Que nos pille bailando
Que no tengamos miedo a sacudir los armarios ni a visitar los traspatios ni a remover los rincones ni a regalar lo que no usamos ni a disfrutar lo que tenemos. Que veamos sin susto desplegarse las alegres alas de nuestros hijos e hijas y que nuestros rezos sean para que tengan buen viento agitando su vuelo
Hoy día es la fecha simbólica de la visita de los llamados Reyes Magos, que culminaban un largo viaje, arrodillando “sus majestades” ante un humilde pesebre en Belén. La alegoría de este grupo variopinto representando las razas y continentes conocidos de la época en que se escribió esa parte del Nuevo Testamento, sigue teniendo reminiscencias poderosas para quienes participamos, en la infancia, de la costumbre de festejar el Día de Reyes, fecha en la que llegaban los regalos,
dizque en las regias alforjas.
Fiel a esa costumbre, quiero compartir con ustedes mi lista de pretensiones de regalos para el nuevo año. -Que el maquillaje no apague tu risa, que el equipaje no lastre tus alas, que el calendario no venga con prisas, que el diccionario detenga las balas-. Así canta el español Joaquín Sabina. Con él, y espero que con ustedes, yo también quiero cantar mis deseos (los buenos, los maliciosos, los que se cuentan y de los otros) para el año 2016 que está comenzando.
Que la tristeza no nos sorprenda en pelotas y que la risa sea siempre más fuerte que la ira. Que no tengamos miedo a escoger cosas nuevas y que lo distinto no nos amedrente. Que haya siempre un libro a la mano y que leer siga siendo la mejor compañía. Que las amigas sigan siendo hermanas elegidas y que nunca nos falten nuestros dicharacheros aquelarres.
Que las musas vengan de visita, aunque sea para ofrecernos la ilusión de la creación. Que la memoria y el olvido sigan siendo pares, cara y cruz de la misma moneda, y que el rencor no visite a ninguna de las dos. Que las nostalgias, en cambio, toquen siempre a la puerta y si la encuentran cerrada, que entren por la ventana. Que el sabor agridulce de las saudades nos roce con sus traslúcidas alas y sólo conozcamos el arrepentimiento de lo que no nos atrevimos a hacer.
Que no tengamos miedo a sacudir los armarios ni a visitar los traspatios ni a remover los rincones ni a regalar lo que no usamos ni a disfrutar lo que tenemos. Que no queramos cambiar a la gente y que aceptarla no nos cueste tanto. Que veamos sin susto desplegarse las alegres alas de nuestros hijos e hijas y que nuestros rezos sean para que tengan buen viento agitando su vuelo.
Que no nos volvamos sordos del alma y que la guerra y sus bocados de muerte no nos “sea indiferente”. Que nos importen, más allá de la desazón, las argucias, los zarpazos y el descaro de la corrupción. Que sigamos creyendo en la democracia sin echarle todas las culpas de la historia. Que los que quieren quedarse por siempre se muevan de sitio, que los decididos no duden y los indecisos sepan decir que no.
Que no perdamos la alegría de asombrarnos y que le hagamos fintas a las trampas de la muerte: el valor de la esperanza, Dios dirá, cara o cruz o, finalmente, a Dios rogando y con el mazo dando.
Como han podido ver, mi lista es larga, pero no estaría completa si, finalmente, no le añadimos, otra vez, a Sabina: (…) que no se ocupe de ti el desamparo, que cada cena sea tu última cena, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena. Que el corazón no se pase de moda, que los otoños te doren la piel, que cada noche sea noche de bodas, que no se ponga la luna de miel. Que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel. ¡Y que el fin del mundo nos pille bailando!
La autora es comunicadora social.
Columnas de Juan Lema


















