Naturaleza indómita en el corazón salvaje de la Patagonia
Stefan Gurtner, director de teatro, escritor y miembro de PEN-Bolivia
Como en mis anteriores artículos, quiero seguir compartiendo los lugares que visitamos durante nuestro largo viaje de más de 5.000 km por tierra, desde Bolivia hasta Tierra del Fuego. Esta vez me gustaría acercarles un poco la inmensa y casi intacta naturaleza que aún domina amplias zonas de este extremo del continente.
*Por Stefan Gurtner, director de teatro, escritor y miembro de PEN-Bolivia
Las estribaciones de los Andes, en el confín más austral de Sudamérica, han estado cubiertas desde tiempos inmemoriales por el enorme campo de hielo del sur. Este gigantesco glaciar se encuentra rodeado de lagunas y fiordos de diferentes tonos de azul, laderas boscosas y torres y picos rocosos esculpidos por el hielo y la erosión. Lugares como los parques nacionales Torres del Paine, en Chile, y Los Glaciares, en Argentina, son ejemplos de esos grandiosos paisajes.
“En ciertos puntos, este mar de hielo se desploma de manera espectacular en lagos y fiordos, formando paredes centelleantes de decenas de metros de altura. De vez en cuando, bloques de hielo caen con estruendo en las aguas lechosas, para luego flotar como pequeños icebergs. Algunos de estos glaciares pueden visitarse, como el famoso Perito Moreno o el no menos impresionante Grey”, anoté en mi diario.
Espectáculos naturales similares se pueden observar a lo largo de la “Avenida de los Glaciares”, en la orilla del canal Beagle, en Tierra del Fuego, donde, a poca distancia entre unas y otras, enormes lenguas de hielo descienden de las montañas y se adentran hasta las aguas del fiordo. Llevan el nombre de los países de origen de los científicos que los exploraron por primera vez: España, Francia, Alemania, Holanda e Italia.
Sin embargo, a la mayoría de estas maravillas no se llega fácilmente; hay que recorrer caminando varias horas por montañas y bosques. Resulta sorprendente que en estas latitudes una vegetación exuberante, la “selva fría”, crezca prácticamente hasta la línea de nieve. Este bosque está formado, además de por trepadoras y helechos, por distintos árboles de Nothofagus o hayas del sur, que en la lengua nativa se llaman ñire, coigüe y lenga. Son de los árboles más australes del mundo y pueden alcanzar gran tamaño según su ubicación y protección frente al viento. Como escribió el ya mencionado poeta chileno Pablo Neruda: “Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta”.
Hay que saber que los Andes actúan como una barrera natural para el aire húmedo que llega del Pacífico, obligando a las nubes a subir y a descargar su agua. Por eso, en los valles de las cordilleras todo es verde y, al este de ellas, extremadamente seco. La pampa, esa extensa estepa árida, se extiende por miles de kilómetros hacia el norte, hasta casi alcanzar Buenos Aires, la capital argentina.
“Se camina también junto a lagos turquesa, rodeados de acantilados escarpados y playas de guijarros blancos, sobre los cuales sopla un viento frío y violento”, anoté en mi diario. “Levanta crestas de espuma sobre el agua y, a veces, es tan fuerte que casi te derriba. El clima es tan cambiante que, en una sola hora, se pueden vivir prácticamente las cuatro estaciones: en un momento se disfruta de un sol casi veraniego y, al instante siguiente, uno queda atrapado en una tempestad de nieve”.
Con tantas impresiones paisajísticas y climáticas, es fácil perder la orientación. En una ocasión, mi hermano Martin, cámara en mano, miró en la dirección equivocada –como antaño Mark Twain en el Rigi, cuando quiso ver la salida del sol– y exclamó frustrado: “¿Dónde diablos se han quedado estos cuernos?”
Temía que los hubiera tragado la niebla, pero en realidad se elevaban detrás de su espalda hasta el cielo. Con “cuernos” se refería a las famosas formaciones rocosas del Parque Nacional Torres del Paine. Y si, desde estas paredes verticales, un cóndor curioso desciende y pasa justo sobre nuestras cabezas, mostrando su anillo blanco de plumas en el cuello y su cresta roja, la felicidad es completa.
Lamentablemente, pasó demasiado rápido para que Martin pudiera fotografiarlo. Normalmente, el “rey de los cielos” suele volar demasiado alto para ser captado con una cámara normal. Mucho más fácil es sacar fotos de vicuñas o guanacos, llamas salvajes, que se hallan a menudo en estas montañas y estepas. También nos hubiera gustado ver un puma, pero en algunos lugares solo había advertencias indicando cómo actuar en caso de encontrarse con uno.
—Así que aquí debería haber pumas —dijo Martin, examinando el aviso.
—Bueno, esperemos que se hayan vuelto vegetarianos —respondí con una sonrisa. Probablemente, se me habría quitado la risa inmediatamente si realmente nos hubiéramos topado con uno de ellos.
En todo caso, cerré mi entrada del diario sobre las maravillas naturales de la Patagonia con estas palabras: “Uno podría casi llorar de alegría por tener la oportunidad de ver algo tan estupendo, pero también de tristeza al pensar que la humanidad está a punto de destruir este maravilloso mundo”.






























