Entre lo progresivo y lo conservador
Bolivia optó por acudir a un tribunal en derecho como es el de La Haya. La primera conclusión ante un hecho incontrastable como ese, es que el fallo debía ser en derecho. Consideraciones históricas como fundamento, o cuestiones relativas a la equidad o al leal saber y entender, no eran aplicables en el fondo, sí como referencia. No importa ahora cuestionar si se hizo bien o mal en introducir como referentes al stoppel o actos unilaterales. Lo que haya sido, quedó absolutamente claro a la luz del veredicto proferido por doce jueces. No fue por tanto, una victoria pírrica la de Chile, fue un triunfo contundente.
Con esto no quiero decir que otras eran nuestras opciones. Probablemente no había otro camino en el plano jurídico y por ello es que corrieron el riesgo. Y no comparto el criterio que un tribunal más progresista pudo haber actuado de diversa manera, y que una línea conservadora prefirió no sentar precedentes a efecto de no alterar el orden establecido dentro el contexto internacional. No lo hago, porque en una postura absolutamente progresista, días atrás, la propia CIJ falló contra EE.UU. y en favor de Irán. Remezón diplomático, pero aplicación del derecho al fin.
Por tanto, luego de lo acontecido en La Haya, y después de tanta euforia anticipada –fatal en cualquier juicio– no caben epítetos contra Chile o contra quienes dentro el país, critican lo que se hizo. Los chilenos hicieron su trabajo y respondieron con mayor sagacidad a la excesiva confianza boliviana. Quizá por ello, la virulencia en las críticas al gobierno se haya debido más que al dictamen en sí, a la desazón luego de las expectativas creadas.
La gente no es tonta. El gobierno no barajo la probabilidad de una sentencia contraria. Es más, de la manera como se formuló la demanda (el thema decidendum solo se circunscribió a obligar a Chile a sentarse a negociar sin que ello signifique que de esa negociación podía existir un resultado positivo para Bolivia) nunca consideraron una resolución adversa porque creyeron lejana la posibilidad de perder ante un petitorio donde Chile nunca vio peligrar su soberanía, al punto que incluso ganando, dependíamos de ese país para avanzar. Esa una de las razones para que se haya montado semejante aparato propagandístico con propósitos evidentemente políticos y electorales. No se avizoraba mar, pero se le había ganado a Chile en La Haya, y eso servía y mucho, para la reelección.
Bien valía entonces, un apoteósico ingreso. Y así sucedió. Evo y la comitiva llegaron al tribunal en ocho vehículos y con escoltas. Era el inicio de la campaña, en serio. Confiaban hora y media después, sentencia en mano, anunciar lo que todos deseábamos: se le ganó al enemigo común. No fue así. Falló el plan. No solo que Chile no estaba obligada a negociar, sino que ahora, no está forzada a tratar el tema del enclaustramiento nunca más. No vengan con el cuento de que el fallo dejó en claro que ambos países tienen temas no resueltos. Esa retórica no sirve para nada. No es mandatoria. Por eso la crítica en Bolivia es ácida. Por las expectativas creadas, más que por el revés jurídico. Esa actitud es la reprochable. Y con seguridad que si el gobierno hubiese demostrado mayor prudencia en el manejo comercial del caso, y no hubiere existido tanto manoseo electoral en un afanado propósito por enaltecer la figura de Evo ante su ilegal candidatura, las críticas hubiesen sido mínimas.
No olvidemos que todos apoyamos la decisión presidencial de enjuiciar a Chile y todos criticamos la forma como se manipuló un tema de Estado en beneficio del MAS. Y ahí está. La historia no se equivoca. Cuando debe sacudirte, lo hace y con la que más duele. Evo, de cara al mundo, recibió su peor derrota en el plano mundial. Colocarlo como gestor, artífice y autor de la estrategia, traía ese riesgo. Pudo haber sido el gran ganador, si el fallo era favorable; fue el gran perdedor y con él, Bolivia entera.
El autor es abogado.
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