La ficción se junta con la crónica
Un querido amigo vivió una faceta diferente de la revolución de 1952. Junto a delegaciones extranjeras en un campeonato internacional de esos tiempos, estaba en la sede del Club de Tenis de La Paz (cuando era en la Avenida Arce), en el día fatídico de abril en que empezó la refriega. Las canchas eran poco seguras y una vez refugiados todos en el edificio, “ni te imaginas la tostadera de disparos que oíamos y contemplábamos a los caídos desde las amplias vidrieras”, contaba, al extremo que una bala perdida mató a una humilde (¡cuándo no!) empleada del Club.
Gallardo deportista que era, sin preferencias políticas de ninguna clase, disfrutaba del romance con la hija del entonces Presidente de la Junta Militar. Eso le brindaba una ventana a las intrigas de ése tiempo, además de ciertos privilegios amorosos, supongo. Mi amigo recuerda que había varios apeteciendo el trono del Palacio Quemado: complotaban varios generales aparte del que presidía la Junta Militar de Gobierno que ambicionaba quedar en el poder. Era conocida la ambición presidencial del entonces ministro del Interior, que dicen que para tal propósito dotó de equipo bélico a la Policía; luego volcaría la gorra militar y quizá el curso de la contienda.
Tal vez los botudos no imaginaban que un partido político antimilitarista se adueñaría del proceso, quizá por denuedos valientes de uno que llegó a Presidente y otro que fue un legendario líder minero. Porque cadetes del Colegio Militar en Irpavi quizá trataban de lavar su imagen, ya que en la guerra civil de 1949 no salieron a combatir y les pusieron el mote de “margaritas”. Tres años más tarde y después de tres días de violencia, los fogosos cadetes y unidades militares recién llegadas que bombardeaban con cañones 105, habían reducido casi toda la resistencia en La Paz. El fracaso de la insurgencia era inminente.
Entonces sobrevino el llamado Pacto de Laja. Esa población, donde fundaron la que luego sería la ciudad de La Paz, reunió a un indeciso Ministro del Interior, dos actores del movimiento que se apropiaría del proceso y gobernaría doce largos años, y un oficial de rango menor representando a los milicos. Es fácil deducir cuál fue el resultado del acuerdo entre un Ministro que después sería tildado de traidor, un par de avezados civiles de gran personalidad y convicción, y un oficial de menor rango representando a los militares. Triunfó la que luego se conocería como la Revolución de 1952.
Me permite sopesar la hipótesis de que los cambios sociales en Bolivia vienen de afuera. La idea de cambiar Bolivia tuvo su origen en la Guerra del Chaco, donde bolivianos letrados pelearon codo a codo con bolivianos indígenas, y los “pilas” a ser chicoteados hasta Asunción resultaron los que pisaron fuerte en el Chaco. Cuatro lustros más tarde, la intriga de la pugna por el poder político seguía detonó el remezón que ocasionó reformas dizque “revolucionarias”. Puede ser que la corrupción fue la dinamita. De todas maneras, el poder dominante de entonces, EE.UU, se encargaría de descarrilar el proceso a punta de “ayudas” de alimentos y soporte presupuestario.
¿Qué relación tiene ese entonces con el actual “proceso de cambio”? Bueno, hay similitudes y diferencias. Entre las unas está el agotamiento de un modelo después de 12 largos años, entonces y ahora; la angurria prorroguista de gobernantes, entonces y ahora. Entre las segundas, aparentemente no hay intrigas ni complotan los uniformados, tal vez porque se los tiene tranquilos con talegazos y prebendas.
Quizá los bolivianos estamos cansados de “guerras” cuya cruenta dimensión se ha prostituido: “guerra de la coca”, “guerra del agua”. La oposición está desunida o desgastada en trivialidades como cambiar el nombre de plazuelas y calles. Sin embargo, la gente se da cuenta de que el cacareado “proceso de cambio” es un simple relevo de rateros. La corrupción ha hecho evidente para muchos ilusionados lo que vaticinábamos los pocos augures de malos tiempos.
La gran incógnita es la bifurcación de dos vías en el futuro del país. ¿Será cierto, una vez más, que en espaldas de los bolivianos se pueden sembrar nabos? ¿O será que el despertar mundial, en Bolivia resistirá al lobo en piel de oveja prorroguista, antidemocrático y anticonstitucional? Hasta escoger el camino correcto, según un estudio de Standard & Poor’s, seguimos entre los países de Sudamérica, con excepción de Chile y Uruguay, donde la corrupción alcanza niveles alarmantes. Recordemos que mal de muchos es consuelo de tontos. Más bien, reflexionemos por qué estamos, junto a Venezuela y Cuba, en la zaga de países latinoamericanos en cuanto a libertad económica.
El autor es antropólogo
Columnas de WINSTON ESTREMADOIRO
















