De pastores y ovejas
Una característica a resaltar de los relatos históricos “tradicionales” bolivianos, en especial lo difundido en las escuelas, las FF.AA., los medios de comunicación y en el “espeso murmullo anónimo” que se replica de boca en boca, es la constitución de héroes y antihéroes que “explican” supuestos aciertos y sinsabores que marcaron nuestro pasado, condicionan el presente y se imprimen en el acaecer. De ahí que los enaltecimientos a los Bolívar, Sucre, Abaroa, Juancito Pinto, etc. alimenten epopeyas heroicas articuladas para expiarnos de una historia impregnada por la tragedia. Por otro lado, surgen los Olañeta, Melgarejo, Daza; personajes en los que suelen concentrarse todas las culpas. Así, la historia se enfrasca en básicas gestas míticas plagadas de héroes y villanos, marginando la comprensión de la complejidad de la cadena de acontecimientos y procesos que, lejos de individualidades, moldean el devenir colectivo.
Tal vez por esta maniquea y simplista propensión se entiende un aspecto determinante en la formación social boliviana y en el quehacer político de ayer y de hoy: el caudillismo que estampa nuestra cultura política.
En este sentido, la figura de Evo Morales es por demás ilustrativa, ya que podemos presenciar, en primera fila, el intento de construcción de una representación mítica, para bien o mal. Hoy mismo se genera un claro indicador: el país está movilizado en torno a que un individuo tenga carta libre, o no, para mantenerse en el poder.
A partir de ese escenario patético, en un espectro contamos con un partido hegemónico que no ha tenido la capacidad de formar cuadros políticos que reemplacen a su principal líder. Y la institucionalidad se coloca al servicio de perpetuar al caudillo a toda costa, sea organizando un referéndum desconocido por no haber obtenido resultados favorables, o utilizando entramados leguleyos para llegar a ese fin. Eso sin contar el endiosamiento del Presidente mediante la propia gestión estatal, al punto que su nombre y su faz se tornan omnipresentes hasta en las más miserables obras públicas y al estilo de los sultanismos centroamericanos o caribeños. ¡Ni qué decir que son contados los gobernantes que, con recursos públicos, se han atrevido a erigir un museo personal a título de la “historia” y la “revolución”!
Igualmente, desde la oposición partidaria se vislumbra similar tendencia a través de aspirantes a reyezuelos que, en sus sueños más recónditos, deben babear con el poder de Evo Morales y, cuando tienen la oportunidad, tratan de ejercerlo de igual o peor manera. Para vislumbrar aquello, remitirse a las gestiones de algunos alcaldes y gobernadores.
Finalmente, abundan los ciudadanos, poco más que huérfanos, al no encontrar un paladín a quien seguir, y los que arguyen que la oposición no tiene un “líder”, por ende, no quedará más que conformarse con el caudillo actual. Como misérrimas ovejas descarriadas, claman por un pastor, por un caudillo que sustituya a otro.
Entonces, a llorar al río cuando se reclame por la nimia institucionalidad estatal; si persiste el caudillismo, lo público continuará subordinado a caprichos coyunturales, a estructuras clientelares y nepotistas, a jerarquías antojadizas, a políticas estridentes y demagógicas.
Mientras tanto, ¿dónde encajamos las personas que no tenemos alma de ovejas, pero tampoco de pastores?
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















