colonial que resguarda siglos de fe y memoria, el recorrido se despliega como una travesía encantadora: Pasto Pampa, Jarana, Huancarani, Taqoni Q’asa y Phayaqochi se suceden como postales vivas de un valle fértil y generoso.
A lo largo de este recorrido, la naturaleza y la vida cotidiana se entrelazan en perfecta armonía. Pequeñas parcelas ajedrezadas de sembradíos de haba, papa y maíz dibujan el paisaje, mientras los huertos rebosan de duraznos, manzanas y tunas en sus tonos rojo, amarillo y verde, ofreciendo una paleta de colores que deleita la vista y el espíritu.
Pero la magia de este territorio va mucho más allá de su belleza natural. Bajo la serenidad de sus campos y entre la quietud de sus cerros, laten huellas de antiguas civilizaciones que aún susurran su legado. En cada comunidad de la cuenca se esconden verdaderos tesoros naturales cargados de misticismo: vestigios arqueológicos, antiguos cimientos que alguna vez sostuvieron verdaderas ciudadelas, y enterratorios que guardan el misterio de culturas que habitaron estas tierras mucho antes de nuestro tiempo.
Centro poblado de Pocoata
El punto de partida para descubrir el municipio es la plaza principal 10 de Noviembre de Pocoata, corazón donde confluyen historia, cultura y tradición. A su lado se alza la iglesia colonial de San Juan Bautista, símbolo espiritual y patrimonial que, tras años de deterioro, inicia un proceso de restauración que recupera su esplendor y valor histórico.
Desde este núcleo, Pocoata se proyecta como la puerta de ingreso a los distintos destinos del municipio. Los caminos que parten de la plaza conducen a comunidades con riqueza natural, tradiciones vivas y paisajes diversos, consolidando a la población como un punto estratégico para iniciar recorridos por la cuenca.
Aunque puede visitarse durante todo el año, es en sus festividades cuando el pueblo despliega mayor energía y autenticidad. La Pascua y Todos Santos reúnen a propios y visitantes en torno a prácticas que combinan lo religioso y lo comunitario, reflejando una profunda conexión con lo ancestral.
Sin embargo, es en la fiesta de la Cruz —también conocida como Santa Cruz o Santa Vera Cruz— donde la identidad cultural alcanza su máxima expresión: el tinku se convierte en el principal atractivo, manifestando una tradición de encuentro, resistencia y pertenencia.
Así, Pocoata trasciende su función de punto de partida para convertirse en un verdadero epicentro cultural, donde cada celebración y cada rincón invitan a descubrir la esencia viva de un pueblo que honra su pasado y se proyecta al futuro.
Arqueología y naturaleza en Jarana
Jarana, custodio de restos arqueológicos, es un destino donde historia y naturaleza convergen. Destaca por sus paisajes fértiles y por albergar vestigios precolombinos de gran valor. Aunque la tradición los identifica como chullpares, sus características sugieren antiguas ciudadelas. Aún sin estudios concluyentes, estos sitios despiertan asombro y gran potencial para el arqueoturismo, invitando a descubrir un pasado que pervive entre sus piedras.
Huancarani, tradición y misterio
El valle de Huancarani es un destino imprescindible por descubrir. Tras Pocoata, es la población con mayor asentamiento del corredor. Destaca por su tradicional chicha, considerada el elixir de los incas, y por los relatos sobre su pasado ancestral. Según testimonios, en el cerro que la resguarda existiría un asentamiento precolombino citado en documentos históricos, aunque aún sin estudios que confirmen su origen.
A la conquista de la cima de Thaqoni Loma
La siguiente parada en esta travesía es Taqoni Q’asa, una comunidad que, a primera vista, parece discreta: unas cuantas viviendas dispersas al pie de los cerros Juch’uy Thajoni, Thaqoni Loma, Qhewi Loma y Chhanca Loma no anticipan la riqueza que resguarda. Sin embargo, basta iniciar el ascenso para que el paisaje comience a revelar su historia.
En la pequeña elevación de Juch’uy Thajoni, antesala de las otras dos de mayor envergadura, afloran vestigios cerámicos y líticos que evidencian una ocupación antigua. A cada paso emergen fragmentos de cerámica que delatan la presencia de un asentamiento precolombino, cuyos habitantes aprovecharon estas laderas y el fértil valle, que aún hoy se mantiene en producción.
La abundancia de vestigios es tal que, según cuentan los comunarios, hasta hace pocos años era común desenterrar vasijas de distintos tamaños al remover la tierra de los sembradíos, muchas de las cuales permanecen bajo resguardo de los propios habitantes. A ello se suman herramientas líticas como batanes y morteros.
Al coronar la cima de Thaqoni Loma y de los demás cerros que se extienden a lo largo de la misma cadena, el paisaje recompensa al visitante con una imponente panorámica del valle de Pocoata y de sus comunidades, asentadas al pie de la serranía. En este punto también se observan restos de antiguos cimientos que sugieren la presencia de una civilización ancestral, además de la existencia de extensas terrazas de cultivo que aún se dibujan en el cerro Chhanca Loma, testimonio de una organización agrícola ancestral.
Con el paso del tiempo, estas estructuras han sido parcialmente reutilizadas por los pobladores para la realización de rituales, otorgando al lugar un aire místico donde pasado y presente se entrelazan.
