El riñón equivocado
La noticia de que un niño de tres años de edad hubiera sufrido la extirpación de un riñón sano en vez del comprometido con un cáncer, solo puede causar consternación a propios y extraños y es comprensible que aparte de la incredulidad ante un hecho semejante, se añada una enorme molestia y un inmenso disgusto contra el galeno que cometió ese terrible error que indudablemente pone en riesgo la vida del infante.
La población boliviana ha reaccionado con enorme disgusto y en las redes sociales se han cargado tintas de desaprobación y hasta de furia. Gente ligada al gobierno, (ya sea por razones ideológicas o por peregrinas razones de trabajo), han asociado esta situación a la no aprobación del nuevo Código Penal que tuvo lugar a fines del año pasado y que fue una clara derrota del MAS frente a la ciudadanía que estuvo en su protesta, acaudillada, si se quiere, por los médicos colegiados del país.
La terrible situación del niño Justiniano es un llamado a la solidaridad de las personas de bien, y uno puede solo alegrarse de que haya una serie de individuos que estén dispuestos a donar un riñón suyo para poder salvar la vida del pequeño. (De hecho, esas ofertas deberían ser tomadas en cuenta para poder atender a un importante número de personas que están en lista de espera por la aparición de un riñón vacante).
Esta situación puede ser un positivo detonante para activar una acción de donativos, independientemente de lo difícil que es legislar ese tipo de ofertas. No debemos olvidar que a las puertas de nosocomios como el Hospital de Clínicas de La Paz se pueden encontrar a veces decenas de avisos de oferta de “donaciones” de riñón, que no son otra cosa que ofertas de ventas de ese importante y vital órgano.
Ahora bien, en esta triste historia está también el médico que cometió el terrible error y que ha sido precisamente blanco de atroces ataques en algunas redes sociales, (cabe reconocer, que esta vez, el Ministerio de Justicia ha actuado con cautela y no se ha sumado al linchamiento mediático).
Lo importante en casos como este es medir, en primer lugar, la intencionalidad, y en segundo el nivel de negligencia, más allá de los resultados inmediatos o posteriores de la acción. Y eso pasa también por una revisión de los antecedentes del galeno. Las informaciones que se tienen gracias a la prensa indican que se trata de un médico de experiencia y con un currículo de acciones altruistas dentro de su profesión. Y eso debería ser tomado en cuenta a la hora de evaluar su desdichada acción, la cual al menos a primera vista no tiene ningún rasgo de ser un acto criminal.
Estoy convencido de que la posibilidad de que se cometan errores humanos debe tratar de ser minimizada al máximo a partir del complimiento de estrictos protocolos. Estoy también seguro de que tenemos en nuestro país un sistema de salud muy deficiente. De hecho, el más deficiente de una región pobre como es Sudamérica. Sin embargo, creo que este caso poco tiene que ver tanto con las deficiencias de nuestro sistema como con las múltiples debilidades que incluyen niveles de negligencia que posiblemente campeen en este sistema.
En toda acción humana existe la posibilidad de que se cometa un gran error y este puede a veces tener consecuencias fatales. Es obvio que esas consecuencias deben ser asumidas por quien comete esos errores. Pero todo debe ser manejado con la debida mesura. Estoy seguro de que los familiares del pequeño niño están desolados ante las circunstancias, pero la justicia tiene que manejar otro tipo de criterios también. Reitero: la intención de cometer un daño debe pesar mucho más que una negligencia, aún en un caso que parece tan claro como este.
El autor es operador de turismo.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ
















