La utopía del comunismo en el incario
En la segunda década del siglo XX, Gustavo Adolfo Navarro (1896-1979) publicó el libro Poetas idealistas e idealismo de la América Hispánica (Gonzales y Medina editores, La Paz, 1919). En estas páginas, el autor hace un breve estudio de los poetas Amado Nervo, Arturo Capdevilla, José Martí, Fabio Fiallo, Gabriela Mistral, Franz Tamayo, entre otros. Al final del texto, Navarro incluye una conferencia que dictó en Santiago del Estero (Argentina). En estas breves páginas se puede advertir las tempranas ideas esbozadas acerca de su concepción del comunismo en el incario.
Según relata Navarro, en esos años de turbulencia política entre Liberales y Republicanos, tuvo que viajar en una “aventura lírica, cuando andaba errante y proscrito”. Se detuvo momentáneamente en Santiago del Estero, ahí conoció un núcleo entusiasta de jóvenes congregados en la “Sociedad Sarmiento” en donde pronunció dos conferencias intituladas: El concepto de la civilización americana entre los quechuas y El comunismo entre los incas.
La tesis que sostiene Gustavo A. Navarro es que la “idea comunal” estuvo muy desarrollada entre los quechuas, al grado de alcanzar –por poco– la “perfección sindicalista”. Esta idea exigida “por todos los que sufren (…), por los que golpean con sus puños miserables las puertas del capital”. Para explicar su confusa interpretación del comunismo en el incario Navarro evoca a “Manco Cápac, hijo rebelde Atkao y Huaynay y Organ, sus abuelos que allí en las tierras del Asia se habían propuesto reformar las instituciones y las leyes, tropezando con la férrea imposición amarilla, pasaron a América y fue aquí donde establecieron la más sólida reglamentación común, que estaba fundada no por una convención humana o social, sino sobre el sentido moral y la idea de purificación idealista”. Esta afirmación no tiene asidero histórico, pero, es parte de la construcción de la leyenda dorada del incario.
En esta primera etapa, Navarro afirma que existió un comunismo con “dulzura inefable y una suavidad estratégica” a través de las enseñanzas que impartió Manco Cápac a sus súbditos para que cultivasen la tierra y los frutos que producía ella fueran repartidos entre todos sus habitantes, y todos, a excepción de los impedidos, estaban obligados a trabajar. Aún los niños y los inválidos tenían ocupación, cuidando los rebaños o tejían en los hilares. Navarro sentencia: “La pereza era abominable”.
En esta idealizada sociedad no “había división de clases sociales”, pero Navarro reconoce de manera positiva la existencia de un estrato superior, que estuvo conformado por los sacerdotes adoradores del sol y, a todos, aquellos que prestaron servicios a su comunidad, en este último punto, Navarro es enigmático y contradictorio en sus aseveraciones.
Con respecto a la vida cotidiana en ese período, Gustavo Navarro afirma que la “amistad falsa” y la “risa hipócrita” eran reprochables. Había un respeto a los ancianos que era visto como una costumbre tradicional, en pocas palabras, en la sociedad del incario: “Todos se amaban, todos se querían. Es así que se fundó el imperio del Tawantinsuyo”.
Estas ideas románticas fueron retomadas y ampliadas por Gustavo A. Navarro durante su estancia en Europa, entre los años de 1921 y 1926, ahondó sus ideas socialistas e indigenistas, dando como resultado su novedoso texto para la época que lo denominó La Justicia del Inca (Bruselas, 1926). A partir de esos años utilizó el seudónimo Tristán Marof para dar a conocer sus escritos literarios y políticos.
El autor es abogado
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