Sobre la obra de Hilda Mundy
Mary Carmen Molina E. (*)
“¿Estás de buen humor, monino lector? ¿Sonríes? ¿Cantas? ¿La franqueza de la risa toca en el teclado de tus dientes? Me conviene saber los detalles de tu carácter. Así podré exactamente acomodarte un tema de charla.” Con ese cariño de predilectos les habla a los lectores de “La Mañana de Oruro” una originalísima escritora en una columna de nombre no menos adecuado para el arrumaco: “Brandy Cocktail”.
Desde 1934, Hilda Mundy fue el pseudónimo de Laura Villanueva Rocabado, una figura inquieta e inquietante en la escritura en Bolivia del siglo XX. Escritura y no (solo) literatura, porque entre los textos firmados con éste y otros pseudónimos se ejercitan contorsiones y no (solo) se marcan posiciones. Acomodamientos, como los que ensaya la pluma con el humor de su lector −y esa acción, como un gesto, es la que inquieta−.
En junio de 1932 escribe sus impresiones de la Guerra del Chaco y, adentrando a los lectores en la ruta del desvío, les advierte: “Las retinas que asomen a estas líneas no esperen encontrar bellezas de estilo, rigideces de historia o frases de filosofía honda y meditativa. Difícil. Tan solo es la cosecha de un espíritu sensible que se bebió los pasajes de la guerra como un helado cualquiera. No puedo ofrecer ni el detalle de las negociaciones pacifistas porque, cuando tuve la ocurrencia de tomar un periódico, fue para ejercitar pajaritas de papel…”.
Una reedición de Cosas de fondo: Impresiones de la Guerra del Chaco (1989) y Pirotecnia: Ensayo miedoso de literatura ultraísta (único libro publicado en vida, en 1936) acompaña la edición de 118 textos redescubiertos en prensa (102 en relación al corpus ya conocido), en la antología de la obra de Hilda Mundy preparada por Rocío Zabala, dentro del proyecto Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.
En los archivos
La rehabilitación literaria y editorial de Mundy es tardía en nuestra tradición, en relación al momento de producción de la escritora, concentrado sobre todo en el periodo 1932−1936. Ésta es una escritura con la que se comprueba la suerte que sufrió mucha de la producción literaria de las primeras tres décadas del siglo XX: desconocimiento y olvido, recuperación y marginalización, desacomodo. Estos modos de ser y hacer de lectores más o menos de a pie, más o menos académicos, se gestan a la luz tras la puerta de un cuarto que recién nomás nos animamos a visitar: el archivo. La totalidad las publicaciones de Mundy son el resultado de investigaciones hemerográficas en archivos públicos o privados.
Entre papeles en cajones y pasillos de papeles y edificios de papeles aparecen unas pajaritas o, mejor dicho, unos ejercicios de pajaritas en papel periódico. No son como el papel que está hecho para leerse y reflexionarse, no para ejercitar el origami del lenguaje, porque a quién le importa el deportismo verbal en tiempos de guerra. Sin embargo, pajaritas y buena letra conviven lado a lado, comparten página y, por supuesto, época. La señalética otorgada para main avenues y desvíos comienza a fallar con la escritura de Mundy: qué hacer con estas pajaritas que también hablan del Chaco, con estos ejercicios que se sitúan en la modernidad misma de la cotidianeidad de las urbes de La Paz y Oruro, con estos ensayos de una lengua sabor a helado y una pluma femenina que osa salir en prensa.
El 90 por ciento de la producción periodística de Laura Villanueva −con diferentes heterónimos− se concentra entre 1932 y 1936, es decir, el periodo de la Guerra del Chaco y la inmediata posguerra. Publicó en periódicos, revistas y semanarios de Oruro y de La Paz, las ciudades donde vivió.
Su escritura en sus diferentes columnas, sus libros y otros textos dispersos tiene un eje común: la construcción de un lenguaje en el que la carcajada camina y baila suelta, la configuración de un lugar radicalmente posicionado del humor en el centro mismo de la modernidad, entendida como la experiencia de un sujeto femenino que mira a lo femenino, inmerso en una historia que no es femenina, de guerra o círculos intelectuales.
En este lenguaje el lector es invitado a jugar un papel fundamental: preguntado, observado y, sobre todo, materializado, es el espejo de una serie de narraciones, impresiones, escritos de un espíritu sensible que se vive no al margen, sino al interior de esa súper estructura que llamamos modernidad. ¿Qué significa para este espíritu sensible beberse “los pasajes de la guerra como un helado cualquiera”? Más interesante que esta pregunta nos parece otra: ¿qué hace este espíritu con ese helado, con esa guerra? Hay en Mundy un afán de deglución de la historia que, de ninguna manera, representa su exclusión de los escenarios de poder y sus discusiones más sabrosas.
Espacio “moderno”
Desde Oruro o desde Cochabamba, ve partir a los contingentes de soldados, escucha en la estación ferroviaria las noticias de los triunfos parciales. Anota, al inicio de la guerra: “Si llegaba algo adverso, despacito se hacía run run. No era razonable pregonar fuerte las derrotas pasajeras”. Ésas de hombres y exhombres que retornaban gemebundos y débiles, esas de la juventud que, lueguito, querrá hacer patria. Hacia el final de la contienda, el 13 de octubre de 1935, escribe en Dum Dum que esos belicosos excombatientes, con ganas de hacer patria nueva, tienen las manos atadas. Faltaba mucho para que la Revolución del 52 haga lo que tenía que hacer con la guerra, faltaban décadas para que Zavaleta dijera que allí fue donde los bolivianos aprendimos sobre el amor, el poder y la guerra, la verdad de la vida.
Esos afanes deglutivos de la historia ocurren en los fragmentos dispersos que reúne una mirada que recorre el espacio urbano. El recorrido es, puramente, una experiencia del espacio, habitado de automóviles y transeúntes neosensibles, un espacio plagado de máquinas y el ritmo que éstas exigen a los cuerpos. “Parece que la vida ha traspuesto sus palpitaciones a la máquina y la electricidad o viceversa. Por no preterizarme en estos tiempos modernos quiero maquinizarme.” A estas exigencias, el sujeto responde: “Seré la mujer vehículo novísimo y admirable. Me llevaré a mí misma.”
Esta mujer carga con su cuerpo y que no se entienda esto como una condena. A esa que lleva maniobrando el volante le revisa la bolsa: hay un perfume de gracia fingida compuesto de “2 g de Clara Bow, 5 g de Greta Garbo, 10 g de Joan Crawford, etc., etc.”; pero también una compra reciente de género finísimo, “precioso corte de cinco metros justos de irreflexión… Pero no crea el lector que se trata de aquella irreflexión barata y cholesca de los turcos, no, esta pertenece a una calidad muy superior y distinguida…” ¿Será una salvajada de piel para encargar a la modista una recarga al porte? En esta antología, Hilda Mundy no regala una respuesta a ésta u otras interrogantes. Pero sí, atenta a tu humor, ofrece el cigarrillo que acompaña el nace−crece−se reproduce−muere de los neosensibles. Time takes a cigarette.
“Su escritura en sus diferentes columnas, sus libros y otros textos dispersos tiene un eje común: la construcción de un lenguaje en el que la carcajada camina y baila suelta, la configuración de un lugar radicalmente posicionado del humor en el centro mismo de la modernidad...”
(*) La autora es literata.



















