En la esquina me voy a bajar
El transporte público es el que a diario uso para trasladarme en esta caótica ciudad, antes plácida villa; taxi trufis, minibuses, colectivos otrora conocidos como “góndolas”, son las “movilidades” que me transportan. A propósito de esta palabra que usamos para indicar que vamos en auto, coche, camioneta, etc., etc., don Hugo Ferrufino Murillo, el conocido ”tío Negro”, con su característica ironía, al escucharnos decir “movilidad” en lugar de carro nos decía; así que ustedes toman un vaso de “humedad” para la sed? Por confundir la cualidad con el sustantivo. Este decir, del habla cotidiana valluna, se sigue usando transversalmente en todo el espectro socio-cultural; todos nos trasladamos en “movilidades”, no en automóviles.
Trasladarse en transporte público puede ser una genial aventura o total desventura. Los vehículos diseñados para cuatro pasajeros, llevan el doble; los de 20 hasta casi el triple. Subir a uno de ellos es un riesgo sin seguro; bajar, una imposibilidad metafísica; no hay cómo. Al pagar se inicia el drama con el conductor que recibe tus monedas (1.50 para la tercera edad) con mal disimulado enojo, si le das una moneda de 2 pesos bolivianos, te quedas sin el cambio, si reclamas, te puede resultar una agresión verbal sin disimulo. Conducen estos expertos como si estuvieran en una feroz contienda, jugándose el ego; cambios bruscos de lado a lado de la vía, aceleradas y frenazos, y la bocina que no cesa de tronar. Vamos a trompicones, sacudidos como carga mal atada, no somos pasajeros humanos, somos carga igual a un saco de papas.
Pero, ay de ti… ¡!, si se te ocurre decir que maneje con más cuidado…”por qué no vienes en taxi, si te molesta, viejo…”; “si no te gusta, bajáte”…, y lo que más te sorprende que los otros pasajeros que sufren igual desventura no dicen nada, no te secundan, se hacen los que van en cabina de lujo…, me pregunto si esto es por temor a represalias o por simplemente estar ya acostumbrados a que los traten como a carga sin mucho valor..?.
De pronto se escucha una tímida voz que, como pidiendo permiso al conductor todopoderoso, dice: en la esquina me voy a bajar. Frase que es repetida por cada pasajero que se acerca a su lugar de destino. Su vida ha sido entregada, totalmente, al desalmado que maneja como loco y que actúa como tal. Violento, agresivo, mal educado, torpe que descarga sus frustraciones con mal trato a los pasajeros, peatones, otros conductores y todo esto a bocinazos.
Los que tuvimos la oportunidad de estudiar el siglo pasado, recibimos una instrucción especial en comportamiento cívico, la materia precisamente se llamaba “Educación Cívica”, y tenía nota. Era el aprendizaje sistematizado para vivir en sociedad, normas básicas de sentido común para no hacer daño, molestar o agredir a nadie, para respetar a los mayores, mujeres embarazadas, personas discapacitadas. Hoy eso está ya ampliamente superado: rige la ley del más fuerte y violento, el prepotente, el agresor con la complicidad del mudo, sordo y opa que no dice nada y se deja aplastar con resignación de borrego. Esto está tan generalizado en todo el ámbito de nuestra convivencia ciudadana que a veces dan ganas de decir; “en la equina me voy a bajar” de este caos nacional.
Evidentemente hay excepciones, que son la pausa que refresca; un conductor atento y honesto, amable y cooperativo; un vendedor/a al que no le irrita atender a clientes; un profesional, cura o sacristán que no te trata como si perteneciera a una casta superior; un funcionario de la burocracia pública,--y estos sí que son bravos--, que cree tener en sus manos el destino de tu propia vida. Para no mencionar a quienes se han apoderado de todo el control del estado, las fuerzas policiales y armadas, que ejercen “autoridad” con prepotencia y alevosía, como si fueran para siempre los dueños de este triste país.
En este baile maligno, hay gente buena. No son muchos pero existen, a Dios gracias. Hay gente buena. No contaminada con el mal (s).
Conocí a un ser humano así, en el sitio menos esperado: la Cancha, mercado inaudito de gran extensión y tumultuosa concurrencia. Un super-hipermecado más grande que cualquier “mall” que hubiese conocido en mis viajes. Entre la feria de Bank-Kong, los bazares del Cairo y el más inmenso “duty free” del más gigantesco aeropuerto; allí se encuentra de todo y sin impuestos, un ganga por dónde se la mire y un sitio turístico inevitable. Toda una experiencia existencial. Justamente curioseaba por una acera atestada de compradores cuando divisé en un rinconcito, en el umbral de una puerta, a un muchacho joven que sonreía ofreciendo sus videos; vi que tenía películas de los mejores festivales de cine, obras maestras de la música clásica, los mejores dramas y comedias de la Opera; las que precisamente buscaba en sitios aparentemente más propicios que las ignoran, por la nula demanda de sus clientes consumistas de marcas y analfabetos culturales; a esto se suma el apagón cultural en el que vivimos. El amable vendedor de la cancha se llama Claudio es el más entusiasta hincha de la “barra roja” que no se pierde partido, gozando o sufriendo, leal al Wilstermann hasta la médula.
Personas como Claudio Moreira dan un gusto amable a la vida de este pueblo pues conservan y rescatan lo mejor y proverbial del buen talante cochabambino. Que no sólo es comer mucho sino tener pasta de educación y cultura, al estilo de nuestros mayores, que hicieron proverbial la sabiduría, tenacidad y bonhomía de los vallunos. Hoy condenados a vivir, por el momento, en este valle de lágrimas, que no olvida que fue el “primero que rompió la cadena de vil servidumbre”, como reza nuestro himno cochabambino. Por eso finalizo diciendo que, por gente como Claudio; en esta esquina NO me voy a bajar!


















