Marcelo, entre la honestidad y la coherencia
Han pasado 38 años de aquel fatídico 17 de julio de 1980, día en que cegaron la vida de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Intelectual, de esos personajes consecuentes, Cuya coherencia la pagan con lo más preciado, la propia vida. Apegado al arte, el cine, la literatura, a los 26 años escribió la novela Los Deshabitados, que fue galardonada, sin embargo la actividad política y la defensa de los intereses del país lo apasionaron y atraparon. Es así que esta figura se inclinó mucho más por la defensa de los intereses de su pueblo, labró la veta política, con todos sus riesgos e implicancias.
Orador brillante y carismático, jugó un rol significativo en la vida del país. Entre los hitos fundamentales se hallan el permanente cuestionamiento desde su curul como diputado independiente, al gobierno de Barrientos por la firma del contrato de gas con la Argentina en detrimento de nuestros intereses, por la cruenta masacre de San Juan y la afrenta a la Guerrilla de Teoponte. En el gobierno de Alfredo Ovando Candia fue nombrado ministro de Minería y Petróleo y fue artífice de la nacionalización de la Gulf Oil Company, y la reversión de las propiedades hacia el Estado, defendió por sobre todas las cosas la soberanía del país. En la dictadura de Banzer fue exiliado a Chile, Argentina y México, desde donde ejerció la cátedra y desde sus columnas denunció al gobierno de facto y abogó por la defensa de los recursos naturales. Concibió una nueva sociedad ante la inminente reapertura democrática. Fundador del Partido Socialista 1 y promotor del juicio de responsabilidades en 1979 contra el régimen de Hugo Banzer Suárez, y las lesiones contra el país. Esto sería lo que meses más tarde le ocasionarían su muerte y posterior desaparición.
Cercano a la gente y a los intereses de los obreros, abrevó del marxismo y se enfrentó al capitalismo y sus intereses. En el legado que nos dejó, está la integridad como ser humano, tan necesaria en el ejercicio de la política: tierno, con una inteligencia profunda que le permitió convivir y conversar con todos, de un sentido humano plasmado en el gran compromiso con su país y la defensa de los sectores más desfavorecidos. Honesto y transparente al extremo, coherente entre la palabra y la acción. Murió a los 49 años, cuando su lucidez política aterró a sus adversarios. Creyeron que desapareciendo su cadáver lo borrarían de la historia. Sin embargo, hoy en día, su presencia se siente, pues los personajes incólumes no mueren, sino simplemente brillan y son la conciencia de aquello que no debemos repetir en nuestra historia como país.
La autora es socióloga y antropóloga
Columnas de GABRIELA CANEDO VÁSQUEZ





