Entre alas y paisajes
Pero Thaqoni Q’asa no solo cautiva por su riqueza arqueológica. Este entorno también se convierte en un pequeño paraíso para los amantes de las aves. A lo largo del cerro es frecuente observar una variada avifauna: perdices, horneros y colibríes —al menos en dos variedades— destacan entre muchas otras especies que habitan este ecosistema.
La presencia de estas aves está íntimamente ligada al fértil valle que se extiende a sus pies, donde los cultivos de maíz, papa, haba y árboles frutales configuran un paisaje vibrante, casi un vergel andino. Así, Thaqoni Q’asa se revela como un destino integral, donde la historia milenaria y la vida natural conviven en perfecta armonía.
Phaya Qhochi, hogar del padre Tumiri
Frente a Thaqoni Q’asa, al otro lado de la vía que serpentea entre los valles, y tras cruzar dos pequeñas colinas, emerge la discreta comunidad de Phaya Qhochi. Este lugar, cargado de historia, fue en otro tiempo el hogar del padre Julio Tumiri, figura emblemática en Bolivia, reconocido como fundador y presidente vitalicio de los Derechos Humanos, además de impulsor de la primera cooperativa del país.
Nacido en Colquechaca, el padre Tumiri pasó parte de su infancia en esta comunidad, que entonces albergaba alrededor de unas 15 familias. Hoy, el silencio domina el paisaje: apenas dos familias permanecen, mientras el resto migró a ciudades como Cochabamba, La Paz y Sucre, dejando tras de sí un pueblo que respira memoria.
Aunque Phaya Qhochi no se asienta en el fértil valle, sino sobre las faldas del cerro Monterani, su encanto radica en la atmósfera que envuelve sus antiguas viviendas. Muchas de ellas, hoy en ruinas —incluida la casa donde vivió el padre Tumiri—, se alzan como testigos del tiempo, componiendo una estampa melancólica y profundamente evocadora. Este mismo cerro fue escenario, años atrás, de enfrentamientos entre los pobladores locales y sus vecinos de Macha, añadiendo un matiz histórico a su paisaje.
Además, Phaya Qhochi se presenta como puerta de entrada a dos enigmáticos parajes naturales: Chuchulu y el Cañadón de Jatun Qhochi, espacios donde la naturaleza y el misticismo se entrelazan, invitando al visitante a explorar rincones poco conocidos, cargados de energía y tradición ancestral.
Chuchulu, la roca del misterio
Siguiendo la ruta en dirección a la comunidad de Tirina, acompañando el curso del río del mismo nombre, surgen dos atractivos poco convencionales que despiertan la curiosidad por el halo de misticismo que los envuelve. El primero de ellos es Chuchulu —“cresta de gallo”, en español—, una singular formación rocosa ubicada a escasos metros del río Tirina, en su margen derecha. Su silueta, que evoca claramente la cresta de un gallo, ha dado origen a numerosas historias de carácter sobrenatural.
Chuchulo, ubicado junto a un pequeño riachuelo de apariencia apacible que discurre a un costado de la comunidad de Yaleq’o, es una roca protagonista de relatos que aseguran que, a ciertas horas de la noche, adquiere un peso inexplicable, como si una fuerza invisible se manifestara en el lugar. Según la tradición, en esos momentos la roca se transforma en un gallo rojo, generando un aura de misterio que envuelve el sitio.
Antiguamente, antes de la apertura de la vía Diagonal Jaime Mendoza, este sendero era transitado por habitantes de Macha, quienes —según la tradición oral— experimentaban extraños incidentes: el gallo se les aparecía y los transeúntes podían perder la vida o quedar profundamente afectados por los enigmas que rodean a la roca. Hoy, aunque el sitio es poco transitado y frecuentado principalmente por comunarios locales, continúa siendo un espacio respetado, envuelto en silencio y reverencia.
Cañadón de Jatun Qhochi, el laberinto de piedra
A pocos pasos de Chuchulu, siguiendo el curso del río Tirina hacia el saliente, cerca de la comunidad de Jach’a Qhochi, se encuentra otro fascinante atractivo natural: el Cañadón de Jatun Qhochi, conocido localmente como “q’ullqu o phinqina”. En este punto, el río se estrecha de manera sorprendente, dando paso a un pequeño pero impresionante laberinto pétreo formado por la erosión hídrica a lo largo de los años.
El resultado es un pasaje natural de poco más de dos metros de ancho y entre dos y tres metros de profundidad en algunos tramos, donde las formaciones rocosas permiten incluso saltar de un lado a otro, convirtiendo el recorrido en una experiencia dinámica y singular. Este sitio es frecuentado como lugar de excursión por los estudiantes de Tirina y de otras comunidades, atraídos por su singular belleza natural y por las pequeñas pozas de agua que invitan a la visita.
Sin embargo, al caer la noche, el ambiente cambia por completo. Según la señora Julia, oriunda de la comunidad, en horas nocturnas se escuchan chapuzones en el interior de este paraje, como si alguien se estuviera bañando; por ello, los comunarios evitan acercarse.
Otro testimonio, atribuido a don Leandro Tumiri —hermano del padre Julio Tumiri—, señala que en vida afirmaba haber visto pequeños duendes jugueteando en sus riberas.
En suma, el lugar adquiere una atmósfera densa y enigmática, alimentada por relatos y leyendas sobrenaturales transmitidos de generación en generación. Por ello, el Cañadón de Jatun Qhochi no solo impresiona por su belleza natural, sino también por el misterio que lo envuelve, convirtiéndolo en un destino tan fascinante como respetado para quienes gustan del turismo místico.



























