Universidades ‘privadas’ de academia
Sí. Así. Tal cual. Privadas. Es decir: quitadas, despojadas, desplumadas, desnudadas, desheredadas, empobrecidas de Academia. Si en este Estado de ‘Revolución Educativa’ las universidades privadas son estrictamente establecimientos comerciales, los institutos técnicos privados son mercaderes ambulantes. ¿Y de Academia, qué? No, no, no, de eso nada. ¿Y por qué me importa esto tanto así? Porque tal vez sea uno de los casi 80 mil madres y padres que pagan pensiones cada mes a la universidad privada durante 40 o 70 meses, a razón de 300 y 17 mil bolivianos por nuca. Aunque, tal vez 80 mil jóvenes no son pocos comparados con los más de 130 mil inscritos en universidades públicas, pero lo son comparados con los más de 1.400.000 jóvenes de entre 17 y 24 años de plena edad productiva que podrían estar formándose profesionalmente hoy día en Bolivia pero han quedado por fuera de la vergonzante muralla del dinero o del entronque público. ¿Y por qué me importa esto tanto así? Porque tal vez sea uno de los docentes de la universidad privada que creyó, respetó y buscó la Academia durante casi 20 años.
Academia es la comunidad científica filosófica y artística dedicada al conocimiento y la sabiduría. Así lo fue desde la Grecia Antigua en un tiempo de perfección, naturalismo y refinamiento cuando el gran Sócrates fue maestro de Platón, éste lo fuera de Aristóteles y éste último de Alejandro Magno, el más heroico de los grandes conquistadores pero también creador de la Gran Biblioteca de Alejandría. Aquél fue el Centro del Saber Universal y el núcleo intelectual más importante de la antigüedad que incluía un zoológico, jardines, laboratorios, salones de discusión, estancias de investigación en cada disciplina y, por supuesto, hogar de todos los escritos antiguos del mundo entero. Cien cientistas poetas y filósofos se ocupaban de la docencia con una dedicación total. Aquella Academia socrática fue una actividad privada, paga. Pero, a cambio, se dice, formó el modelo de mujeres y hombres dignos y de conocimiento.
No ocurre así en el 97 por ciento de las casi 100 universidades privadas que funcionan en Bolivia entre sedes y subsedes a partir de 45 marcas (nombres comerciales). El Ministerio de Educación regula este servicio de interés público ejerciendo su facultad de autorizar y/o aprobar, revocar, controlar, supervisar, realizar seguimiento y evaluar su funcionamiento y sus procesos académicos e institucionales reglamentándolo con unos 20 textos entre general y específicos, y acciones técnicas presenciales. Pero, lo afirmo, el minedu no tiene presencia durante la relación humana diaria entre dueños, autoridades, estudiantes y docentes. La mitad de las universidades privadas pertenece a comerciantes sin formación ni título universitario; los dueños son quienes deciden las políticas institucionales, sitúan autoridades a esposos, hijos, yernos, hermanos, parientes, amigos y amantes; compran y publican con fines de mercadotecnia, ‘premios educativos’ y ‘grados’ de magister y doctor honoris causa de empresas pseudo académicas (casi siempre peruanas) con pomposos nombres iberoamericanos. Dueños y autoridades universitarias usan la docencia como pago por favores personales, empresariales, políticos o comerciales. Las convocatorias a cargos administrativos y docentes son puro formalismo: ya están dados. El perfil para aquellos cargos es: jóvenes casi sin experiencia ni mayores grados académicos pero con necesidad económica o de figuración; con alta gratitud por el favor y, por tanto, obedientes. Las órdenes son: la asistencia estudiantil es casi libre, la teoría se califica más que la práctica, el engaño y la copia en trabajos y exámenes nunca se castiga, los estudiantes no reprueban, el cambio de notas es normal para estudiantes que pagan colegiatura. Y todo esto lo saben los estudiantes, y lo hacen cumplir: amenazan al docente, presionan a la autoridad, no asisten, no producen, muestran permanente enojo, evalúan negativamente al docente y evitan su recontratación, logran cambio de docentes. Entonces, ¿qué hace el docente atemorizado? Actúa amistosamente, mira a otro lado, disminuye la exigencia, da por bien hecho lo mal, califica alto, y hasta es capaz de llenar él mismo los exámenes vacíos. Todo, para convertirse en el docente que la universidad exige. Después de todo, tal vez sea recontratado el próximo semestre. Y podrá seguir diciendo que es docente universitario. Ése es el máximo pago.
Aquellas, no son universidades de verdad y, por supuesto, jamás serán Academia. Sus profesionales jamás serán mujeres y hombres dignos ni alcanzarán conocimiento; serán objetos, serán mercadería.
Si esto pasa en la mayoría de las universidades privadas, ¿qué ocurre en los institutos técnicos? Os lo mostraré en la próxima publicación.
El autor es docente universitario.
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